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martes, 28 de agosto de 2012

La Solución Encubierta


La sala de interrogatorios estaba diseñada para que quienes la habitaran se sintieran absolutamente solos y aislados.
Paredes, techo y piso blancos, sin fisuras ni juntas, sin ventanas, la puerta, una vez cerrada, se confundía plenamente con la pared que la contenía, cámaras de video, micrófonos y respiradores artísticamente disimulados, una engañosa sensación de ahogo y soledad, dado que desde el exterior se podía cómoda y detalladamente seguir lo que sucedía en su interior. Esta sala era única y solo era usada en casos extremos, dado que las otras no poseían particularidades tan rigurosas. Quien era obligado a permanecer un tiempo prolongado en su interior, a la larga o a la corta era invadido por una profunda sensación de ansiedad tal que potenciaba intensamente la necesidad de comunicarse, “de hablar”, que era el efecto científicamente buscado.
Pero nada de esto la pasaba a Adrián Bogues, cuarenta años, de estatura media, cabeza rapada e intensos y serenos ojos marrones, que estaba en la sala desde hacía cuatro horas. Se mantenía en la misma posición desde que había ingresado y no había movido un solo músculo ni proferido sonido alguno.
No era esto una sorpresa para el agente Rey Carras, en el cual su aspecto de niño angelical desmentía al de un profesional avezado, tenaz, inteligente, experto y sumamente cruel y frío. De cuarenta y ocho años, Rey poseía un rostro de facciones suaves y dulces, un cabello rubio levemente rizado y unos ojos azules bonachones. No era ni muy corpulento ni muy alto y su aspecto general era el de una persona vulnerable, pero era un efecto sumamente falso. Rey era un agente nacional, fina e intensamente entrenado en todo lo necesario como para evadir o enfrentarse a cualquier situación y lo había demostrado cabalmente en el campo de trabajo. Adicionalmente, había cursado estudios universitarios sobre psicología y se había especializado en interrogatorios extremos. Esto último no era un mero galardón en su frondoso currículum, si había alguien que podía sacarle algo a un tipo duro, ese era Rey.
Pero este caso era todo un desafío. Bogues pertenecía a una facción fundamentalista sumamente anárquica y la estructura de entrenamiento era de las más difíciles. Quizás se enfrentara al caso más virulento de su vida, quizás el fracaso sería el fin de su carrera, pero lo más importante era que le qero lo mmiento era de las men todo lo necesario como para evadirro era un efecto sumamente falso.uedaban tres horas para evitar que doscientas mil personas murieran. Entró en la sala y cerró la puerta tras de sí.
-          Buenos días, Adrián. –
El hasta el momento único habitante de la sala levantó lentamente la vista. No se hallaba esposado ni amarrado de ninguna manera, se encontraba sentado en una parca silla blanca con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada clavada en el piso.
-          Buenos días, agente Carras. –
Rey sonrío levemente y, acercando una silla a la posición de Bogues, se sentó frente a él cruzándose de piernas. De esta manera se lo veía cómodo y distendido.
-          Veo que me conoces. –
Adrián sonrió con cierta amargura.
-          Ha matado a muchos de mis hermanos. –
Nada se traslucía de los fríos ojos de Bogues.
-          ¿Te gustaría matarme?. –
Adrián curvó sus labios sin alegría.
-          Todo a su tiempo, agente Carras. –
Rey sonrío desviando su mirada hacia el piso.
-          Terminemos con esto, Adrián. ¿Dónde está?. –
Bogues sonrió ahora con más intensidad desnudando sus dientes.
-          Vamos, agente. ¿Así de fácil la quiere?. –
Carras hablaba en un tono discursivo que para nada delataba lo desesperante de la situación, más bien parecía hablar de la última temporada de fútbol.
-          Se que para ti la vida no vale nada pero tengo doscientas mil personas encerradas en la torre “Camelot” por alarma bacteriológica y mil quinientos agentes buscando una bomba desde hace dos días. ¿Qué es lo que buscas, Adrián?. –
Bogues sonrió socarronamente.
-          Salvar al universo. -
Fue muy fugaz pero una luz de inquietud cruzó los ojos de Carras.
-          Bien. – Dijo Carras. – Eso es muy bueno pero debe de haber algo que quieras a cambio de que yo pueda salvar a esas personas. Dímelo y prometo gestionarlo de inmediato. –
-          Mi propósito no es la muerte de gente inocente, agente, sino la aparición de ciertos sucesos que asegurarán la estabilidad y permanencia de este universo. –
-          ¡Perfecto!, nos estamos entendiendo. Dime que hago para que esos sucesos ocurran y todos contentos. –
Los ojos de Bogues se tornaron opacos.
-          No puedes hacer nada. –
Carras se revolvió en la silla y cambió de posición las piernas.
-          Bien, bien. ¿Por qué no me explicas atrás de que andas?. Porque la hermandad te ha dejado absolutamente solo. –
-          Actúo por mi cuenta y riesgo en este caso. Ponerlo al tanto de mis descubrimientos tomará más de tres horas, se lo advierto. –
Carras sabía que ni la sesión de la tortura más cruel haría que este hombre, para el cual la muerte era un suceso más, variara su actitud. Solo cabía especular con que cometiera un error y delatara algún detalle. No quedaba más que seguir hablando y si la bomba estallaba, él mismo le metería un plomo en el cerebro. Por otro lado Bogues conocía a Carras y sabía cabalmente cual era su futuro, nadie tan sanguinario como el hombre que tenía enfrente.
-          Pues, no perdamos tiempo y empecemos, entonces. –
Bogues suspiró profundamente y comenzó.
-          Entre la gente de la torre Camelot existe un grupo de invasores de otro universo paralelo al nuestro. El objetivo primordial de este grupo no es  dañar nuestro universo pero los daños colaterales en busca de su premisa fundamental no solo dañaran este universo sino todos los colindantes. Eso a ellos parece no importarles en absoluto. –
-          Eres doctor en física, ¿no? . – Preguntó Carras.
-          Tengo tres doctorados en física cuántica. –
-          ¿Y como es que te crees todo esto tan alejado de la física ortodoxa?. –
-          No voy a contestar a eso. –
Carras no insistió, sabía que era lapidario.
-          Háblame un poco más de esto de los universos paralelos y esas cosas. –
Bogues cambió por primera vez de posición apoyando los codos en sus muslos.
-          Como quieras. Existen dos planos básicos de existencia: “El Temporal” y “El Alternativo”. En los alternativos existen las mismas instancias y cosas que, por ejemplo, en este universo pero en versiones diferentes… o no. Las personas pueden o no tener vidas y aspectos leve o diametralmente diferentes pero son las mismas personas, duplicados. No obstante, y perpendicularmente a este plano, cada fracción infinitesimal de tiempo ocurrida en cada plano alternativo genera un plano temporal. De esta manera existen infinitos planos temporales perpendiculares a cada plano alternativo. Pero en cada plano temporal existen también infinitos planos alternativos que perpendicularizan a cada plano temporal. De esta manera la estructura de planos se expande en “n” dimensiones hacia el infinito o define el mismo infinito, da igual. –
Carras miraba a Bogues con una expresión que mostraba una aparente perplejidad pintada en el rostro.
-          ¡Vaya!. ¡Asombroso!. Pero… volvamos a la torre, a nuestros invasores, ¿cómo es que esta gente ha llegado desde su universo al nuestro?. –
Bogues miraba a Carras con recelo. Mostraba un injustificado interés por el tema pero decidió seguirle la corriente.
-          Manejan matemáticas cuánticas tan avanzadas que nos deja a nosotros al borde de la edad de piedra. Se trata de dos ecuaciones unidas por una igualdad. Cada ecuación posee tres términos de cuatro miembros. Cada miembro debe ser cuantificado con una precisión tal que requiere números de “n” decimales. En la práctica con setenta decimales es suficiente. –
-          Pero eso no es problema, hoy día los ordenadores… -
-          Si, si, pero ese es el problema de ellos. Así como nosotros estamos matemáticamente cien años atrasados respecto a ellos, ellos están tecnológicamente cien años atrasados respecto a nosotros. Son teóricos formidables pero no son buenos constructores de máquinas y se manejan con cálculos a bajo nivel. De esta manera, al no haber precisión en los cálculos, generan errores que distorsionan cada plano donde se mueven, ocasionando perturbaciones del orden natural. –
-          Pero, ¿sabes cual es su objetivo final?. –
-          No. Solo he detectado que se vienen moviendo secuencialmente plano por plano alternativo y cada tanto viran hacia un plano temporal, a intervalos regulares. Eso si, tienen un camino trazado y lo siguen a rajatabla, o al menos eso parece, sin importarles cuanto daño dejan detrás. Aunque creo que si quisieran moverse calculando con precisión, con la tecnología que poseen, les costaría cien años trazar un camino entre no más de cinco planos. Obviamente eso es inadmisible. Realizan un salto cada veintitrés días, no pueden ir más rápido. Con nuestras máquinas lo podríamos hacer un una hora y sin daños colaterales. –
-          Pero, ¿por qué no se unen con nosotros?. Ellos las matemáticas, nosotros las máquinas. –
-          No se, pero no les interesa, eso es evidente. –
-          ¿Cómo te diste cuenta de su presencia?. –
-          Por las paradojas. Son cambios en el orden natural de las cosas, situaciones imposibles desde el punto de vista estrictamente lógico. –
-          ¿Por ejemplo…? –
-          Por citar una: En un hospital de una enorme ciudad cercana, un hombre dado por muerto ingresó a la guardia. Su corazón no latía y su pecho no respiraba, sin embargo mantenía la temperatura corporal, su sangre no coagulaba y tras cinco días no mostraba ningún signo de corrupción carnal. –
-          Ni vivo ni muerto. –
-          ¡Exacto!. Una anomalía biológica pero puedes encontrarla de cualquier índole. Una mujer se encontró a si misma en la puerta de su casa. Afirmaba que se encontró ante su imagen cuando iba a entrar a su domicilio. El encuentro duró tres segundos pero ocurrió. Esta sería una anomalía temporal. Si este tipo de anomalías se repiten aumentando su intensidad es posible que la estructura espacio-tiempo de nuestro universo se altere con consecuencias imposibles de prever. –
Carras observaba a Bogues con absoluta atención.
-          Y dime, ¿cuántos invasores ingresaron a nuestro universo?. –
-          No muchos, no creo que sean más de una docena. Sería sorprendente que hayan logrado la manera de viajar masivamente pero lo dudo seriamente. –
Lanzando una sonora carcajada Rey acercó rápidamente su rostro al de Adrián.
-          ¿Y por una docena de tipos vas a sacrificar decenas de miles de inocentes?. –
-          Si no lo hago seré responsable del crimen más horroroso en la historia universal. Tan solo en este planeta hay miles de millones. Además no son ellos solos, cuentan con la cipaya colaboración de gente de este lado. Son bastante numerosos. –
-          ¿Y estás absolutamente seguro que todos se reunirían hoy en la torre Camelot?. ¿Cómo estás tan convencido?. –
-          Desde allí saltarán a otro plano hoy a las diecisiete horas. Para que funcione deben estar todos agrupados en un círculo de no más de dos metros. Es el vórtice desde donde la ecuación indica que deben saltar, es decir, con la chapucera precisión con que ellos calculan. Yo calculé unos ochenta centímetros a la izquierda con la precisión adecuada pero a ellos igual les funcionará ya que están dentro del margen de error matemático pero dejarán alteraciones en este plano que reducirá su vida útil a la tercera parte. ¿Cómo se todo esto?. No te lo puedo decir. –
-          Yo si. –
Carras desenfundó su pistola y destruyó la cámara de video. Luego trabó la puerta desde dentro y apuntó a Bogues a la cabeza.
-          Sabes que no temo a la muerte. – Recitó tranquilamente Adrián. La nueva situación no lo alteraba en lo más mínimo.
-          Si, lo se. Lo que también se es que no eres quien dices ser. Sabes demasiado... –
Adrián miró a Carras inexpresivamente. Había sido descubierto pero poco importaba a estas alturas.
-          Los vengo siguiendo desde hace meses. No me refiero a ti, por supuesto. Solo eres un miserable cipayo. Es por eso que no estás con ellos esperando el momento del viaje. ¿Qué te prometieron?. –
Carras enrojeció y por un momento estuvo a punto de volarle la cabeza pero mantuvo la serenidad y bajó el arma. Desde afuera de la sala se escuchaban gritos de alarma.
-          Me llenaron de dinero y me juraron que lo que hacen solo busca el bien para la humanidad. –
-          Claro, pero, ¿cuál humanidad?. La de este universo seguramente no. –
Rey no había reparado en ello. ¿A quien se referían?. Había notado las anormalidades citadas por Bogues en los últimos meses, estaban, incluso, por crear una división especial para tratar estos fenómenos. Pero los invasores no le habían dicho una sola palabra acerca de ello. Debía tomar partido. Sacó su teléfono móvil y llamó. Adrián dibujó una sonrisa de triunfo en sus labios.
-          Avísales, anda. Deberán anticipar el salto aún con el riesgo que ello entraña. Si se anticipan dos minutos la posibilidad de que una paradoja los disuelva en una celda temporal es del setenta por ciento. Es alto, ¿no?. Pero sería eso o nada, son soldados, están acostumbrados a arriesgar la vida. Claro que ese setenta por ciento calculado con las máquinas de ellos. Con nn inas de ellos.or ciento calculado con las mtemporal es del stenta por cientoanidad..uestras máquinas sería… ¿más alto… o más bajo?. ¿Quien sabe?, ya no hay tiempo de averiguarlo, solo quedan veinte minutos. ¿No se les ocurrió meter las cifras en una máquina de aquí?. Se ve que no, solo son militares, no viajó ningún científico, son muy valiosos, lamentable, pero… bueno. –
Ya Carras perdía la serenidad. Hablaba por su móvil y escuchaba a Bogues a la vez. Un gesto de desesperación se pintaba en su rostro a medida que transcurría el tiempo. No había podido cumplir con su misión. Adrián seguía hablando.
-          ¿Cuántos son?. ¿Cómo fueron reclutados?. ¿Cómo los convencieron?. ¿Sabes?, de donde vengo cuidamos la integridad espacio-temporal como si de ecología se tratara. Aunque debo objetar la forma en que cuidan vuestra ecología… -
-          ¡Cállate, idiota!. ¿Sabes cuantos problemas nos has causado?. –
Carras había perdido totalmente la compostura.
-          No te abrumes. Puedo jurarte que la eliminación de esta gente será para el bienestar universal. –
Con la piel del rostro lívida, Carras cortaba la comunicación y guardaba el móvil en su bolsillo, la mirada perdida en algún lugar. Mientras tanto, desde afuera estaban a punto de derribar la puerta.
-          Han saltado… - Dijo en un hilo de voz.
Adrián lo miraba compasivamente.
-          Pues ya deben de pertenecer a planos inmateriales dado que con una buena máquina el cálculo de la posibilidad de éxito arroja cifras de apenas el tres por ciento. Así de precisos eran sus cálculos. –
-          ¿Dónde estaba la bomba?. – Preguntó Carras.
-          No existe tal bomba. Si bien ustedes son tecnológicamente avanzados nosotros lo somos más. Engañé a los sistemas de seguridad de la torre y simulé el alerta con mis propios sistemas. Fue una jugada y salió bien. –
La puerta era derribada al tiempo que Carras se suicidaba de un disparo en la sien y Bogues desaparecía de ese espacio- tiempo.

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jueves, 12 de julio de 2012

La Super Especie


El día comenzó como cualquier otro: El sol salió y la luz inundó el mundo. Tenía una tenue conciencia de que algunas cosas habían cambiado pero en realidad le importaba muy poco. Salió al exterior hambriento, en realidad había dormido poco pero rara vez dormía lapsos extensos de tiempo. Caminó hacia el Sur unos metros tratando de extirpar de su cerebro los vestigios del sueño. Y lo logró. En realidad todo lo lograba, nunca en su vida se había topado con un imposible, todo lo resolvía con una facilidad y practicidad numéricamente imposible de igualar. 
                                                    A treinta metros de su posición inicial encontró lo que buscaba y se preguntó como nadie había tocado ese suculento trozo de carne de cerdo adornado con hojas vegetales, embebido en una exquisita salsa de ciruelas. Se dio un festín tan grande que luego debió permanecer mucho tiempo en reposo hasta completar la digestión. Había vivido allí desde que llegó al mundo y la suerte (y solo la suerte) quiso que su vida fuera extensa y placentera. Quizás la respuesta anidara en el hecho de que había nacido en un lugar donde se fabricaba comida, uno de esos lugares donde se alimentaban los predadores. Y si un alimento era bueno para un predador, era bueno para él también. Incluso su misma especie podría haber servido de alimento a los predadores pero ellos siempre se dedicaron a matar y nada más. Ahora se pudrían de a miles por todos lados, quien sabe porque, pero no le intrigaba en lo más mínimo.
 Había quedado demostrado que los predadores eran una sub especie y La Creación los había maldecido. El, en cambio, y los suyos eran la cumbre, la cima, estaban por encima de cualquier otra especie y contaban con el amor de La Creación. ¿Cómo podía ser de otra manera?. Los predadores lanzaron sus bombas y nada quedó en el mundo. Bueno, nada no, estaban ellos. Nadie más, solo ellos. Miró a sus hermanos, lleno de orgullo, eran miles de millones y pronto serían muchos más. Pululaban por el piso buscando comida, algunos se apareaban, podían tener acceso a cualquier parte y cuando no hubiera más comida ellos mismos se convertirían en el alimento de su propia especie. Era perfecto, simple, irrebatible. No habían nacido para la lucha ni para crear imperios, ellos devoraban los imperios y tanto invadían los hogares míseros como los palacios. Por eso, a pesar de la devastación, de la aniquilación absoluta, solo quedaban ellos, con sus decenas de millones de años de evolución, tan simples como perfectos.
Inmersa en sus pensamientos, la cucaracha recibió la señal de que la digestión se había completado y se puso en movimiento.

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miércoles, 16 de mayo de 2012

Los Espías y la Higiene.


-          Esto es terrible… - Decía Cara Mason con la derrota pintada en la cara.
-          Pero aún no hay nada confirmado. – Le replicaba su incondicional amigo y compañero de trabajo Has Rajhid. Cara era científica de “Corporativa de Tecnología Bio Cibernética” (“CTBC”, en el mundillo científico) y su especialidad la ciber-genética. Era la mejor en lo suyo y por eso CTBC se había desvivido para contratarla. Al igual que Has, licenciado en cibernética con dos doctorados en nano-tecnología, cuyo intelecto y habilidad lo hacían único.
-          ¡Cuando el río suena es que agua trae, Has!. Ya te decía yo que muchos idiotas de Seguridad Industrial se habían relajado mucho en el tema del espionaje. Ahora andan como locos de aquí para allá cuando antes ni se movían de su piso. Los de informática están desbordados de órdenes de trabajo que ellos le cursan cada media hora. Ya no saben a quien ni que investigar. –
Se encontraban en el laboratorio de Has, más precisamente en su despacho, una amplia y cómoda sala, luminosa y amueblada con buen gusto. En el exterior, los técnicos bajo su supervisión trabajaban animados y motivados en los proyectos que tanto Has como la empresa diseñaban.
-          ¿No crees que te estás poniendo un poco paranoica?. Quizás lo que pase es que luego de un largo período de relax la jefatura ha decidido que dicha repartición debe trabajar más. – Un gesto de fastidio cruzó las facciones de Cara pero su gran control personal pudo más.
-          Has, sabes como te aprecio, eres mi mejor amigo, pero a veces vetas de gran idiotez contaminan tu intelecto privilegiado. A nadie le importa la seguridad industrial hasta que la sangre llega al río. – Los verdes ojos de Cara chispeaban cuando hablaba. Era una mujer de gran temperamento y físico algo abultado. Aún así con sus cincuenta y ocho años estaba en buena forma. Has, en cambio, era muy delgado y de estatura media, de oscuros y grandes ojos en una tez oscura y adornada por una prominente nariz aguileña. Has tenía cuatro años menos de Cara y, al igual que ella, estaba en buen estado.
-          Bien. – El hombre se repantigó en su cómodo sillón, secretamente divertido. Siempre le divertía ver a Cara en esa situación pero lo ocultaba delicadamente, no era conveniente enojar a su amiga.
-          Te conozco, Cara. ¿Cuál es el detalle concreto que te inquieta?. –
La mujer se sosegó, Has había encajado bien el comentario.
-          Hace unos meses… - comenzó – Hanoy Bet publicó en la revista de la universidad los resultados de sus trabajos sobre inteligencia fotónica. Nada concreto y sin detalles en lo absoluto pero lo mostrado despertó el interés de la comunidad científica. ¿Sabes quien es Hanoy, no?. El que preside… -
-          …El departamento de investigación robótica, si, ya se, también trabajo en esta empresa. Prosigue, Cara. –
-          Bien, lo que pasa es que a veces eres algo dormido. – Has sonrió con sorna pero no agregó comentario alguno.
-          Unos meses después, los buitres de IAR (Inteligencia Artificial y Robots) intentaron patentar las matemáticas fotónicas que rigen el funcionamiento los circuitos neuronales del cerebro diseñado por Hanoy… -
-          ¡¿Cómo dices?!. ¡Entonces debieron enfrentarse a una demanda legal irreversible!. –
-          No. Los hijos de puta tienen contactos e infiltrados en todos lados. Cuando la oficina de patentes publicó por la red el informe mensual Hanoy llamó inmediatamente a la policía federal y denunció el hecho pero para cuando se hicieron los relevamientos de los archivos de Patentes y Registros la solicitud presentada por IAR había desaparecido junto con todos los borradores. Un día más y se hubiera dado curso a la solicitud. Hanoy quedó descolocado y en ridículo. Finalmente debió retirar la denuncia y ofrecer disculpas a los directivos de IAR. Los de patentes y registros alegaron un error y, como todo estamento administrativo estatal, la impunidad lo recibió en sus cálidos brazos y todo bien. No hubo siquiera un amago de investigación. Encima Hanoy recibió una reprimenda por parte de los directivos de esta empresa, la nuestra, por saltarse los protocolos internos. ¡Es indignante!.  –
-          Pero, ¿por qué el Doctor Bet publicó el trabajo en la revista de la universidad antes de patentarlo?. – Cara se encogió de hombros.
-          Viejos vicios, ingenuidad, torpeza. Quizás la ansiedad de someter su trabajo a la evaluación de sus pares, ¿quién sabe?. Lo cierto es que estamos tan metidos en nuestro trabajo que a menudo olvidamos formalizar los trámites administrativos burocráticos. Hanoy es un excelente científico pero sobretodo es un buen hombre y trabaja con la mente puesta en la Humanidad y somos esa especie de presa preferida por los buitres como los del IAR. Pero lo concreto es que hay alguien de aquí dentro que espía y les pasa datos. Eso es lo relevante. –
-          Esto es muy grave pero de fácil solución. Basta con respetar los protocolos internos y ya. –
-          Si ese es el camino sencillo de los mansos pero mientras tanto dormimos con nuestros propios violadores y CTBC, tranquila. No ha tomado una sola medida concreta como no sea poner a correr a los inútiles de Seguridad Industrial. –
-          No sabes que medidas se pueden estar cocinando por debajo de eso. –
-          ¡Deben ir contra IAR de frente, les han mojado la oreja!. ¿Qué clase de orgullo ostenta esta empresa?. –
-          Comprendo tu indignación pero creo que nada podemos hacer nosotros desde el llano como no sea seguir trabajando y hacer las cosas sobradamente bien. Si respetamos los protocolos internos y los administrativos estatales no creo que encuentren una brecha por donde infiltrarse. – Cara miró a su amigo con expresión frustrada e insatisfecha. Recogió las carpetas que había dejado sobre el escritorio de Has al ingresar a su oficina y comenzó a avanzar hacia la puerta.
-          Espero que sea así. Desearía pensar como tú pero creo que los de IAR son lo suficientemente sucios como para torcer cualquier recta vara. – Dicho esto se marchó del laboratorio sin más.

                                  …………………………….

Io Sodosky era un maniático en muchos aspectos. Llegaba siempre a la misma hora a las puertas de IAR y realizaba los mismos movimientos, las mismas acciones, recitaba las mismas palabras con las mismas personas. Quería y exigía que todo se viera de una determinada manera y que nunca cambiara. Amaba la monotonía y la previsibilidad hasta el desquicio. Planteaba su caprichoso escenario diario de una manera determinada y todo el mundo debía ajustarse a el. Claro, no era gratuito que todo el mundo bailara su música. Sodosky era el presidente del directorio de la empresa, fundador y poseedor del setenta por ciento del paquete accionario. Era el amo absoluto y todo se hacía de acuerdo a sus exigencias y caprichos. Pero había algo que lo obsesionaba: La limpieza, o peor, la asepsia. Vivía pensando en las enfermedades, en los microbios, las bacterias y en que el mundo era un lugar infecto únicamente diseñado para su padecimiento. Evitaba el contacto físico con otras personas hasta el extremo de usar guantes casi permanentemente. Se trasladaba en su pomposo vehículo con chofer separado del mismo con vidrio hermético y jamás se sacaba el barbijo si estaba ante otra persona. Tanto su casa como su lugar de trabajo, un despampanante despacho del cual jamás salía si no era para irse a su mansión, eran recintos esterilizados electrónicamente, controlados milimétricamente por sistemas robóticos especialmente diseñados en el que solo se respiraba aire puro. Ni una mota de polvo, ni una microscópica pelusa, nada flotaba en los escasos lugares donde se sentía a salvo y contenido. Nadie ingresaba a su hogar ni a su despacho, todo parlamento se tramitaba vía conferencia de video. Un auténtico regimiento de personas trabajaba para él en las tareas de limpieza y acondicionamiento de su hábitat, entre los que había verdaderos profesionales y hasta un cerrado grupo de científicos. Antes de entrar a cualquiera de los escasos recintos donde pasaba buena parte de su jornada se desnudaba y se sometía a duchas desinfectantes. Acto seguido se cambiaba de ropas íntegramente y desechaba cualquier objeto que lo acompañara durante su trayecto. Esto costaba millones anuales a la empresa pero nada se podía hacer. Con esto y todo, siempre ingresaba a su despacho antes de las siete de la mañana, para lo cual debía despertar antes de las cuatro de la madrugada, pero Sodosky solo dormía tres o cuatro horas diarias. Claro, todo lo que el hombre tenía de limpio por fuera lo quintuplicabla de sucio por dentro. Sodosky no sabía lo que era el bien. Todo planteo, todo plan de acción, lo trazaba desde la perversidad, desde su profundo odio hacia las personas, desde su ego super desarrollado, desde su miserable esencia inhumana. Por eso amaba los robots, porque eran las personas perfectas, programables, obedientes, sumisas. No admitía la discusión ni planteo alguno, solo existía su criterio corrupto y su mentalidad deforme. De esta manera acumuló miles y miles de millones, muchos más que su competidora CTBC, y había crecido tres veces más en las últimas dos décadas. Pero, claro, esto lo había logrado repartiendo dinero en cataratas, comprado miles de voluntades y haciendo que sus tentáculos se extendieran por todos lados, creando una cerrada red de adherentes asalariados tan podridos como él. Sodosky contaba con setenta años y nunca había sido otra cosa que lo que era hoy día. Creció a la sombra de su padre del cual heredó una monumental fortuna con parte de la cual fundó IAR a los treinta años y allí se quedó dando a su vida una homogeneidad poco usual. Era totalmente calvo y de cuerpo enjuto y encorvado con una estatura de no más de un metro setenta. Su rostro carecía de cualquier pilosidad y color y sus negros ojos redondos resaltaban con intensidad. El conjunto era el de un ser absolutamente inofensivo y benévolo pero no podía ser mas engañoso. Io Sodosky era el mal en envase chico en su máxima expresión. Por añadidura nunca nada le había salido mal siquiera en sus más mínimos detalles y hasta sus más excéntricos caprichos habían sido materializados. Cuando decidió que CTBC debía desaparecer no fue porque la considerara un peligro para su propia empresa sino porque se le antojó. De esta manera decidió que el espionaje sería la forma más eficiente y limpia de matarla y, como todas sus apreciaciones, estuvo en lo correcto, lamentablemente su intelecto era colosal. Fue por ello que cuando le informaron que lo de Bet había fracasado casi enloquece y la furia le nubló la visión.
-          ¡¿Quién fue el idiota que estuvo a cargo?!. – Vociferaba a la pantalla ante la cara aterrorizada de su gerente principal. Con voz vacilante el subalterno trató de dar una explicación.
-          No…no fue nadie en especial, señor, la operación fracasó porque el Doctor Bet actuó inmediatamente. La oficina de patentes publicó en la red el informe de registros demasiado pronto. No hubo tiempo de materializar, de formalizar, la solicitud. – Pero Sodosky estaba fuera de sí.

-          ¡¿Qué dices idiota?!. ¡Gasto millones al mes sobornando cuanto imbécil del gobierno o burócrata se me cruza por el camino!. ¿Y cuando necesito de ellos me fallan?. ¡No me vengas con esas!. ¡Tú eres el culpable!. ¡Tú eres quien me asesora acerca de a que apestosa rata burócrata debo o no comprar, así que, arréglalo o te echo como el inútil desechable que eres!. – Y se cortó la comunicación. El gerente se quedó de una pieza, temblando, helado. Si lo despedían de IAR nunca encontraría trabajo en otro lado, sería un paria, un indigente. Ron, así se llamaba, Ron Pol, tomó el teléfono y pensó en llamar a alguien pero se quedó a mitad de camino. No sabía a quien llamar, y sería mejor que se le ocurriera algo pronto.

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Emilio Ruiz trabajaba en el departamento de informática de CTBC. Fue un prometedor ingeniero de alto intelecto y buenas ideas pero cuando lo saltearon en un puesto de mediana jerarquía se trastornó. Ron Pol, así se llamaba quien lo llamó aquella fatídica tarde (¿porque será que las malas noticias son peores en las primeras horas de la tarde?), se identificó como directivo de IAR y le ofreció el mismo puesto por el mismo salario (¿cómo se habría enterado?). Emilio declinó la oferta dado que replicó que por más responsabilidad mayor salario pero no hubo caso. Por su pantalla pasaban todos los proyectos de CTBC, detallados, precisos, completos. Entonces se le ocurrió otra cosa. Un mes después se convertía en espía de IAR por cantidades de dinero que cuadruplicaban su salario en CTBC. Esa tarde recibió un llamado de Ron, parecía muy exaltado.
-          Me enteré… - decía Emilio… - toda una fatalidad. –
-          Escucha, Emilio… - Decía Ron. - …necesito tu ayuda. Mi cabeza pende de un hilo. Si no le doy al hijo de puta de Sodosky algo muy grande me hunde… y tú conmigo. –
-          Ron yo hice todo bien… -
-          ¡Lo se, lo se!. Pero a veces no alcanza. El dinero que ganas justifica que de tanto en tanto te extremes un poco. Ese momento es ahora. Es a vida o muerte. Tienes veinticuatro horas.
-          ¡¿Qué…?!. ¡Oye está loco…yo no puedo…!. – Pero la comunicación se cortó y por más que Emilio lo intentó y lo intentó ya no pudo comunicarse con Pol.
Frenéticamente comenzó a operar su computadora. Ante sus ojos desfilaban todos los proyectos de CTBC pero no encontraba fisura alguna, todo estaba debidamente documentado. Debía darse prisa, alguien notaría su injustificada permanencia en esos archivos, pero las bases de datos se agotaban una tras otra y nada. Tras cuatro horas de búsqueda decidió salir de la rutina de búsqueda para no  despertar sospechas. Seguiría al otro día y, si no encontraba nada, debería huir del país para evitar a la ley y, peor aún, a Sodosky, quien seguramente lo mandaría matar. Estaba por salir del programa que habitualmente usaba cuando una tardía orden de archivo llegó. Leyó el encabezado y su corazón se aceleró: Un trabajo de Cara Mason, una de las más encumbradas científicas de CTBC. Leyó el asunto y una corriente de algarabía le recorrió el alma: Tejido biosintético adherente a cualquier material y autoregenerativo.  No lo podía creer, lo que IAR venía buscando desde décadas para darle aspecto humano a sus robots. El formato venía en borrador para archivar pero con un detalle y una prolijidad injustificable para un formato tan primario. Claro que se trataba de Cara Mason, una investigadora increíble, poseedora de una prolijidad y una atención en los detalles prodigiosos. Era un regalo del cielo, nadie podría reclamar un trabajo indocumentado y si IAR trabajaba presta y organizadamente podía considerarlo suyo. Era el golpe maestro. Luego de esto desaparecería escondiéndose en alguna remota isla del pacífico a disfrutar de los jugosos dividendos obtenidos por este trabajo. No era una tarea de espionaje cualquiera, era la cima. Copió el archivo en su disco portátil y se encaminó a la salida. Ya en la calle llamó al móvil de Pol. Esta vez lo atendió.

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Io Sodosky no podía creer lo que había en su computadora: Un trabajo increíble de Cara Mason listo para ser patentado y sin derecho a reclamo ni demanda. Desde la pantalla del videófono Ron sonreía con toda su dentadura. Sin embargo el rostro de Sodosky seguía sombrío.
-          ¿Cómo has conseguido esta joya?. –
-          Es demasiado bueno para ser verdad, ¿no?. –
-          ¿Quien es el contacto?. –
-          Emilio Ruiz… -
-          Ah… -
-          Ya hizo varios trabajos para nosotros… -
-          Si… -
-          ¿Le doy curso?. – Sodosky le dio un momento de suspenso a la charla.
-          Por supuesto. – Sentenció al fin. Ron Pol salió de su despacho a la carrera. Esta vez no habría errores.
Un punto negro voló desde un armario a la espalda de Sodosky hasta la abertura de climatización. Una luz de espanto infinito se pintó en el obsesivo anciano.
- ¡¡¡Una mosca en mi despacho!!!. – Vociferó. Y salió corriendo a las duchas químicas. Mucha gente perdería su empleo hoy.

Al otro día un grupo de tres directivos de CTBC pedían entrevistarse con Sodosky. Cuando el fundador de IAR se enteró esbozó una sonrisa socarrona.
“Seguramente vienen a entregar la empresa” pensó y se soñó ofreciendo a los  derrotados directivos un precio infame por CTBC. Pero la actitud de los tres hombres que ingresaron a su despacho (excepción hecha solo por el momento de gloria presunta pero sin excluir el barbijo) era muy distante de la que imaginaba y eso lo desconcertó. Sin mediar muchas palabras le mostraron el video donde él y Ron Pol hablaban del hurto al trabajo de Cara y una confesión escrita de Emilio Ruiz.
-          Nadie irá a la cárcel si acceden a nuestros términos. – Le decía el máximo directivo de Seguridad Industrial. – Incluso archivaríamos la confesión de Ruiz pero en lo que a usted respecta tiene veinticuatro horas para declarar el cierre de IAR y retirar sin cargo el paquete accionario del mercado de valores. – Sin decir una palabra más se retiraron con paso ágil.
Al otro día Sodosky declaraba el cierre y quiebra de IAR y tres horas después se suicidaba “higiénicamente” en su mansión. Nadie pudo nunca develar como se había filmado ese video, es decir, casi nadie.

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Cara estaba en el despacho de Has tomando un te de cerezas mientras miraba a su amigo con expresión pícara.
-          Debo reconocer que me fui de boca, de idiota no tienes un pelo. –
Has miraba concentrado un pequeño frasco de vidrio con algo muy pequeño y negro dentro.
-          En lo futuro me empeñaré mucho más en los detalles. Reconozco que si la miras con algo de atención te das cuenta de que realmente no es una mosca pero, ¿quién mira una mosca con atención?.– Dijo el científico en nano-tecnología.
-          Y menos aún el obsesivo Sodosky. –
-          Lástima que no la mirara de frente,… - dijo mirando aún la mosca robot en el frasquito - …me hubiera gustado tener una imagen de su cara espantada y su grito de horror. -     
      
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martes, 17 de abril de 2012

La Muñeca Rota.


Se despertó de golpe, de un tirón, con la sensación de haber dormido mucho, demasiado. Tenía leves recuerdos de un cansancio atroz, devastador, casi terminal. Sentía la boca seca y una sed descomunal, también hambre. Había mojado los pantalones pero afortunadamente había podido soportar las ganas de defecar. Parecía que había dormido días…
Toda esta evaluación apenas si le llevó cinco segundos, luego todos sus sentidos de combatiente veterano se activaron.
Buscó su arma y la encontró a la izquierda, junto a su pierna, se tocó por todo el cuerpo en busca de heridas pero no encontró nada, se calzó el casco y mantuvo la cabeza a reparo. Sin embargo lo único que encontró a su alrededor fueron ruinas y silencio. Mientras vigilaba el entorno, el extraño y poco familiar entorno, trató de hacer memoria, de rebuscar en su mente los antecedentes de su situación.
Pero no encontró nada, no podía recordar como había llegado allí, parecía como si su memoria de corto plazo se hubiera extinguido. Una vez se convenció de la ausencia de peligro se fue poniendo lentamente de pie, manteniendo la espalda encorvada. Así fue deslizándose lentamente por el terreno, avanzando metro a metro, atento a cualquier movimiento, al más mínimo sonido. Pero el silencio y la quietud era lo único que lo rodeaba y eso lo desconcertaba. Había entrado en el ejército a los dieciocho, cuando su  país llevaba ya tres años en guerra. Tenía veintiséis y era un auténtico sobreviviente, un experto combatiente y un sobresaliente asesino. El homicidio se había convertido ya en algo habitual, cotidiano y necesario. Había ascendido a capitán recientemente y veía la muerte de los suyos y ajenos como los movimientos necesarios de una partida de algún macabro juego donde solo importaba la consumación del objetivo. Su alma había muerto hacía ya mucho pero, ¿quién podía reprochárselo?. En la época en la que normalmente un joven busca sus primeras experiencias laborales, él estaba matando para sobrevivir. Cuando debió estar enamorado, pensado en hijos y en familia, un hogar, inviernos al calor de los leños, el estaba matando para sobrevivir. Fue así que la guerra se hizo su vida y no sabía que, fuera de ella, ya no tenía futuro ni lugar, que una vez finalizada la contienda sería una baja más, solo que seguiría respirando.
Lo que más lo desorientaba era el silencio. Estaba habituado a los cadáveres, la carne corrupta, las ruinas, los gemidos de los heridos y moribundos, las explosiones de los disparos y las bombas, el hedor de la carne quemada, los gritos, los ruegos pidiendo ayuda… Eso era su elemento, pero esto lo desconcertaba. La demolición producida por la artillería había hecho un estupendo trabajo en el lugar, observaba todo esto mientras se desplazaba por el terreno, y había logrado una nutrida cosecha de bajas. Todos los caídos eran enemigos y eso le arrancó una juvenil y cínica sonrisa del rostro, ese rostro de piel percudida y sucia, arruinada por años de barro y sangre. Su uniforme camuflado estaba hecho jirones y agradeció mentalmente estar en verano o, al menos, que hiciera calor, de lo contrario, con la poca tela en pie seguramente moriría de frío. Sus botines reglamentarios dejaban también mucho que desear y en el izquierdo un pequeño orificio comenzaba ya a formarse. Luego inspeccionaría algún cadáver para lograr mejores prendas.
Pero luego, ahora no era el momento.
Llevaba en el fusil automático medio cargador y uno intacto en el cinturón, lo que era poca cosa dado que, evidentemente, se encontraba en pleno territorio enemigo. No poseía granadas ni elemento de comunicación alguno, el aparato que colgaba del cinto de cuero no era una radio y en rigor siquiera sabía lo que era, ya vería. Corría además el riesgo de caer bajo fuego propio dado que en cualquier momento la artillería de los suyos podía continuar el bombardeo. Claro que si tenían noción de las señales de vida reinantes en el lugar sería absolutamente innecesario, allí no parecía haber nada que respirase, ni una rata, la devastación había sido total.
En ese momento escuchó el ruido.
Fue algo insignificante, casi insonoro, pero para un oído entrenado como el de él fue un estrépito colosal. Apuntar al lugar de origen del sonido y echarse a tierra fue todo uno, un eficiente y elegante movimiento de ballet. Se quedó quieto, inmóvil, inerte, pero tenso y expectante, barriendo milimétricamente la zona en cuestión con la mira del fusil. Nada se movía y el ruido no se volvió a repetir. Se incorporó lentamente ofreciendo el menor blanco posible, sus ojos alocados barriendo los cuatro costados. Avanzó lentamente hacia el lugar en cuestión, la entrada de una vivienda que apenas si mantenía algunas paredes y una mínima parte del techo en precario equilibrio. Ingresó con el arma lista, presto a abrir fuego al menor movimiento.
Pero no sucedió nada.
 Siguió avanzando por el interior de la arruinada edificación inspeccionando cada metro cuadrado tratando, de mantener la espalda siempre contra alguna pared. Al abrigo de una parte de techo que aún se  mantenía en su lugar encontró una manta rellena con trapos sucios y ensangrentados, una improvisada cama, y algunos restos de comida enlatada claramente pertenecientes al enemigo. Revolvió todo con el cañón del fusil y tocó la cama con el dorso de la mano.
Aún estaba levemente tibia.
Esto, estaba seguro, no pertenecía a un militar, de ser así no estaría vivo. Además un hombre mínimamente entrenado no dejaría dichas evidencias a la libre observación ni dos segundos. Aún así no sabía de que o quien se trataba y debía andarse con cuidado. Salió de la construcción en ruinas con más sigilo y cuidado que cuando ingresó…
Y entonces la vio.

Estaba parada frente a él a menos de dos metros y, desafiando todos sus finos y entrenados sentidos, había logrado acercarse demasiado. Estaba tremendamente sucia y esquelética. Sus profundos ojos oscuros remarcados con tremendas ojeras contrastadas contra la intensa palidez de la piel del rostro. Sus cabellos eran una masa informe que rodeaba su cráneo hacia todas direcciones, sus brazos y piernas en los huesos, sus costillas en bajo relieve. Solo su mirada directa, profunda y sin miedo, poseía vida, radiaba una energía que el resto de su cuerpo no replicaba en absoluto. Llevaba una maltrecha muñeca de trapo colgando de su mano izquierda, con la cabeza colgando alarmantemente de una delgada hilacha.
Su primera reacción fue levantar el fusil y disparar pero, quien sabe porque, a duras penas contuvo su instinto asesino.
Se quedaron allí, petrificados, mirándose el uno al otro. Él pensaba que podía tener entre siete y once pero en sus años de guerra había podido ver seres humanos tan deteriorados que a pesar de tener un par de décadas parecían niños de corta edad, por la malnutrición, por el desgaste, por la amargura.
Fue ella quien tomó la iniciativa y lentamente comenzó a acortar la distancia. Él levantó el fusil y tensó el dedo en el gatillo, ahora sí dispararía, un paso más y…
Apoyó su frente en el caño del fusil sin apartar la mirada de los ojos del soldado, quizás quería que él apretara el gatillo, quizás quería terminar con la miseria que significaba su vida.
Pero no ocurrió nada…
Estaba semidesnuda, tan solo cubría sus partes púdicas un trapo sucio mal anudado. Él bajó el arma y el caño del fusil golpeó el suelo con ruido sordo. Ella tendió su mano y tomó la del soldado, algo cambió para siempre en el hombre al primer contacto. No había palabras, solo miradas, esas miradas que hermanan en la tragedia. Sus dedos increíblemente flacos tomaron contacto con la mano rústica, callosa, enorme y fuerte. Con sus apenas metro veinte empujaba al fornido guerrero hacia delante mientras el pensaba, fiel a su naturaleza, que podía estar llevándolo a una trampa. Sin embargo, en su fuero íntimo algo lo tranquilizaba, lo llenaba de paz, de confianza. Fue así que sin darse cuenta dejó atrás casco y fusil y comenzó a caminar guiado por la niña hacia donde ella quisiera llevarlo como presa de un misterioso ensalmo.

Se detuvieron frente a una vivienda milagrosamente en pie, con solo algunos rastros de metralla y balas de fusil. Una fornida puerta de roble guardaba el interior. La niña lo miró muy desde abajo, el comprendió. De una potente patada derribó la puerta y ambos ingresaron, la niña primero, despreocupada, desafiante, él, con el sigilo del soldado que habitaba en su interior.
Ella se movía con absoluta seguridad, aún en la semipenumbra reinante, como si conociera cada centímetro cuadrado de cada ambiente de la casa, el se movía con la lentitud resultante del desconcierto y la ignorancia. La vio acuclillarse en un rincón y la oyó suspirar, se acercó para ver que era lo que atraía su atención.
Era un cadáver.
Tenía varias semanas y era una mujer. De los ojos de la niña caían serenas lágrimas que trazaban surcos en la mugre del rostro. No había sonidos ni muecas de pena, solo lágrimas cayendo de unos ojos serenos en el marco de un rostro inexpresivo. La muerta tenía un orificio en la frente, perfectamente en el medio. Una ejecución. Una cobarde y seguramente innecesaria ejecución. Él se quedó de pie junto a ella, más al cabo de pocos segundos se puso de pie y lo volvió a tomar de la mano. Lo condujo en la oscuridad hasta una estancia donde reinaba una tenue claridad, la ausencia de muebles era absoluta y el piso era de madera burda y sin tratar. Se paró en el rincón Este y señaló hacia abajo, él se percató, al inclinarse en el lugar por ella señalado, de que estaba ante una compuerta en el piso, una puerta trampa. Se lamentó de no tener su fusil, no sabía que guardaba la compuerta en su interior. Se le pasó por la mente volver a buscarlo pero…¿qué más daba?.
Se incorporó y de una patada pulverizó la compuerta. Luego se arrojó en el oscuro cuadro negro descubierto. Sus pies encontraron el suelo rápidamente y una densa oscuridad lo envolvió. Se quedó inmóvil, expectante, atento al más mínimo ruido, al más insignificante movimiento. Pero no pasó nada y lentamente fue poniéndose de pie. Miró hacia arriba y vio que ella le tendía los brazos, la tomó y la bajó...era tan liviana. Rápidamente ella se dirigió hacia un lugar y volvió con un farol a combustible y fósforos, el encendió el farol. Lo que vio a continuación lo interpretó como si hubiera estado escrito en un papel.
 
En el suelo había cuatro cadáveres, tres militares y un civil… y una pequeña abertura al exterior, tan pequeña que solo un cuerpo menudo podía atravesarla. Había evidentes señales de lucha. El civil aún portaba el arma con que había matado a los militares, era un fusil como el suyo, al igual que los uniformes que vestían los militares.
Eran de su bando, compatriotas.
Una enervante vergüenza le atenazó la garganta, y el amargante sentimiento de la decepción le estrujó el alma. Ella mientras tanto se acercó a su padre y se agachó junto a él, como había hecho con su madre. Le dedicó la misma cantidad de lágrimas y de la misma manera, como si fuera en vano de alguna otra, como si no hubiera algo más…
Lo volvió a tomar de la mano y, farol en alto, se vio conducido hacia una puerta empotrada en la pared, ella se la señaló.
Era una despensa.
Dentro había alimentos tipo fiambre y varios toneles de agua. Sintió sus tripas retorcerse de ansiedad emitiendo un notable gruñido y su boca clamar por humedad. Sin embargo examinó cuidadosamente cada alimento y cada tonel de líquido. Todo parecía en perfecto estado, cada cosa sabiamente elaborada y prolijamente conservada.
La guerra tiene estas cosas.
Con un cuchillo (¿dónde estaba el suyo?) presente en la alacena cortó finas y pequeñas fetas de un jamón colgado de un travesaño y se las fue dando pausadamente, dosificando cada bocado, a la niña que devoraba con una avidez animal. También le ofrecía breves tragos de agua. Cada tanto se metía también algo él en la boca y pegaba un breve trago al jarro que, al igual que el cuchillo, había encontrado en la alacena. No debían atiborrarse, podían enfermar. Debían darle tiempo a ambos aparatos digestivos para que entendieran que el largo período de ocio había llegado a su fin, al menos por ahora.
La lentitud de la ingesta les llevó horas pero al fin estuvieron plenos. Luego el metió en una bolsa hallada en el lugar toda la comida y bebida que pudo y salieron del sótano. Caminaban lentamente, aún en el interior de la vivienda, cuando ella súbitamente se lanzó a la carrera y se desapareció en el vano de una puerta. Él la siguió igualando el paso. Terminó en un baño que, milagrosamente, aún tenía agua. Ella se sacó toda la ropa, abrió la ducha y se metió debajo con una indescriptible sonrisa de satisfacción, él se retiró prudente pero ansiando que la niña terminara cuanto antes para imitarla. El exterior los encontró aseados y con ropa limpia, él con las del padre de la niña, ella con un primoroso vestido rosa que estaba en el closet de su antigua habitación. Tenues y limpias sonrisas complacidas comenzaban a asomar en los rostros de ambos. ¿Felicidad?. Se sentaron contra una pared, previamente apartar los cuerpos presentes, y se relajaron, rodeados de escombros y corrupción. El hedor reinante parecía no afectarles. A veces el acostumbramiento a algo obra milagros. El tomó la muñeca de manos de la niña, en ningún momento la soltó salvo al bañarse, y la examinó. A pesar del calamitoso estado general solo la cabeza estaba rota, o más bien, amenazaba con justa causa desprenderse de un momento a otro. Buscó un pedazo de género por el piso y lo desarmó hebra a hebra. Luego realizó un estupendo trabajo trabando con esas hebras la cabeza de la muñeca a su cuello. El resultado final era tosco pero efectivo y fascinó a la niña que mostró una limpia sonrisa de alegría. Luego apretó la muñeca contra su estómago y apoyó la cabeza en el fornido pecho del soldado. Este suspiró, a su pesar. Unos breves segundos después le pareció que se había dormido.
 
Entonces escuchó el “BEEP”. Una vez, dos, tres…
Provenía del cinto que pertenecía a su uniforme, lo había conservado para que no se le cayera el pantalón del padre de la niña, algo más grueso que él. También había conservado el extraño aparato del que no recordaba su utilidad. De allí provenían los molestos “BEEP”. Lo desenganchó del cinto y lo puso ante sus ojos. Una pequeña luz roja titilaba al ritmo de los “BEEP’s”. Instintivamente puso su dedo sobre la luz y presionó. Los sonidos cesaron pero unas imágenes atropellaron su mente en descontrolado tropel.    
Se vio manejando un todo terreno militar a toda velocidad y mirando con frecuencia el aparato que ahora tenía ante él.
Vio como la distracción en el manejo hacía que el vehículo embistiera lateralmente contra un trozo de mampostería y volcara.
Se vio saliendo del vehículo apenas a tiempo antes que estallara en llamas. Vio como corría como loco una cantidad indeterminada de metros hasta que cayó desvanecido en el pozo donde se despertó.
Nuevamente en la realidad volvió a enfocar la mirada en el aparato. Solo poseía un número de tres cifras en rápida carrera descendente y una barra luminosa que lenta pero sin pausa aumentaba su extensión. Aparte de ello, no recordaba en absoluto. Incomprensiblemente cesó en sus intentos de comprensión y se dedicó a mirar a la niña. Una extraña dejadez comenzaba a invadir todo su cuerpo y le parecía flotar levemente. El cansancio, al igual que toda molestia, despareció súbitamente. Se sintió espectacular, pleno, lleno de vida. Le pareció que la niña se había puesto algo fría y pálida. Alargó el brazo y alcanzó unos sucios trapos con los que arropó a la niña, su niña….

Cuando la nube tóxica radiactiva llegó el contador del extraño aparato marcaba cero y la barra luminosa había llegado a su máxima extensión. Para ese entonces ambos habían muerto hacía ya un largo rato y se habían evitado una larga y dolorosa agonía.
Pero en los últimos minutos de su vida realmente habían vivido una vida.   

 

domingo, 1 de abril de 2012

La Hora Diecisiete

La falla se produjo en una de las maniobras de redireccionamiento. Tres de los cuatro impulsores nucleares fallaron haciendo que la nave se desviara sensiblemente del curso trazado. Eso no hubiera supuesto ningún problema, había energía suficiente para corregir el rumbo. La verdadera calamidad fue que luego de dar la máxima aceleración los tres impulsores salieron de servicio… y no volvieron a encender

. Por más que la tripulación de la “Transpar”, la mayor nave de exploración espacial jamás construida por el hombre, se desvivió tratando de buscar soluciones estas no aparecieron… y no era para menos. El fallo produjo un verdadero cataclismo eléctrico que literalmente aniquiló los sistemas inteligentes electrónicos y fotónicos dejando a la nave a la deriva. Pero esto, inclusive, tampoco hubiera constituido un problema insoluble. En una semana la nave sería alcanzada por una flotilla liviana de rescate y toda la tripulación hubiera regresado a casa sin novedad, salvo claro la multimillonaria pérdida material. Pero el caso es que no había una semana de tiempo. La fatalidad quiso que el impulsor restante generara azarosamente un curso en línea recta al Sol antes que el plantel técnico de la nave pudiera apagarlo. Cuando quisieron volverlo a encender para desviar la trayectoria este tampoco respondió y la nave siguió su trayecto mortal. Teniendo en cuenta el movimiento de aceleración constante calculaban que en menos de veinte horas se evaporaría en el espacio debido a la cercanía con la estrella pero llegar a ese punto no sería nada sencillo. 

Una a una las corazas protectoras de la nave se irían fundiendo elevando brutalmente la temperatura interna y sometiendo a los cien tripulantes a un agonía lenta y dolorosa, posterior a la inevitable radiación que literalmente les borraría la piel del cuerpo. Desde tierra vieron como la señal de la Transpar se perdía y, llenos de tristeza y depresión, cerraron los sistemas y se prepararon para informar al mundo de la penosa noticia. Solo les quedaba la grabación de la transmisión del capitán de la nave, que traslucían largas horas de dramatismo y desesperación. Una vez que el mundo fue informado y las cosas se calmaron el plantel técnico de tierra se abocó a las pericias pertinentes, conducentes a echar luz sobre el fallo producido. Se siguieron secuencial y ordenadamente todas las normas protocolares sin saltar el más mínimo paso hasta que llegó el momento por todos indeseado, el de analizar la grabación del capitán de la nave. Para la gran mayoría constituía revivir un momento penoso y de dolor aunque algunos, con la cabeza bastante más fría, esperaban encontrar respuestas en dicha grabación que los llevara a desentrañar los motivos del siniestro. Dichas respuestas agregarían seguridad y previsibilidad a futuras incursiones dado que para nada la carrera de exploración espacial se detenía allí. Fue así que media docena de científicos se sentaron alrededor de una consola a escuchar la grabación de varias horas de duración. Comenzaba con los infructuosos y desesperados intentos del capitán por contactar con La Tierra pero los sistemas de recepción de la nave también habían sido incinerados, cosa que el oficial de máximo rango de la nave reparó al cabo de veinte o treinta minutos. Luego, conciente de su situación, se pasó más de dos horas detallando todas las lecturas de los instrumentos entre las cuales  se encontraba la del termómetro interno de la nave que ya marcaba cuarenta y nueve grados Celsius. La radiación comenzaba a ascender dramáticamente y la nave seguía acelerando. Debido a los tremendos daños el audio se escuchaba con un gran aporte de estática lo que hacía que en algunos tramos los técnicos tuvieran que aplicar filtros codificadores para clarificar la escucha.

 Lo que seguía a continuación era una dramática descripción de la tortuosa cadena de dolores y padecimientos que sufrían a medida que el tiempo pasaba lo que atenazó las gargantas de los que escuchaban. Por detrás de la voz del capitán se escuchaban gritos de alarma y horror, terribles descripciones de cómo estaba uno y otro tripulante, demandas de órdenes y súplicas de ayuda hacia el superior al mando de la nave pero este solo podía hacer una cosa: Nada. El horrible final estaba firmado y decretado para cada uno de los que habitaban esa nave. Luego seguía un detalle de cada fallecido, como una lista macabra, detallando la forma de la muerte y la hora exacta. El capitán estuvo en su puesto hasta el último segundo, lo que hablaba de su gallardía y profesionalidad, hasta que las terribles lesiones lo llevaron al delirio y la irracionalidad, aunque por un fugaz momento tuvo la lucidez necesaria para despedirse sentidamente de cada integrante de su familia, su mujer y sus cuatro hijos. Luego, la estática ganó los altavoces.

“Ya está” dijo alguien “¿Para qué seguir escuchando?” pero lo que se sintió a continuación dejó a todos paralizados en sus sitios. La estática cesó súbitamente dando lugar a un sonido indefinible, relajante, indescriptible. Si bien solo duró un par de minutos lo desconocido de la naturaleza del son dejó a todos inmersos en una paz sorprendente. Para sobresalto de todos, reapareció en primer plano la voz del capitán pasando el sonido anterior

 a obrar como un agradable fondo. Ninguna de las palabras del oficial eran comprendidas por el asombrado grupo de científicos, nadie sabía de que hablaba, pero la claridad y calidad de la voz contrastaban notablemente con lo que se escuchaba momentos atrás. También se escucharon breves e incomprensibles frases de otros tripulantes que, como telón de fondo, eran pronunciadas por detrás de las que decía el capitán. Nadie entendía que pasaba o que era lo que querían comunicar estos hombres pero lo que sí se traslucía era el notable grado de tranquilidad y placidez que transmitía este tramo de la grabación. 

Finalmente reapareció la estática y finalizó la grabación. Nadie era conciente del prolongado espacio de tiempo que estuvieron a la escucha, salvo por el prolongado cansancio y la terrible necesidad de comer, beber y visitar los sanitarios que tenían todos. Una vez que satisficieron sus urgentes necesidades volvieron a la sala y se miraron confusos.
“Deliraban” aventuró uno.
“No lo creo…” contestó el operador que manipulaba la grabación “El último tramo de la grabación se produjo en la hora diecinueve posterior al incidente”
“¿Y que hay con eso…?” contestó el primero.
“La nave se volatilizó en la diecisiete”.


                                   











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