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miércoles, 28 de marzo de 2012

La Conquista.


El esfuerzo y energía que le demandó la simple operación de abrir los ojos aunque más no fuera unos milímetros le planteó una idea del estado de deterioro en que se encontraba. Las difusas, borrosas e incomprensibles imágenes que se presentaban ante su vista, también. Sentía un inmenso y profundo frío, a pesar de que tenía la sensación de estar tendido de espaldas sobre algo tibio y viscoso. Le invadía una parálisis generalizada que abarcaba todo su cuerpo, realizar el movimiento más trivial constituía un imposible absoluto…
No sentía nada…
Toda su conciencia respecto a lo que sucedía en su entorno se reducía a los indescifrables bultos que parecían pasar por sobre él… caóticos, frenéticos, vertiginosos. Lo demás, imposible, no recordaba absolutamente nada de lo que lo había llevado a ese estado, como si su memoria a corto plazo se hubiera desconectado. A su mente solo venían retazos de un pasado algo más remoto…
Pero no sentía nada…

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 Khala se ponía tras la cordillera de Ataharya, la de los altos picos de los hielos eternos. Sus últimos rayos se reflejaban en las nieves lindantes a los montes más altos formando abanicos multicolores, pintando tonalidades en el Valle Este. Del otro lado del imponente macizo montañoso, el Valle Oeste prolongaba su día a resguardo de las sombras de las montañas.
La figura al borde de la saliente del precipicio era ajena a la belleza del paisaje. Sus pensamientos deambulaban por caminos más tortuosos y mundanos. Había nacido en una tribu de labradores, de gente simple de manos ásperas y hábitos sencillos, que olía a tierra y sudor, que pasaba hambre en época de sequía y se alimentaba de granos y pan cuando el gran dios Sila les sonreía pero sin dejar de guardar para cuando no lo hacía. El Valle Del Este era así, vivía de su trabajo, ajeno a lo que pasaba del otro lado de Ataharya.  Shuala no.  Maldecía haber nacido de este lado, deseaba tanto estar del otro, el lugar de las grandes aventuras, cuna de conquistadores y ejércitos sanguinarios. Donde el junk, divino metal precioso, adornaba los cuellos de bellas hembras junto a las gemas de Daseral y Morbia. Allí los niños crecían junto a los soldados, y la guerra, la conquista, eran temas de trato diario y habitual. Allí nadie sembraba ni trabajaba el campo, para eso estaban los esclavos, las decenas de miles de esclavos recolectados en las numerosas y heroicas campañas militares, que morían de a cientos cada día de fatiga y hambre dando la excusa perfecta para otra incursión, otra aventura, otra matanza. Una vez, siendo un muchacho, había cruzado la cordillera en una tortuosa y terrible travesía con el fin de formar parte, de incorporarse a aquellos que tanto admiraba. Se habían reído de él y lo habían echado a golpes.  Nunca sería aceptado porque él era un error. No era ni una cosa ni la otra. Era un guerrero nacido entre campesinos. Pero no se había resignado a su suerte, de alguna manera había corregido en parte ese error. Había viajado mucho, trajinando los más peligrosos caminos, allí donde la vida poco valía y solo moraban marginados y renegados. En ese sub-mundo se encontró en su elemento y tentó a la muerte en todas sus facetas.
Pero además tuvo suerte. Un legendario soldado renegado le enseñó las artes de la guerra y la lucha y  Shuala demostró gran interés y talento, hasta convertirse en imbatible. Se batió en todos los terrenos en interminables correrías sangrientas junto a su mentor y su horda de innombrables. La enorme colección de cicatrices que recorrían su cuerpo de punta a punta daba mudo testimonio de su ferocidad y valentía. Su desfigurado rostro, partido al medio en diagonal por un fallido golpe de hacha, solo inspiraba horror y no pasó mucho tiempo hasta que su propio mentor comenzó a temerle. Fadish, así se llamaba, era un guerrero cabal pero Shuala  era un asesino y para cuando terminó de tomar conciencia  lo había matado y quedado con su pequeño pero atroz ato de marginales. Fue así que se embarcó en las más atroces y sangrientas matanzas contra tribus indefensas que apenas si podían ofrecer una débil resistencia.
Y fueron pasando los meses y los años y su nombre se comenzó a pronunciar en todo el valle, susurrado, como evitando una demoníaca invocación. El número de sus adeptos fue creciendo en número y calidad, lo que antes era una horda desorganizada y brutal poco a poco fue tomando cariz militar y pronto se convirtió en un ejército numeroso, disciplinado y letal. Pero, claro, Shuala ya se aburría de masacrar pobres indefensos, quería probar su potencial frente a una milicia verdadera. A veces su mirada a traspasaba la cordillera, hacia el oeste, y pensaba en aquellos que lo rechazaron, que lo despreciaron…pero sabía que estaba lejos aún de hacer siquiera frente al más pequeño de los pelotones del otro lado…Y eso lo deprimía. Y cuando se deprimía solo una cosa lo levantaba: Matar.

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Su visión iba ganando claridad lentamente, ahora veía unos mástiles de madera muy cercanos a él, apenas a unos veinte o treinta centímetros, unos muy perpendiculares, otros más inclinados, unos más cerca, otros algo más alejados. En total creyó contabilizar seis. Poco a poco el bullicio y agitación inicial se iba acallando dando paso a sosegados gritos emitidos en forma de órdenes, aislados, cansinos. Vio figuras de pie caminando lentamente, espadas y lanzas en mano. Eran soldados…tintos en sangre…heridos quizás pero con la postura de la victoria. Entonces recordó…
 
 
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Los años habían ido pasando y Shuala ya era todo un general, con la diferencia de que no poseía la ética militar imperante en la época. Para él un derrotado y un muerto eran asuntos coincidentes. Sus efectivos ascendían a varios miles y como todo el Valle Este le pertenecía, se veía obligado a vivir una paz forzada ya que no podía pelear contra si mismo. De todas maneras cada tanto organizaba alguna carnicería para romper la monotonía sacrificando unos cuantos cientos de inocentes en masacres tan sangrientas como innecesarias pero recibiendo, con una frecuencia cada vez más alta, reproches y rechazo por parte de su plana mayor quienes no compartían su gusto por la diversión. De todas maneras dichas actividades cada vez lo distraían menos y, en realidad, ya todo lo aburría. Todos sabían lo peligroso que era Shuala aburrido. Con el tiempo tomo el hábito de salir a dar prolongados paseos por los pequeños valles interiores de la cordillera a lomo de su cabalgadura, labor que lo ausentaba semanas enteras, para alivio de todos. Cuando volvía generalmente organizaba alguna incursión menor contra alguna tribu recóndita escondida entre las montañas y volvía con algunas decenas de esclavos para engrosar su ya abultada colección. Claro, por cada diez individuos esclavizados otros cien eran asesinados, ese era su método. Pero fue en uno de esos paseos que la fortuna le sonrió y de muy buena manera.
Había oído hablar de ellos pero nunca los había visto. Sabía que existían, en todo el mundo se comentaba de su existencia y muchos decían haberlos avistado pero Shuala no. Afortunadamente estaba bien lejos cuando los divisó dado que sabía de su legendaria peligrosidad. Lo primero que vio fue el pájaro plateado, en rigor los destellos reflejados de Khala que trascendían las copas de los árboles. Inmediatamente se echó al suelo y recorrió los próximos trescientos metros arrastrándose. Cuando se encontró a casi doscientos metros se congeló, se paralizó y solo se dedicó a escuchar y espiar. Suponía que a esa distancia no lo detectarían pero una decena de metros más y probablemente sería fatal. El pájaro plateado estaba a no más de quinientos metros pero la espesura no le permitía ver más que la parte superior negándole la visión de lo que ocurría más abajo. Así estuvo un par de horas, moviéndose apenas para no ser detectado. Otro hubiera huido al primer avistamiento pero Shuala no. Pero lo que ocurrió a continuación le congeló la sangre.
No supo nunca como no lo había visto pero el hecho era que estaba allí, a veinte metros de su posición. El Dios plateado se movía lentamente con “la vara de fuego”, esa letal arma que carbonizaba a cien al mismo tiempo, en su mano derecha. Caminó unos pasos y se sentó en un tronco caído dejando la vara apoyada en el mismo. Shuala no entendía como no había sido detectado pero sus ojos solo se enfocaban en el arma del Dios, si lograba poseerla conquistaría el mundo entero. Su intelecto asesino le dictó que si no había sido detectado tenía entonces la ventaja de la sorpresa y la posibilidad de atacar con buenas probabilidades de éxito. Tanteó su espada corta y se fue acercando lentamente, centímetro a centímetro, mientras el Dios realizaba, aún sentado en el tronco, algunas incomprensibles tareas. Solo cuando estuvo a unos tres metros Shuala se puso de pie y alzó su espada contra la espalda del Dios, que se ofrecía generosa. Toda su brutal musculatura se tensó y todas sus artes de ataque afloraron al momento que, estando a dos metros, dio un salto y descargó su brazo armado contra la mitad exacta de la espalda del Dios… Pero nada pasó, o mejor dicho, nada de lo que Shuala esperaba que pasara. No hubo sangre ni la deliciosa sensación del metal entrando en la carne ni la del cuerpo que cae esperando ser rematado, no, no, nada de eso. En lugar de todo ello la hoja de la espada se partió como si de madera fuese y el Dios, alertado, se puso de pie ante él. Shuala era un individuo alto, muy alto, pero su contrincante le sacaba al menos dos cabezas. Se quedó viendo como el ente plateado miraba como asombrado cierto objeto que pendía de su cinturón, con la inofensiva empuñadura de
su espada en la mano. Pero la pausa fue breve. El Dios reaccionó y le descargo un tremendo golpe de puño en su rostro con una velocidad y celeridad tal que ni los reflejos felinos de Shuala pudieron evitar. Literalmente voló por los aires y, totalmente aturdido, vio como el Dios se le acercaba nuevamente para rematar la faena pero dejando la vara atrás, sobre el tronco. Sacando fuerzas quien sabe de donde Shuala se impulsó hacia atrás y, en un acrobático movimiento, se colgó de una rama cercana y de un salto terminó detrás del Dios, a menos de un metro de la vara. La tomó entre sus manos y la apuntó al Dios, un torrente de fuego brotó del arma y lo calcinó junto con todo lo que había en cincuenta metros a la redonda. Sin aliento el bárbaro miraba el resultado de sus acciones y no daba crédito a sus ojos. ¿Cómo había salido el fuego del arma?. Murmullos agitados venían del lado donde se hallaba posado el pájaro plateado. Seguramente al ver el humo del incendio algunos compañeros del asesinado vendrían hacia el lugar. Debía correr y rápido y para eso Shuala era muy bueno. Su atlético cuerpo rápidamente puso metros entre él y el lugar del incidente y de un salto se encaramó a su cabalgadura y se alejó a toda velocidad. A medida que cabalgaba, cuando aún su aliento estaba agitado, su mente se negaba a creer la proeza realizada: “Había matado a un Dios y le había robado su vara de fuego”. Su euforia le hacía lanzar risotadas histéricas, estaba en el clímax, imágenes de conquista, masacre y destrucción desfilaban por su mente como diapositivas diabólicas y apocalípticas. Muy pronto el mundo entero se postraría desesperado a sus pies.
 
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Vio su mano aún sosteniendo la espada pero su brazo no estaba ya ligado a su cuerpo. Los mástiles que veía eran lanzas clavadas en su pecho y abdomen. Su respiración se hacía burbujeante y pesada, imposible. De su boca manaba sangre con abundancia creciente. Sabía que estaba teniendo una agonía atroz pero no era eso lo que le amargaba lo poco de vida que le quedaba sino el hecho de no poder ponerse de pie y seguir matando a aquellos que lo habían derrotado definitivamente. Iban y venían pasando a su lado, incluso encima de su cuerpo, hasta a veces lo pisaban o pateaban restándole toda importancia. A veces algunos soldados rasos le dedicaban socarronas sonrisas y despectivos comentarios. Volvían a despreciarlo, moría en el fracaso, no pudo hacerles tragar su orgullo, su soberbia junto a su sangre. Pero lo que realmente lo volvía loco era ignorar que había pasado, que había fallado. Lo tenía todo perfectamente planificado, ajustado, ensayado. Ese pensamiento lo acompañaba lenta y dolorosamente hacia la muerte.

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Si bien Shuala era un enfermo asesino lo que no le faltaba era inteligencia, y la poseía en buenas cantidades. No le costó demasiado entender como funcionaba la vara de fuego. Tanto si quería incinerar un monte como una hormiga solo tenía que desearlo, pensarlo… y la vara lo incineraba. Claro que la práctica de este instrumento costó la vida de centenares de individuos pero Shuala no se detuvo hasta que estuvo absolutamente seguro de que era un cabal operador de la vara y, de paso, se divirtió como nunca en su vida. Se pasó días, semanas, quemando todo lo que se cruzaba en su camino e hizo un uso intensivo, abusivo, de la vara. Solo cuando se aburrió de matar individuos inofensivos se detuvo a planear los próximos pasos y estos estaban orientados al otro lado de la cordillera. Sabía que con unos miles de soldados y la vara podía derrotar a decenas de miles y con una pequeña planificación en unos días estaría saboreando el licor real del Valle Oeste. La ansiedad le torturaba y en una semana reunió a unos dos mil hombres y junto a su plana mayor se lanzó hacia la cordillera. Sabía que la travesía sería larga y penosa y que perdería a la mayoría de sus legionarios pero eso no le importaba, con setecientos le sobraba. Y la vara, claro. Y así, inclinado sobre un peñasco, al borde de un precipicio, con la noche en ciernes, llegó junto a quinientos hombres a enfrentarse a los diez mil legionarios del Valle Oeste que, alertados de su arribo inminente, esperaban perfectamente formados cien metros abajo, en los inicios del valle. Shuala dibujó una felina sonrisa en su rostro deforme y horrible, se puso de pie, tomó la vara y la apuntó hacia abajo…
 
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La vara…La vara. ¿Por qué no había funcionado?. Los legionarios enemigos escalaron el precipicio y los alcanzaron. Inútil fue que Shuala ordenara la fuga, un segundo ejército, oculto entre la espesura, les salió al paso y les cortó la retirada. Shuala se batió como un demonio y mató a decenas de soldados pero eran demasiados. Sus propios efectivos murieron cobardemente en plena fuga…No quedó nadie. La vara…En un último pantallazo de sus ojos que se apagaban la vio tirada a la altura de sus rodillas. ¿Por qué no había funcionado?. ¿Moriría en la ignorancia?.
Ya solo lo acompañaban los cadáveres de sus hombres dado que los enemigos se habían llevado los propios, que eran bien pocos. Solo entonces la figura plateada apareció ante su ya acotado campo visual. Le sonreía contemplativamente, quizás con alguna indulgencia. Levantó la vara de fuego y la puso ante su rostro, una débil luz roja titilaba lánguidamente. El Dios plateado la señaló con el dedo índice. Shuala pudo ver una serie de incomprensibles grabados bajo la pequeña luz roja. Fue entonces que murió, ignorando que quería decirle el Dios. Pero por más que el dios se lo hubiera explicado, Shuala no hubiera podido comprender que significaba la frase “BATERÍA AGOTADA”.

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