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sábado, 29 de septiembre de 2012

Mundo Maravilloso...



El planeta resistió cuatro guerras mundiales…pero no cinco. La última, en donde se probó toda la gama de armas nucleares y bacteriológicas, se llevó las palmas, un Oscar de oro y el noventa y cinco por ciento de todos los seres vivos.
A quienes les tocó la dura prueba de sobrevivir tenían tres opciones.
Ante un clima absolutamente desprovisto de condiciones de vida solo podían:

   1)     Morir dolorosamente.
  2)     Mutar dolorosamente en un ser horrible.
   3)     Embutirse en un 
  traje “Eternical”, 
  fabricado por 
la multinacional 
“Sistemas y Androides Eternical” 
que, curiosamente, había 
manufacturado todos los ingenios 
que devastaron la vida en el planeta.
La primera opción no necesita 
muchas aclaraciones. La segunda se trataba de una mutación genética generada por las nuevas y antinaturales condiciones climáticas presentes en el mundo. Es decir, si no tenías la fortuna de morir luego de haber sufrido horriblemente durante semanas, te convertías en alguna de las variedades de monstruos espantosos comedores de carroña que pululaban por las ruinas de las ciudades.
Era quizás la tercera opción la más atractiva.
Si poseías la suficiente y sideral cantidad de dinero podías comprarle a Eternical un traje con autonomía de ochenta años donde encerrarte de por vida y, si morías joven, legarlo a tu descendencia.   Claro que para ello debías tomar conciencia de que jamás saldrías vivo del traje.
Esto se debía al mismo sustento de vida autónomo del sistema. El traje era en realidad un sofisticado androide bio-cibernético cuya función consistía en mantener vivo al ser que lo habitaba y obedecer ciegamente sus órdenes. De esta manera, una vez que alguien se instalaba dentro, el robot tomaba posesión del cuerpo y en una compleja e irreversible intervención quirúrgica lo poseía, interviniendo todas las funciones físicas y satisfaciendo y monitoreando todas las fisiológicas. Así, quien habitaba el traje se convertía en una nueva super criatura pero muy lejos de parecer humana. Por fuera solo se veía un portentoso ser metálico, oscuro, brillante y amenazante, de tres metros de altura, casi indestructible y dotado de todo tipo de dispositivos de ataque y defensa. Los “Lobos”, así eran vulgarmente llamados, eran depredadores en lo más alto de la escala evolutiva y se dedicaban simplemente a matar a todo lo que se moviera por el suelo. No eran muchos, apenas unos cientos, pero lo suficientemente poderosos para autoproclamarse los dueños del mundo y todo se movía de acuerdo a las leyes por ellos mismos dictadas. Para ellos los mutantes eran animales solo movidos por sus instintos más elementales y por eso no tenían lugar en el planeta. Un solo Lobo mataba decenas de mutantes por día.
Los mutantes no eran todos iguales, todos los días se descubría una nueva mutación, un nuevo horror.
Con el paso de los siglos, los Lobos comenzaron a olvidar la figura humana original y para no incurrir en errores programaron sus sistemas para reconocerla en caso de cruzarse con alguna. Claro, nunca ocurrió y quizás nunca ocurriría, era una raza extinta, pero los Lobos eran organizados y odiaban la mera idea de matar por error a uno de sus ancestros.
Van Temer había ingresado en el traje treinta años atrás y su edad cronológica era de cincuenta pero, claro, quien viera a ese ser amorfo, gelatinoso e inerte nunca se le ocurriría asociarle edad alguna.
Había permanecido cien años en hibernación en las instalaciones de Eternical a la espera del traje previamente abonado y era uno de los últimos seres humanos existentes en el planeta.
Pero por fin el día llegó y se convirtió en un Lobo.
Ese día recorría el desierto en busca de alimento y presa, que eran cosas absolutamente diferentes, y ambas cosas se le presentaban esquivas. Poseía reservas alimentarias para tres días más pero no podía terminar la jornada con el magro número de asesinatos en su haber, eso lo haría bajar en la tabla de puntuación. Las condiciones exteriores no podían ser peores. La presencia de monóxido era extrema y la radiación peor aún. Para colmo la temperatura alcanzaba los setenta grados y encima persistía una copiosa lluvia ácida. Claro que todas estas cosas no preocupaban a Van Temer, él siempre estaría a salvo dentro de su ciber-útero pero hacía que sus presas, los mutantes, permanecieran a resguardo, bien lejos del exterior. Harto de la nada conseguida puso al traje a máxima velocidad y, a doscientos kilómetros por hora, atravesó rápidamente el desierto y se zambulló en las sombras proyectadas por las áridas montañas del sur. Van Temer sabía que nunca vería un mundo distinto, por más que los de Eternical trabajaran duro nunca recrearían un mundo habitable en menos de doscientos años.
Eso lo deprimía.
Pensaba en ello mientras el traje se desplazaba, ahora lentamente, cerca de las faldas de los elevados picos del sur… cuando la vio. Al principio pensó que lo mostrado por el monitor de su estrecho cubículo de mando era una imagen de archivo pero al constatar el origen confirmó que se trataba de visiones del exterior en directo. Detuvo el traje y con expresión (si se le podía llamar así) perpleja observó al ser diminuto que se cruzaba en el camino del ominoso robot. Miraba directamente a la cámara, de manera que era como si le mirara a los ojos. 

Van Temer examinó a la figura de arriba abajo. Vestía una túnica color pardo como única prenda y se guarecía de la nociva lluvia apenas con una palma seca de alguna planta ya extinta. Sus pequeños pies apenas si estaban provistos con unas precarias sandalias de algún indescifrable material. Sus ojos, de un azul imposible, no se apartaban de los suyos y parecían cantarle una dulce melodía. Le ordenó al procesador central que analizara la presencia:
“Humano, femenino, infante entre ocho y once años”.
La perplejidad se transformó en conmoción. ¿Cómo podía respirar?. ¿Cómo resistía su piel la lluvia ácida?. ¿Cómo es que la radiación no la reducía a cenizas?. Estos y mil interrogantes se plasmaban en su mente confusa cuando de su consola surgió la voz infantil que le decía:
“¿Qué haces allí dentro encerrado?. ¡Ven a respirar aire puro!.”
La niña le hablaba, su voz le sonó angelical e infinitamente dulce. Ya no los gruñidos y alaridos mutantes, durante décadas monopolizando sus oídos. Su mente se relajó y por una vez la matanza pasó a segundo plano. Sones suaves, sinfonías celestiales.
“¿Cómo te llamas?” se le ocurrió preguntar.
“Tania…” fue la angelical respuesta. La lluvia cesó y el Sol…(¡¿El Sol?!...) arrojó tímidos rayos sobre el suelo. Van Temer redireccionó la cámara para poder observar el hallazgo, las cenizas radiactivas nunca dejaron pasar la luz del Sol. La niña comenzó a saltar y a corretear en círculo, alegre, feliz.
“¡Ven a jugar conmigo!. ¡Ya sale el Sol!.”
Van Temer se desesperó. Ordenó al robot abrir la escotilla exterior, quería estar con la niña aunque sabía que sus atrofiados miembros móviles jamás le permitirían desplazamiento alguno, pero el robot le negó la operatoria, la escotilla exterior solo se abría ante la muerte de su ocupante. La frustración le nubló la mente, de pronto una creciente claustrofobia le atrofió los sentidos.
“¡Introduce el código “AZUL”!” le gritó la niña desde el exterior.
¿Cómo no se le había ocurrido?, pero, ¿cómo sabía ella de los códigos de excepción?. ¿Qué estaba cambiando en el exterior?, ¿qué se estaba perdiendo?. No importaba. Quería estar junto a la niña con toda su alma, había estado equivocado, engañado por Eternical durante toda su vida. Sin dudar un segundo ordenó la codificación y el robot no tuvo más opción que obedecer. Cuando la escotilla se abrió los gases tóxicos lo aniquilaron en un segundo. No sintió, por ende, las manos mutantes que lo arrancaron del cubículo de mando y lo arrojaron a un costado como la masa de carne inerte que era. Uno de los mutantes desactivó el dispositivo que interfería la cámara exterior y el monitor mostró entonces la realidad. Otro mutante pasó a ocupar el lugar que dejaba libre Van Temer  y el robot limpió el espacio de la innumerable cantidad de sondas y sensores ya inútiles y se aprestó a acondicionar el lugar para su nuevo ocupante, cirugía de por medio. La escotilla exterior se cerró y el robot  puso en marcha la labor. Pronto se enfrentaría a sus hermanos, infiltrado entre las filas enemigas. No eran muchos pero ya varios Lobos eran comandados por mutantes y el imperio de los androides tocaría a su fin.
   
Los mutantes pensaban, creaban y construían pero los Lobos no se habían percatado.
De la más cruel de las masacres, de la devastación más pura, nacía el nuevo Homo Sapiens.

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martes, 4 de septiembre de 2012

360 Grados



Se encontró sentado en la cama, con los pitidos del reloj atronándole los oídos. Ese día cumplía veintinueve años.
De un manotazo silenció el reloj.
Había emergido del sueño violentamente, angustiado, profusamente transpirado, a pesar de que la temperatura ambiente del dormitorio apenas si llegaba a los dieciocho grados, pero lo que más lo torturaba era esa sensación de aterradora opresión que le atenazaba el pecho como una garra, esa tremenda angustia. Nunca le había ocurrido, era una experiencia tremenda, demoledora.
Y lo peor era no saber a que atribuirle semejante vivencia.
Una pesadilla, claro, una terrible pesadilla, pero no recordaba absolutamente nada.
A su lado Paola roncaba suavemente, por fortuna nunca escuchaba el reloj, no hubiera sabido que decirle, ni siquiera sabía si era capaz de hablar.
Puso los pies en el piso y se dirigió al baño, parecía que el piso se hundía a su paso. La imagen de su rostro que reflejó el espejo lo dejó sin aire, era la de un hombre absolutamente agotado, arrasado, desvastado. Sus ojos, intensamente irritados, hablaban inconfundiblemente de largas horas de llanto incontenible.
La confusión se anexo a su cóctel de sensaciones.
Comenzó a vestirse, era hora de ir hacia el trabajo. De pasada hacia la puerta de salida pasó por el dormitorio de Lara, su pequeña hija de dos años. La imagen de ella, con sus rojos bucles y su piel de nácar, durmiendo tranquilamente, le trajo algo de sosiego y recordó la tremenda lucha entablada hasta lograr que Paola quedara embarazada. Cinco largos años de penosos tratamientos y esperas angustiosas hasta que llegó el día esperado. Y allí empezó una ansiosa espera de nueve meses hasta que, luego de un breve parto, llegó el premio mayor.
Ser padres es de gigantes, idiotas abstenerse.  
No obstante, conforme se alejaba de la habitación todas esas horribles sensaciones volvían a agobiarle.
Pasaron varias semanas hasta que pudo comenzar a olvidar mínimamente lo ocurrido aquella noche y varios años hasta que lo olvidó totalmente.
Durante esos años Lara comenzó sus primeros de escuela y toda la atención, como desde su nacimiento, se centró en ella.
Es que era un ángel.

Una vez ella en escena todo lo demás se opacaba y se llevaba la exclusividad y las babas de sus padres, tíos, abuelos, y quien fuera que tuviera ante sí. Su paso por la escuela primaria, secundaria, hasta su ingreso a la universidad, fue solo un trámite. Siempre en destacado, siempre sobresaliendo. Era parte integrante en todas las decisiones que se tomaban en familia y para Diego, su padre, era un permanente órgano de consulta, un faro que iluminaba su vida y la de su esposa.
Por eso, cuando esa noche sonó el teléfono, mientras la pareja miraba tranquilamente televisión después de la cena, nadie se hubiera imaginado la tragedia que se desataría al minuto siguiente.
Diego escuchaba estupefacto lo que alguien le decía mientras Paola lo veía palidecer intensamente.

“Un accidente…”
“¿Donde está…?”
“…En el Hospital Municipal…”
“¿Cómo está?...”
“…No sabemos, señor, allí le informarán…”


Como en una mala película de género dramático y sin saber cuando ni como se encontraron en una morgue reconociendo el cadáver, aún sin saber si era un mal sueño, sin poder reaccionar. Presas de tal angustia que aún no habían derramado una sola lágrima, no habían tenido tiempo, tenían que asimilar que Lara estaba muerta. Los allegados comenzaron a llegar y encontraban a la pareja en una pequeña y agobiante salita con una expresión perdida en el rostro, como si no supieran siquiera donde estaban. Pero cuando Paola tuvo noción de que su madre estaba ante ella la conmoción la desbordó. De su boca emergió un grito ronco y monocorde, constante, atronador.
“No” decía pero la “o” jamás se cortaba.
Diego asistía a todo esto más como un espectador que como un obligado protagonista. Sentía un vacío en el alma imposible de describir o ponderar pero aún no caía en la cuenta del trance al que estaba sometido.
Finalmente Paola se desmayó y tuvo que ser atendida por la guardia del hospital.
Lara esta muerta” sonaba en la mente de Diego. “Un hijo de puta la mató para robarle el bolso”.
A su alrededor todo era llanto y desesperación inconsolable. Todo era drama, tragedia, estupor. Una mano se posó en el hombro de Diego.
Se giró, era su padre, Diego también se desmayó.

La sala velatoria era como cualquier otra, lujosa, confortable, pero a nadie le importaba. Paola permanecía de pie ante el féretro con la mirada perdida en algún universo distante y Lara estaba increíblemente hermosa, tan hermosa como muerta. Si ser padre es de gigantes, perder un hijo te hace un enano, insignificante, sin ganas de seguir.
El momento tan temido llegó y fue tan aterrador como Diego lo imaginó, quizás más.
Había que cerrar el féretro.
Inútil describir el dolor, el espanto, el desgarro.
Pero Diego no calculó la escena del cementerio. 
Fue mucho peor.
Junto a Paola ante la tumba abierta, ver descender el féretro hacia la fosa fue como descender con ella hacia el vacío más absoluto. La tierra cayendo y estrellándose en la madera con ruido sordo, tapando la felicidad, el futuro, los proyectos, todo enterrado para siempre…
Le pareció que sus oídos fallaban pues comenzó a escuchar unos pitidos. Desconcertado vio como sus manos iban perdiendo consistencia. De pronto se vio a s{i mismo desde lo alto junto a Paola, como si estuviera volando y ganando altura rápidamente. Y los pitidos cada vez más fuertes, más potentes, ensordecedores…

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Se encontró sentado en la cama con los pitidos del reloj atronándole los oídos. Ese día cumplía veintinueve años.
De un manotazo silenció el reloj…

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