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lunes, 23 de enero de 2012

Séptimo Relato.

                                                           Jugar el Juego

Los videos de seguridad del Casino Royal eran de muy buena calidad y excelentemente detallados.


Incluso la empresa de seguridad contratada por la prestigiosa casa de juegos poseía todo el software existente para procesar imágenes a niveles realmente finos, aunque en este caso estaba todo tan claro que, además de la mera observación visual, no hacía falta ningún otro artilugio para concluir acerca de lo sucedido:
“Un hombre había ingresado al baño de caballeros y no salía. Advertido esto por las cámaras de seguridad, un grupo de agentes se acerca al lugar, ingresan al recinto y no encuentran absolutamente a nadie, ni en el baño, ni en todo el edificio, ni en los alrededores. Unos quince minutos después ingresa otro hombre y se repite lo anterior, desaparece en el aire, ni rastros de ninguno de los dos hombres.”

El primer hombre había ingresado exactamente a las diecisiete horas, nueve minutos, treinta y dos segundos. Era alto, de intensa y corta cabellera negra, bronceado e iba muy bien vestido, casi a niveles de opulencia. Se dirigió directamente a la mesa trece de ruleta y apostó veinte mil al veintidós. Ganó. Se llevó una pequeña fortuna. Luego se encaminó a las cajas y cambió las fichas por el efectivo. Acto seguido se introdujo en al baño y se esfumó en el aire. El segundo hombre ingresó al casino a las diecisiete horas, veinticinco minutos, dos segundos. Sacó de su bolsillo lo que parecía un teléfono móvil pero, al examinar con zoom la imagen, se determinó que no era lo que parecía. En realidad el aparato no se parecía a nada conocido. Caminó apresuradamente y recto hacia el mismo baño y también desapareció. El jefe de la brigada de detectives de la localidad miró el video una y otra vez tratando de captar detalles y grabarlos en su mente pero solo advertía trivialidades que no lo llevaban a ningún lado. Lo que no se podía dejar de advertir era la enorme diferencia de estilo y apariencia que había entre los dos hombres. El primero era un tipo atildado, sereno, calculador. Sus movimientos eran suaves y perfectos, de felino, y mantenía una eterna semi sonrisa en el rostro. Era una persona agraciada y se podía considerar un hombre altamente atractivo. El otro mantenía los rasgos serenos y calculadores del primero pero era de rasgos duros, toscos. El cabello cortado a cepillo, con expresión reconcentrada y actitud de mastín. Era corpulento hasta la tosquedad pero ágil y elástico. Incluso mientras uno, el primero, vestía finamente, con atuendos de evidente calidad, el otro parecía vestido para fajina, con prendas color pardo y botines cuasi militares pero sin el sesgo de uniforme, ropa de buena calidad también, pero más ordinaria en el gusto.
 
- No cabe duda, el primero huye del segundo. – El inspector Madi era un sujeto pequeño, de mirada firme y ojos penetrantes, calvo y de pequeños bigotes bajo una nariz ganchuda. Madi era feo y de figura insignificante pero un profesional impresionante reconocido en todo el país y en aquellos países donde le tocó actuar. Su foja era inmaculada y jamás dejó un caso sin resolver. En sus manos todo parecía fácil y fluido.
Pero este caso…
-    ¿Por qué lo dice?. – Preguntó el agente que manipulaba los videos.
-    Por su actitud. Nunca reposa la vista, siempre alerta, tenso, aunque sepa disimularlo muy bien, esos detalles no escapan a un ojo experto. –
En ese momento entraba a la sala de vigilancia el jefe de la custodia.
-    ¿Puede adelantar algo?. – Le pregunto a Madi.
-    ¿Acerca de qué?. – Repreguntó Madi mordaz. Una mueca de impaciente fastidio se pintó en su interlocutor.

-    Pues…Acerca de la razón de su presencia aquí…Sabe muy bien que el Casino lo contrató en forma privada y la paga una fortuna por su intervención. –
-    ¡Claro que lo se muy bien, pero no hace una hora que estoy aquí!. Después de todo el suceso tiene una semana y, por lo que se ve, a ustedes no les fue muy bien que digamos. – La cara del otro se enrojeció. Sabía que Madi era un tipo imposible de intimidar y duro de tratar pero no se hacía una idea de cuanto.
-    Mire, inspector… - Madi lo cortó en seco.
-    ¿Sabe, señor… - Miró la placa de identificación del otro. - ¿…Olmos?. No necesito dinero, poseo poco pero el suficiente. Si intervengo en este caso no es por otra razón que la intriga misma y mi incurable curiosidad, por lo tanto, no me presione. Haré las cosas a mi manera y cuando tenga los resultados se los expondré. Le ruego que hasta ese momento se abstenga de dirigirme la palabra y menos aún en ese tono tan maleducado y prepotente. Si no le gusta, se aguanta y solo me iré en el mismo momento que las “auténticas” autoridades del Casino, esas que me pagan, me lo soliciten. –
Decir que a Olmos no le gustó nada lo dicho era mera pequeñez, en realidad estaba tan furioso e impotente que se marchó sin decir una palabra y cerrando la puerta con estrépito ensordecedor.
-    Lo hizo enojar… - Dijo el operador con sorna.
-    Doble trabajo… - Remató Madi.
El inspector se fue con copias de los videos hasta su casa y se dispuso a observarlos con mayor atención. “El hombre fino y el hombre hosco: Sam y Pepe”, así los bautizó para simplificar. Observó que Sam ingresaba al Casino con paso seguro pero quería aparentar una inexistente relajación, distracción, pero a Madi no lo engañaba. Cuarenta años de servicios no eran sandeces. No obstante, Sam era un verdadero artista en el tema de ser invisible o llamar la atención, según fuera el caso. No se molestó siquiera en tomarse un minuto para elegir una mesa de ruleta y, a pesar de que la trece le quedaba bien a trasmano, fue directamente hacia esa mesa dando pequeños rodeos aquí y allá. Una vez allí se paró directamente en línea con el número que deseaba coronar, a pesar de sus poses distendidas y su repartija de sonrisas a un par de mujeres bonitas e insinuantes. El crupier lanzaba bola tras bola y Sam solamente miraba su reloj sin amagar a hacer apuesta alguna, pero, a unos dieciocho minutos de su llegada, hizo la apuesta al veintidós y esa única jugada le llenó los bolsillos de fichas de cien. No se retiró inmediatamente pero no volvió a apostar a pesar de los ánimos que le daban, especialmente un par de mujeres seductoramente hermosas. Una vez cambió las fichas se sumergió en el baño de caballeros. Unos diez minutos después entraba Pepe en el Casino y, tras consultar su extraño aparatito, se dirigió presurosamente al baño tras Sam. Una hora después, evidentemente alertados por los de la sala de monitoreo, cuatro agentes entraron presurosos al baño para descubrir que no había ni rastros de ninguno de los dos hombres. Por más que miró los videos una y otra vez durante toda la noche Madi no pudo encontrar algo lógico de que aferrarse. Por la mañana, fastidiado y sin dormir, Madi desayunaba sin ideas que fundamentaran una estrategia, aunque más no fuera a corto plazo, que trazar.
“Si algo no tiene lógica, pues vayamos por las ideas más descabelladas” pensó. “Repetitividad” y salió presuroso.

 Horacio Gualas, “Cable” para los amigos, era su delincuente informático de cabecera y contar con sus ilegales servicios le había valido la resolución de varios delitos graves y a Cable unos cuantos miles que no le habían venido nada mal, a más de pertenecer a la plantilla estable de proveedores del departamento policial al que pertenecía Madi que era el mentor de su acomodada situación.
-    ¿Me lo puedes repetir?. – Le decía en ese momento Cable.
-    ¿Eres tonto?. Te he traído un video que muestra una situación. Quiero que explores en los servidores de Casinos de la zona circundante al Royal, unos ochocientos kilómetros a la redonda, a ver si se produjo algún hecho similar en las últimas dos semanas. -
-    ¿Te das cuenta de lo que me pides?. Debo forzar una entrada a un servidor privado, bajar los videos de vigilancia, catorce videos de veinticuatro horas, mirarlos todos y aislar la parte que te interesa. Todo eso repetido por la cantidad de Casinos que queden encerrados en el área que definiste. ¡Demoraré treinta años!. –
-    Tienes veinticuatro horas. Si lo logras te forrarás. – Una expresión de interés se pintó súbitamente en el demacrado rostro de Cable.
-    ¿De cuanto estamos hablando?. –
-    Trabajo para el Royal, no les cobraré una bagatela precisamente. –
Cable sabía que Madi no lo decepcionaba cuando le hablaba de dinero y siempre salía reconfortado de un trato con el policía.
-    Necesitaré ayuda. – Concluyó Cable.
-    Haz lo que quieras. – Respondió el Inspector y sin más se marchó.

 

A cable le llevó cuarenta y ocho horas el trabajo lo que le valió una gran bronca por parte de Madi pero el policía estaba igualmente satisfecho dado que el retraso estaba dentro de sus cálculos. De todas maneras bien había valido la espera dado que el trabajo de Cable era impecable. En un Casino, El Queen, se había producido un hecho similar una semana antes y los protagonistas eran los mismos. Se imaginaba que la empresa no daría a publicidad absolutamente nada y que estaría investigando en el más absoluto hermetismo. Pero, a pesar de la absoluta competencia de Cable en la obtención de lo deseado, Madi no encontraba pistas que seguir. Decidió dar otro tiro al aire y pidió a cable que hiciera lo mismo pero a partir del Casino Queen. Otras cuarenta y ocho horas y otra bronca arrojó otro resultado, esta vez en el Casino Palace. Dos semanas antes del Queen y manteniendo una distancia similar. Parecía un tenue, muy tenue patrón, pero algo a partir de lo cual empezar a trabajar. Madi escribió los nombres de los Casinos en una hoja de papel y los miró por largo rato. Horas mirando la maldita hoja y…
Con los ojos desmesuradamente abiertos se abalanzó sobre el teléfono y llamó a Cable.

El atildado y atractivo hombre ingresó al baño de caballeros del Casino Savage e inmediatamente llevó su mano al interior de su chaqueta. Sin embargo detuvo su movimiento al advertir que la puerta de uno de los cubículos se abría y un pequeño hombrecito calvo y de intensos ojos de ratón salía del mismo.
-    No se detenga… - Le dijo Madi. – Es mejor que se apure antes que llegue el gorila. - Sam lo miró sonriente y sorprendido.
-    ¿Quién es usted?. – Madi terminaba de lavarse las manos y se encaminó hacia el alto y misterioso hombre.
-    Quien ha descubierto su juego. Y el de su amigo, el gorila que lo persigue. – Sam sonrió con desprecio.
-    Eso es imposible. Usted no puede entender nada. –
-    Eso es una verdad a medias. No entiendo como lo hace pero si lo que hace y es realmente lo que me importa para poder acabar con usted. – Sam seguía sonriendo con suficiencia.
-    Usted no puede detener a nadie… - Y llevó su mano derecha a la parte izquierda de su saco. Pero Madi no era de andarse con chiquitas. En una fracción de segundo el enorme revolver del policía apuntaba con mano firme al entrecejo de Sam.

 
-    Pero…¿Qué demonios?... – Sam se sentía verdaderamente sorprendido. Rápidamente Madi lo esposó al caño del lavatorio. Su eterna sonrisa había volado de su rostro.
-    ¡En unos segundos esa puerta se abrirá y conocerá el infierno!. –
-    Si lo dice por mí le observo que no soy yo quien está amarrado al caño. Puedo largarme cuando quiera. –
-    ¡El tipo que me persigue solo busca matarme!. –
-    Puede…Aunque no lo creo. Pero si tiene ganas de conversar podría empezar por contarme donde deposita sus ganancias ilegales. – Sam intentaba frenéticamente mirar su reloj pulsera pero esposado como estaba, a la espalda, resultaba imposible.
-    Son las diecisiete doce… - Le informó Madi. Sam entornó los ojos y el desconcierto le barrió la cara.
-    No puede ser… - Susurró.
-    Claro. Usted se pregunta como es que su amigo no entró en escena aún. – Sam lo miraba presa de la furia y el desconcierto pero en absoluto silencio. Madi extrajo una radio de su bolsillo.

 
-    Traigan a nuestro amigo. – Dijo presionando un botón del intercomunicador.
Treinta segundos después cuatro agentes del Casino entraban con Pepe firmemente amarrado, incluso de los pies. El gigante apenas si podía caminar y había sido inmovilizado como si se tratara de un peligroso y hambriento tigre. Una vez lo situaron Madi se le acercó sonriente.
-    Parece que hemos hecho su trabajo. – Le dijo a Pepe acercando algo el rostro pero manteniendo una prudencial distancia.
-    Considérense todos muertos. – Amenazó Pepe entre dientes.
-    No, mi amigo, justamente ustedes dos y sus juguetitos serán la garantía de nuestra seguridad. - En ese momento Olmos entraba en escena acompañado por el gerente del Casino Royal y Savage.
-    Buenas tardes. – Dijo el gerente del Savage. - ¿Podría explicarnos que pasa aquí?. – Madi sonrió condescendiente.
-    Sucede que el viejo Madi ha solucionado el caso, que por cierto… - Le dijo al gerente del Savage. - …le costará a usted lo mismo que a la gente del Royal dado que he actuado en su establecimiento. –
-    El dinero no es problema. Explíquese, por favor. –
-    Bien. – Comenzó Madi. – En este caso he tenido que usar la imaginación más que la lógica la cual apliqué en los últimos tramos. El atildado caballero, al que bauticé Sam, se pasea por diferentes casinos ganado pequeñas fortunas que luego nos dirá donde tiene depositadas para así reponer el dinero. –
-    Es lo que menos interesa. – Dijo el gerente del Royal.
-    Si, lo se. Pero el dinero tiene que volver a donde corresponde para no producir paradojas fatales. –

 
-    ¿Qué dice?. – Preguntó Olmos confundido. Madi tomó su radio.
-    Hagan pasar al profesor. – Ordenó. Un hombre entrado en años apareció por la puerta del baño.
-    Les presento al Doctor en física cuántica Javier Pret. Ilústrenos, doctor. – El aludido carraspeó un par de veces.
-    Buenas tardes. – Balbuceó. – La teoría del Inspector se aplica a algo aún no probado por la física tradicional, no al menos en la práctica pero… si algo material de un determinado plano del tiempo se traslada a otro plano se amenaza con romper el equilibrio universal provocando una paradoja que alteraría el delicado equilibrio espacio/tiempo. –
Nadie entendía absolutamente nada. Madi tomó la palabra.
-    Estos dos tiernos angelitos vienen del futuro. ¿Cuánto tiempo adelante?. – preguntó a los hombres esposados.
-    Doscientos años. – Contestó Pepe.

 -    Como pueden viajar al pasado pueden ver el futuro. Entonces, Sam viaja al pasado, ve que número va a salir en determinado Casino, que mesa y a que hora, hace la apuesta y gana. Luego se marcha presuroso porque sabe que Pepe le pisa los talones. Es muy posible que Sam esté depositando este dinero en otro plano temporal por lo que está amenazando nuestro propio espacio/tiempo. ¿No es así, Sam?. – El aludido sonrió levemente.
-    Mi nombre no es Sam y, sí, así es. – Madi sonrió satisfecho.
-    Como debe estar actuando de manera que peligra también el equilibrio del plano temporal de donde vive Pepe, este lo persigue para lograr detenerlo y posiblemente tenga orden de suprimirlo. ¿Es así?. – Preguntó dirigiéndose a Pepe.
-    Si a medias, mi nombre es Rack y mi misión es detenerlo y trasladarlo vivo a mi época donde lo enjuiciaremos, para nada asesinarlo. Soy guardián del orden como usted y no un asesino a sueldo. –
-    ¿Pertenecen a la misma época?. – Preguntó Madi.
-    Si. Este hijo de puta robó el emisor temporal de un laboratorio y comenzó con sus inconciencias. No sabe en absoluto el daño que puede provocar. –
-    Sí lo sabe, amigo Rack. Es por eso que para evitar paradojas que lo perjudiquen personalmente, como encontrarse con él mismo en un determinado momento, estableció un orden determinado, como elegir los casinos  a una determinada distancia uno del otro, ordenarlos por orden alfabético, Palace, Queen, Royal, Savage y tomando los números a una misma hora apostando siempre la misma cantidad de dinero. Por lo tanto era absolutamente conciente del daño que ocasionaba. -
-    Bien – Dijo Rack. – Ya saben que es un delincuente. ¿Puedo llevármelo?. – Madi sonrió meneando la cabeza.
-    No tan deprisa. Dígame una cosa: ¿Pueden ambos viajar con el mismo aparatito?. – Rack lo miró inquieto.
-    Pues… Si, podemos. – Madi sonrió como aliviado.
-    Bien, entonces uno de los chismes quedará aquí. – El rostro de Rack se llenó de alarma.

 -    ¿Esta usted loco?. ¿No se da cuenta del desastre que puede provocar en manos irresponsables?. ¿O acaso no lo ve?. – Terminó de decir en obvia alusión a Sam.
-    Por supuesto pero deberá confiar en mí dado que el artilugio quedará bajo mi custodia. Si por alguna razón se les ocurre amenazarnos, y hablo de aquellos que vivimos bajo este plano  temporal, les enviaré algo que produzca una paradoja en vuestro propio plano. De esta manera tendremos las cosas equilibradas. Hemos descubierto sus secretos y esto puede que fastidie los planes de algún energúmeno de entre su gente. –
-    Su vida no valdrá nada en cuanto se difunda que posee semejante tecnología. –
-    ¡Oh!, eso déjemelo por mi cuenta, he salido de peores. –
Rack luchaba consigo mismo pero sabía de hombres y reconocía en Madi a un tipo inclaudicable. La captura de Haigh, o sea Sam, bien la valdría una disculpa por el transportador perdido, o no, ya inventaría algo.
-    Bien. – Farfulló Rack entre dientes. – Les doy el de él. – Dijo señalando a Haigh. Madi lo enfocó con ojos risueños negando con el dedo índice.
-    No, no, no. El que quiero es el suyo. -
-    Pero, ¿por qué?. – Reaccionó airado Rack.

-    Porque se que a usted le han dado un aparato que funciona perfectamente. El de Sam, ¿Cómo puedo saberlo?. –
Rack pensaba furiosamente. Sabía que el transportador de Haigh se inutilizaría en pocos minutos y se enfrentaba al peligro de quedar atrapado en esta época para siempre. Era por eso que sabía que la captura de su perseguido sería cuestión de tiempo.
-    ¡Está bien, está bien!...Acepto. - Exclamó desesperado.
Ambos fueron amarrados juntos y se le proveyó a Rack el aparato de Haigh. La maniobra fue llevada a cabo por varios hombres y con mucha cautela en función de la potencial peligrosidad de Rack. Este último, luego que todo estuvo dispuesto, operó el aparato y ambos simplemente se esfumaron en el aire.
Con los ojos desmesuradamente abiertos todos habían acudido a algo fuera de la comprensión colectiva y Olmos buscó con la mirada a Madi pero no lo encontró. Lo alcanzó a divisar por el vano de la puerta del baño saliendo del edificio. Inmediatamente salió del recinto con un  trote corto. Ya en el exterior, lo encontró sentado en un banco del precioso jardín del Casino mostrando una actitud apesadumbrada. Al llegar junto a él sus facciones estaban llenas de admiración e intriga.

 -    ¡Es usted increíble!. ¿Cómo pudo imaginar algo así?. – Madi lo miró con una triste sonrisa instalada en su rostro.
-    He leído muchas novelas baratas, no fue gran cosa. – Olmos no lo podía creer.
-    ¡Es usted increíble!. – Repitió. – Será acaudalado después de hoy, pero…No se lo ve feliz. ¿Qué le pasa?. –
-    ¿No se da cuenta?. – Le preguntó Madi. Olmos lo miró muy confundido.
-    No…No me doy cuenta… ¿De que?. –
-    Pues que en doscientos años la gente habrá cambiado muy poco. He perdido la fe en el futuro.
A Olmos se le borró la sonrisa de la boca.

 

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