Vistas de página en total

miércoles, 16 de mayo de 2012

Los Espías y la Higiene.


-          Esto es terrible… - Decía Cara Mason con la derrota pintada en la cara.
-          Pero aún no hay nada confirmado. – Le replicaba su incondicional amigo y compañero de trabajo Has Rajhid. Cara era científica de “Corporativa de Tecnología Bio Cibernética” (“CTBC”, en el mundillo científico) y su especialidad la ciber-genética. Era la mejor en lo suyo y por eso CTBC se había desvivido para contratarla. Al igual que Has, licenciado en cibernética con dos doctorados en nano-tecnología, cuyo intelecto y habilidad lo hacían único.
-          ¡Cuando el río suena es que agua trae, Has!. Ya te decía yo que muchos idiotas de Seguridad Industrial se habían relajado mucho en el tema del espionaje. Ahora andan como locos de aquí para allá cuando antes ni se movían de su piso. Los de informática están desbordados de órdenes de trabajo que ellos le cursan cada media hora. Ya no saben a quien ni que investigar. –
Se encontraban en el laboratorio de Has, más precisamente en su despacho, una amplia y cómoda sala, luminosa y amueblada con buen gusto. En el exterior, los técnicos bajo su supervisión trabajaban animados y motivados en los proyectos que tanto Has como la empresa diseñaban.
-          ¿No crees que te estás poniendo un poco paranoica?. Quizás lo que pase es que luego de un largo período de relax la jefatura ha decidido que dicha repartición debe trabajar más. – Un gesto de fastidio cruzó las facciones de Cara pero su gran control personal pudo más.
-          Has, sabes como te aprecio, eres mi mejor amigo, pero a veces vetas de gran idiotez contaminan tu intelecto privilegiado. A nadie le importa la seguridad industrial hasta que la sangre llega al río. – Los verdes ojos de Cara chispeaban cuando hablaba. Era una mujer de gran temperamento y físico algo abultado. Aún así con sus cincuenta y ocho años estaba en buena forma. Has, en cambio, era muy delgado y de estatura media, de oscuros y grandes ojos en una tez oscura y adornada por una prominente nariz aguileña. Has tenía cuatro años menos de Cara y, al igual que ella, estaba en buen estado.
-          Bien. – El hombre se repantigó en su cómodo sillón, secretamente divertido. Siempre le divertía ver a Cara en esa situación pero lo ocultaba delicadamente, no era conveniente enojar a su amiga.
-          Te conozco, Cara. ¿Cuál es el detalle concreto que te inquieta?. –
La mujer se sosegó, Has había encajado bien el comentario.
-          Hace unos meses… - comenzó – Hanoy Bet publicó en la revista de la universidad los resultados de sus trabajos sobre inteligencia fotónica. Nada concreto y sin detalles en lo absoluto pero lo mostrado despertó el interés de la comunidad científica. ¿Sabes quien es Hanoy, no?. El que preside… -
-          …El departamento de investigación robótica, si, ya se, también trabajo en esta empresa. Prosigue, Cara. –
-          Bien, lo que pasa es que a veces eres algo dormido. – Has sonrió con sorna pero no agregó comentario alguno.
-          Unos meses después, los buitres de IAR (Inteligencia Artificial y Robots) intentaron patentar las matemáticas fotónicas que rigen el funcionamiento los circuitos neuronales del cerebro diseñado por Hanoy… -
-          ¡¿Cómo dices?!. ¡Entonces debieron enfrentarse a una demanda legal irreversible!. –
-          No. Los hijos de puta tienen contactos e infiltrados en todos lados. Cuando la oficina de patentes publicó por la red el informe mensual Hanoy llamó inmediatamente a la policía federal y denunció el hecho pero para cuando se hicieron los relevamientos de los archivos de Patentes y Registros la solicitud presentada por IAR había desaparecido junto con todos los borradores. Un día más y se hubiera dado curso a la solicitud. Hanoy quedó descolocado y en ridículo. Finalmente debió retirar la denuncia y ofrecer disculpas a los directivos de IAR. Los de patentes y registros alegaron un error y, como todo estamento administrativo estatal, la impunidad lo recibió en sus cálidos brazos y todo bien. No hubo siquiera un amago de investigación. Encima Hanoy recibió una reprimenda por parte de los directivos de esta empresa, la nuestra, por saltarse los protocolos internos. ¡Es indignante!.  –
-          Pero, ¿por qué el Doctor Bet publicó el trabajo en la revista de la universidad antes de patentarlo?. – Cara se encogió de hombros.
-          Viejos vicios, ingenuidad, torpeza. Quizás la ansiedad de someter su trabajo a la evaluación de sus pares, ¿quién sabe?. Lo cierto es que estamos tan metidos en nuestro trabajo que a menudo olvidamos formalizar los trámites administrativos burocráticos. Hanoy es un excelente científico pero sobretodo es un buen hombre y trabaja con la mente puesta en la Humanidad y somos esa especie de presa preferida por los buitres como los del IAR. Pero lo concreto es que hay alguien de aquí dentro que espía y les pasa datos. Eso es lo relevante. –
-          Esto es muy grave pero de fácil solución. Basta con respetar los protocolos internos y ya. –
-          Si ese es el camino sencillo de los mansos pero mientras tanto dormimos con nuestros propios violadores y CTBC, tranquila. No ha tomado una sola medida concreta como no sea poner a correr a los inútiles de Seguridad Industrial. –
-          No sabes que medidas se pueden estar cocinando por debajo de eso. –
-          ¡Deben ir contra IAR de frente, les han mojado la oreja!. ¿Qué clase de orgullo ostenta esta empresa?. –
-          Comprendo tu indignación pero creo que nada podemos hacer nosotros desde el llano como no sea seguir trabajando y hacer las cosas sobradamente bien. Si respetamos los protocolos internos y los administrativos estatales no creo que encuentren una brecha por donde infiltrarse. – Cara miró a su amigo con expresión frustrada e insatisfecha. Recogió las carpetas que había dejado sobre el escritorio de Has al ingresar a su oficina y comenzó a avanzar hacia la puerta.
-          Espero que sea así. Desearía pensar como tú pero creo que los de IAR son lo suficientemente sucios como para torcer cualquier recta vara. – Dicho esto se marchó del laboratorio sin más.

                                  …………………………….

Io Sodosky era un maniático en muchos aspectos. Llegaba siempre a la misma hora a las puertas de IAR y realizaba los mismos movimientos, las mismas acciones, recitaba las mismas palabras con las mismas personas. Quería y exigía que todo se viera de una determinada manera y que nunca cambiara. Amaba la monotonía y la previsibilidad hasta el desquicio. Planteaba su caprichoso escenario diario de una manera determinada y todo el mundo debía ajustarse a el. Claro, no era gratuito que todo el mundo bailara su música. Sodosky era el presidente del directorio de la empresa, fundador y poseedor del setenta por ciento del paquete accionario. Era el amo absoluto y todo se hacía de acuerdo a sus exigencias y caprichos. Pero había algo que lo obsesionaba: La limpieza, o peor, la asepsia. Vivía pensando en las enfermedades, en los microbios, las bacterias y en que el mundo era un lugar infecto únicamente diseñado para su padecimiento. Evitaba el contacto físico con otras personas hasta el extremo de usar guantes casi permanentemente. Se trasladaba en su pomposo vehículo con chofer separado del mismo con vidrio hermético y jamás se sacaba el barbijo si estaba ante otra persona. Tanto su casa como su lugar de trabajo, un despampanante despacho del cual jamás salía si no era para irse a su mansión, eran recintos esterilizados electrónicamente, controlados milimétricamente por sistemas robóticos especialmente diseñados en el que solo se respiraba aire puro. Ni una mota de polvo, ni una microscópica pelusa, nada flotaba en los escasos lugares donde se sentía a salvo y contenido. Nadie ingresaba a su hogar ni a su despacho, todo parlamento se tramitaba vía conferencia de video. Un auténtico regimiento de personas trabajaba para él en las tareas de limpieza y acondicionamiento de su hábitat, entre los que había verdaderos profesionales y hasta un cerrado grupo de científicos. Antes de entrar a cualquiera de los escasos recintos donde pasaba buena parte de su jornada se desnudaba y se sometía a duchas desinfectantes. Acto seguido se cambiaba de ropas íntegramente y desechaba cualquier objeto que lo acompañara durante su trayecto. Esto costaba millones anuales a la empresa pero nada se podía hacer. Con esto y todo, siempre ingresaba a su despacho antes de las siete de la mañana, para lo cual debía despertar antes de las cuatro de la madrugada, pero Sodosky solo dormía tres o cuatro horas diarias. Claro, todo lo que el hombre tenía de limpio por fuera lo quintuplicabla de sucio por dentro. Sodosky no sabía lo que era el bien. Todo planteo, todo plan de acción, lo trazaba desde la perversidad, desde su profundo odio hacia las personas, desde su ego super desarrollado, desde su miserable esencia inhumana. Por eso amaba los robots, porque eran las personas perfectas, programables, obedientes, sumisas. No admitía la discusión ni planteo alguno, solo existía su criterio corrupto y su mentalidad deforme. De esta manera acumuló miles y miles de millones, muchos más que su competidora CTBC, y había crecido tres veces más en las últimas dos décadas. Pero, claro, esto lo había logrado repartiendo dinero en cataratas, comprado miles de voluntades y haciendo que sus tentáculos se extendieran por todos lados, creando una cerrada red de adherentes asalariados tan podridos como él. Sodosky contaba con setenta años y nunca había sido otra cosa que lo que era hoy día. Creció a la sombra de su padre del cual heredó una monumental fortuna con parte de la cual fundó IAR a los treinta años y allí se quedó dando a su vida una homogeneidad poco usual. Era totalmente calvo y de cuerpo enjuto y encorvado con una estatura de no más de un metro setenta. Su rostro carecía de cualquier pilosidad y color y sus negros ojos redondos resaltaban con intensidad. El conjunto era el de un ser absolutamente inofensivo y benévolo pero no podía ser mas engañoso. Io Sodosky era el mal en envase chico en su máxima expresión. Por añadidura nunca nada le había salido mal siquiera en sus más mínimos detalles y hasta sus más excéntricos caprichos habían sido materializados. Cuando decidió que CTBC debía desaparecer no fue porque la considerara un peligro para su propia empresa sino porque se le antojó. De esta manera decidió que el espionaje sería la forma más eficiente y limpia de matarla y, como todas sus apreciaciones, estuvo en lo correcto, lamentablemente su intelecto era colosal. Fue por ello que cuando le informaron que lo de Bet había fracasado casi enloquece y la furia le nubló la visión.
-          ¡¿Quién fue el idiota que estuvo a cargo?!. – Vociferaba a la pantalla ante la cara aterrorizada de su gerente principal. Con voz vacilante el subalterno trató de dar una explicación.
-          No…no fue nadie en especial, señor, la operación fracasó porque el Doctor Bet actuó inmediatamente. La oficina de patentes publicó en la red el informe de registros demasiado pronto. No hubo tiempo de materializar, de formalizar, la solicitud. – Pero Sodosky estaba fuera de sí.

-          ¡¿Qué dices idiota?!. ¡Gasto millones al mes sobornando cuanto imbécil del gobierno o burócrata se me cruza por el camino!. ¿Y cuando necesito de ellos me fallan?. ¡No me vengas con esas!. ¡Tú eres el culpable!. ¡Tú eres quien me asesora acerca de a que apestosa rata burócrata debo o no comprar, así que, arréglalo o te echo como el inútil desechable que eres!. – Y se cortó la comunicación. El gerente se quedó de una pieza, temblando, helado. Si lo despedían de IAR nunca encontraría trabajo en otro lado, sería un paria, un indigente. Ron, así se llamaba, Ron Pol, tomó el teléfono y pensó en llamar a alguien pero se quedó a mitad de camino. No sabía a quien llamar, y sería mejor que se le ocurriera algo pronto.

                                             ………………………….

Emilio Ruiz trabajaba en el departamento de informática de CTBC. Fue un prometedor ingeniero de alto intelecto y buenas ideas pero cuando lo saltearon en un puesto de mediana jerarquía se trastornó. Ron Pol, así se llamaba quien lo llamó aquella fatídica tarde (¿porque será que las malas noticias son peores en las primeras horas de la tarde?), se identificó como directivo de IAR y le ofreció el mismo puesto por el mismo salario (¿cómo se habría enterado?). Emilio declinó la oferta dado que replicó que por más responsabilidad mayor salario pero no hubo caso. Por su pantalla pasaban todos los proyectos de CTBC, detallados, precisos, completos. Entonces se le ocurrió otra cosa. Un mes después se convertía en espía de IAR por cantidades de dinero que cuadruplicaban su salario en CTBC. Esa tarde recibió un llamado de Ron, parecía muy exaltado.
-          Me enteré… - decía Emilio… - toda una fatalidad. –
-          Escucha, Emilio… - Decía Ron. - …necesito tu ayuda. Mi cabeza pende de un hilo. Si no le doy al hijo de puta de Sodosky algo muy grande me hunde… y tú conmigo. –
-          Ron yo hice todo bien… -
-          ¡Lo se, lo se!. Pero a veces no alcanza. El dinero que ganas justifica que de tanto en tanto te extremes un poco. Ese momento es ahora. Es a vida o muerte. Tienes veinticuatro horas.
-          ¡¿Qué…?!. ¡Oye está loco…yo no puedo…!. – Pero la comunicación se cortó y por más que Emilio lo intentó y lo intentó ya no pudo comunicarse con Pol.
Frenéticamente comenzó a operar su computadora. Ante sus ojos desfilaban todos los proyectos de CTBC pero no encontraba fisura alguna, todo estaba debidamente documentado. Debía darse prisa, alguien notaría su injustificada permanencia en esos archivos, pero las bases de datos se agotaban una tras otra y nada. Tras cuatro horas de búsqueda decidió salir de la rutina de búsqueda para no  despertar sospechas. Seguiría al otro día y, si no encontraba nada, debería huir del país para evitar a la ley y, peor aún, a Sodosky, quien seguramente lo mandaría matar. Estaba por salir del programa que habitualmente usaba cuando una tardía orden de archivo llegó. Leyó el encabezado y su corazón se aceleró: Un trabajo de Cara Mason, una de las más encumbradas científicas de CTBC. Leyó el asunto y una corriente de algarabía le recorrió el alma: Tejido biosintético adherente a cualquier material y autoregenerativo.  No lo podía creer, lo que IAR venía buscando desde décadas para darle aspecto humano a sus robots. El formato venía en borrador para archivar pero con un detalle y una prolijidad injustificable para un formato tan primario. Claro que se trataba de Cara Mason, una investigadora increíble, poseedora de una prolijidad y una atención en los detalles prodigiosos. Era un regalo del cielo, nadie podría reclamar un trabajo indocumentado y si IAR trabajaba presta y organizadamente podía considerarlo suyo. Era el golpe maestro. Luego de esto desaparecería escondiéndose en alguna remota isla del pacífico a disfrutar de los jugosos dividendos obtenidos por este trabajo. No era una tarea de espionaje cualquiera, era la cima. Copió el archivo en su disco portátil y se encaminó a la salida. Ya en la calle llamó al móvil de Pol. Esta vez lo atendió.

                                    …………………………….
Io Sodosky no podía creer lo que había en su computadora: Un trabajo increíble de Cara Mason listo para ser patentado y sin derecho a reclamo ni demanda. Desde la pantalla del videófono Ron sonreía con toda su dentadura. Sin embargo el rostro de Sodosky seguía sombrío.
-          ¿Cómo has conseguido esta joya?. –
-          Es demasiado bueno para ser verdad, ¿no?. –
-          ¿Quien es el contacto?. –
-          Emilio Ruiz… -
-          Ah… -
-          Ya hizo varios trabajos para nosotros… -
-          Si… -
-          ¿Le doy curso?. – Sodosky le dio un momento de suspenso a la charla.
-          Por supuesto. – Sentenció al fin. Ron Pol salió de su despacho a la carrera. Esta vez no habría errores.
Un punto negro voló desde un armario a la espalda de Sodosky hasta la abertura de climatización. Una luz de espanto infinito se pintó en el obsesivo anciano.
- ¡¡¡Una mosca en mi despacho!!!. – Vociferó. Y salió corriendo a las duchas químicas. Mucha gente perdería su empleo hoy.

Al otro día un grupo de tres directivos de CTBC pedían entrevistarse con Sodosky. Cuando el fundador de IAR se enteró esbozó una sonrisa socarrona.
“Seguramente vienen a entregar la empresa” pensó y se soñó ofreciendo a los  derrotados directivos un precio infame por CTBC. Pero la actitud de los tres hombres que ingresaron a su despacho (excepción hecha solo por el momento de gloria presunta pero sin excluir el barbijo) era muy distante de la que imaginaba y eso lo desconcertó. Sin mediar muchas palabras le mostraron el video donde él y Ron Pol hablaban del hurto al trabajo de Cara y una confesión escrita de Emilio Ruiz.
-          Nadie irá a la cárcel si acceden a nuestros términos. – Le decía el máximo directivo de Seguridad Industrial. – Incluso archivaríamos la confesión de Ruiz pero en lo que a usted respecta tiene veinticuatro horas para declarar el cierre de IAR y retirar sin cargo el paquete accionario del mercado de valores. – Sin decir una palabra más se retiraron con paso ágil.
Al otro día Sodosky declaraba el cierre y quiebra de IAR y tres horas después se suicidaba “higiénicamente” en su mansión. Nadie pudo nunca develar como se había filmado ese video, es decir, casi nadie.

                                     …………………………….

Cara estaba en el despacho de Has tomando un te de cerezas mientras miraba a su amigo con expresión pícara.
-          Debo reconocer que me fui de boca, de idiota no tienes un pelo. –
Has miraba concentrado un pequeño frasco de vidrio con algo muy pequeño y negro dentro.
-          En lo futuro me empeñaré mucho más en los detalles. Reconozco que si la miras con algo de atención te das cuenta de que realmente no es una mosca pero, ¿quién mira una mosca con atención?.– Dijo el científico en nano-tecnología.
-          Y menos aún el obsesivo Sodosky. –
-          Lástima que no la mirara de frente,… - dijo mirando aún la mosca robot en el frasquito - …me hubiera gustado tener una imagen de su cara espantada y su grito de horror. -     
      
                                              ……………………………

martes, 17 de abril de 2012

La Muñeca Rota.


Se despertó de golpe, de un tirón, con la sensación de haber dormido mucho, demasiado. Tenía leves recuerdos de un cansancio atroz, devastador, casi terminal. Sentía la boca seca y una sed descomunal, también hambre. Había mojado los pantalones pero afortunadamente había podido soportar las ganas de defecar. Parecía que había dormido días…
Toda esta evaluación apenas si le llevó cinco segundos, luego todos sus sentidos de combatiente veterano se activaron.
Buscó su arma y la encontró a la izquierda, junto a su pierna, se tocó por todo el cuerpo en busca de heridas pero no encontró nada, se calzó el casco y mantuvo la cabeza a reparo. Sin embargo lo único que encontró a su alrededor fueron ruinas y silencio. Mientras vigilaba el entorno, el extraño y poco familiar entorno, trató de hacer memoria, de rebuscar en su mente los antecedentes de su situación.
Pero no encontró nada, no podía recordar como había llegado allí, parecía como si su memoria de corto plazo se hubiera extinguido. Una vez se convenció de la ausencia de peligro se fue poniendo lentamente de pie, manteniendo la espalda encorvada. Así fue deslizándose lentamente por el terreno, avanzando metro a metro, atento a cualquier movimiento, al más mínimo sonido. Pero el silencio y la quietud era lo único que lo rodeaba y eso lo desconcertaba. Había entrado en el ejército a los dieciocho, cuando su  país llevaba ya tres años en guerra. Tenía veintiséis y era un auténtico sobreviviente, un experto combatiente y un sobresaliente asesino. El homicidio se había convertido ya en algo habitual, cotidiano y necesario. Había ascendido a capitán recientemente y veía la muerte de los suyos y ajenos como los movimientos necesarios de una partida de algún macabro juego donde solo importaba la consumación del objetivo. Su alma había muerto hacía ya mucho pero, ¿quién podía reprochárselo?. En la época en la que normalmente un joven busca sus primeras experiencias laborales, él estaba matando para sobrevivir. Cuando debió estar enamorado, pensado en hijos y en familia, un hogar, inviernos al calor de los leños, el estaba matando para sobrevivir. Fue así que la guerra se hizo su vida y no sabía que, fuera de ella, ya no tenía futuro ni lugar, que una vez finalizada la contienda sería una baja más, solo que seguiría respirando.
Lo que más lo desorientaba era el silencio. Estaba habituado a los cadáveres, la carne corrupta, las ruinas, los gemidos de los heridos y moribundos, las explosiones de los disparos y las bombas, el hedor de la carne quemada, los gritos, los ruegos pidiendo ayuda… Eso era su elemento, pero esto lo desconcertaba. La demolición producida por la artillería había hecho un estupendo trabajo en el lugar, observaba todo esto mientras se desplazaba por el terreno, y había logrado una nutrida cosecha de bajas. Todos los caídos eran enemigos y eso le arrancó una juvenil y cínica sonrisa del rostro, ese rostro de piel percudida y sucia, arruinada por años de barro y sangre. Su uniforme camuflado estaba hecho jirones y agradeció mentalmente estar en verano o, al menos, que hiciera calor, de lo contrario, con la poca tela en pie seguramente moriría de frío. Sus botines reglamentarios dejaban también mucho que desear y en el izquierdo un pequeño orificio comenzaba ya a formarse. Luego inspeccionaría algún cadáver para lograr mejores prendas.
Pero luego, ahora no era el momento.
Llevaba en el fusil automático medio cargador y uno intacto en el cinturón, lo que era poca cosa dado que, evidentemente, se encontraba en pleno territorio enemigo. No poseía granadas ni elemento de comunicación alguno, el aparato que colgaba del cinto de cuero no era una radio y en rigor siquiera sabía lo que era, ya vería. Corría además el riesgo de caer bajo fuego propio dado que en cualquier momento la artillería de los suyos podía continuar el bombardeo. Claro que si tenían noción de las señales de vida reinantes en el lugar sería absolutamente innecesario, allí no parecía haber nada que respirase, ni una rata, la devastación había sido total.
En ese momento escuchó el ruido.
Fue algo insignificante, casi insonoro, pero para un oído entrenado como el de él fue un estrépito colosal. Apuntar al lugar de origen del sonido y echarse a tierra fue todo uno, un eficiente y elegante movimiento de ballet. Se quedó quieto, inmóvil, inerte, pero tenso y expectante, barriendo milimétricamente la zona en cuestión con la mira del fusil. Nada se movía y el ruido no se volvió a repetir. Se incorporó lentamente ofreciendo el menor blanco posible, sus ojos alocados barriendo los cuatro costados. Avanzó lentamente hacia el lugar en cuestión, la entrada de una vivienda que apenas si mantenía algunas paredes y una mínima parte del techo en precario equilibrio. Ingresó con el arma lista, presto a abrir fuego al menor movimiento.
Pero no sucedió nada.
 Siguió avanzando por el interior de la arruinada edificación inspeccionando cada metro cuadrado tratando, de mantener la espalda siempre contra alguna pared. Al abrigo de una parte de techo que aún se  mantenía en su lugar encontró una manta rellena con trapos sucios y ensangrentados, una improvisada cama, y algunos restos de comida enlatada claramente pertenecientes al enemigo. Revolvió todo con el cañón del fusil y tocó la cama con el dorso de la mano.
Aún estaba levemente tibia.
Esto, estaba seguro, no pertenecía a un militar, de ser así no estaría vivo. Además un hombre mínimamente entrenado no dejaría dichas evidencias a la libre observación ni dos segundos. Aún así no sabía de que o quien se trataba y debía andarse con cuidado. Salió de la construcción en ruinas con más sigilo y cuidado que cuando ingresó…
Y entonces la vio.

Estaba parada frente a él a menos de dos metros y, desafiando todos sus finos y entrenados sentidos, había logrado acercarse demasiado. Estaba tremendamente sucia y esquelética. Sus profundos ojos oscuros remarcados con tremendas ojeras contrastadas contra la intensa palidez de la piel del rostro. Sus cabellos eran una masa informe que rodeaba su cráneo hacia todas direcciones, sus brazos y piernas en los huesos, sus costillas en bajo relieve. Solo su mirada directa, profunda y sin miedo, poseía vida, radiaba una energía que el resto de su cuerpo no replicaba en absoluto. Llevaba una maltrecha muñeca de trapo colgando de su mano izquierda, con la cabeza colgando alarmantemente de una delgada hilacha.
Su primera reacción fue levantar el fusil y disparar pero, quien sabe porque, a duras penas contuvo su instinto asesino.
Se quedaron allí, petrificados, mirándose el uno al otro. Él pensaba que podía tener entre siete y once pero en sus años de guerra había podido ver seres humanos tan deteriorados que a pesar de tener un par de décadas parecían niños de corta edad, por la malnutrición, por el desgaste, por la amargura.
Fue ella quien tomó la iniciativa y lentamente comenzó a acortar la distancia. Él levantó el fusil y tensó el dedo en el gatillo, ahora sí dispararía, un paso más y…
Apoyó su frente en el caño del fusil sin apartar la mirada de los ojos del soldado, quizás quería que él apretara el gatillo, quizás quería terminar con la miseria que significaba su vida.
Pero no ocurrió nada…
Estaba semidesnuda, tan solo cubría sus partes púdicas un trapo sucio mal anudado. Él bajó el arma y el caño del fusil golpeó el suelo con ruido sordo. Ella tendió su mano y tomó la del soldado, algo cambió para siempre en el hombre al primer contacto. No había palabras, solo miradas, esas miradas que hermanan en la tragedia. Sus dedos increíblemente flacos tomaron contacto con la mano rústica, callosa, enorme y fuerte. Con sus apenas metro veinte empujaba al fornido guerrero hacia delante mientras el pensaba, fiel a su naturaleza, que podía estar llevándolo a una trampa. Sin embargo, en su fuero íntimo algo lo tranquilizaba, lo llenaba de paz, de confianza. Fue así que sin darse cuenta dejó atrás casco y fusil y comenzó a caminar guiado por la niña hacia donde ella quisiera llevarlo como presa de un misterioso ensalmo.

Se detuvieron frente a una vivienda milagrosamente en pie, con solo algunos rastros de metralla y balas de fusil. Una fornida puerta de roble guardaba el interior. La niña lo miró muy desde abajo, el comprendió. De una potente patada derribó la puerta y ambos ingresaron, la niña primero, despreocupada, desafiante, él, con el sigilo del soldado que habitaba en su interior.
Ella se movía con absoluta seguridad, aún en la semipenumbra reinante, como si conociera cada centímetro cuadrado de cada ambiente de la casa, el se movía con la lentitud resultante del desconcierto y la ignorancia. La vio acuclillarse en un rincón y la oyó suspirar, se acercó para ver que era lo que atraía su atención.
Era un cadáver.
Tenía varias semanas y era una mujer. De los ojos de la niña caían serenas lágrimas que trazaban surcos en la mugre del rostro. No había sonidos ni muecas de pena, solo lágrimas cayendo de unos ojos serenos en el marco de un rostro inexpresivo. La muerta tenía un orificio en la frente, perfectamente en el medio. Una ejecución. Una cobarde y seguramente innecesaria ejecución. Él se quedó de pie junto a ella, más al cabo de pocos segundos se puso de pie y lo volvió a tomar de la mano. Lo condujo en la oscuridad hasta una estancia donde reinaba una tenue claridad, la ausencia de muebles era absoluta y el piso era de madera burda y sin tratar. Se paró en el rincón Este y señaló hacia abajo, él se percató, al inclinarse en el lugar por ella señalado, de que estaba ante una compuerta en el piso, una puerta trampa. Se lamentó de no tener su fusil, no sabía que guardaba la compuerta en su interior. Se le pasó por la mente volver a buscarlo pero…¿qué más daba?.
Se incorporó y de una patada pulverizó la compuerta. Luego se arrojó en el oscuro cuadro negro descubierto. Sus pies encontraron el suelo rápidamente y una densa oscuridad lo envolvió. Se quedó inmóvil, expectante, atento al más mínimo ruido, al más insignificante movimiento. Pero no pasó nada y lentamente fue poniéndose de pie. Miró hacia arriba y vio que ella le tendía los brazos, la tomó y la bajó...era tan liviana. Rápidamente ella se dirigió hacia un lugar y volvió con un farol a combustible y fósforos, el encendió el farol. Lo que vio a continuación lo interpretó como si hubiera estado escrito en un papel.
 
En el suelo había cuatro cadáveres, tres militares y un civil… y una pequeña abertura al exterior, tan pequeña que solo un cuerpo menudo podía atravesarla. Había evidentes señales de lucha. El civil aún portaba el arma con que había matado a los militares, era un fusil como el suyo, al igual que los uniformes que vestían los militares.
Eran de su bando, compatriotas.
Una enervante vergüenza le atenazó la garganta, y el amargante sentimiento de la decepción le estrujó el alma. Ella mientras tanto se acercó a su padre y se agachó junto a él, como había hecho con su madre. Le dedicó la misma cantidad de lágrimas y de la misma manera, como si fuera en vano de alguna otra, como si no hubiera algo más…
Lo volvió a tomar de la mano y, farol en alto, se vio conducido hacia una puerta empotrada en la pared, ella se la señaló.
Era una despensa.
Dentro había alimentos tipo fiambre y varios toneles de agua. Sintió sus tripas retorcerse de ansiedad emitiendo un notable gruñido y su boca clamar por humedad. Sin embargo examinó cuidadosamente cada alimento y cada tonel de líquido. Todo parecía en perfecto estado, cada cosa sabiamente elaborada y prolijamente conservada.
La guerra tiene estas cosas.
Con un cuchillo (¿dónde estaba el suyo?) presente en la alacena cortó finas y pequeñas fetas de un jamón colgado de un travesaño y se las fue dando pausadamente, dosificando cada bocado, a la niña que devoraba con una avidez animal. También le ofrecía breves tragos de agua. Cada tanto se metía también algo él en la boca y pegaba un breve trago al jarro que, al igual que el cuchillo, había encontrado en la alacena. No debían atiborrarse, podían enfermar. Debían darle tiempo a ambos aparatos digestivos para que entendieran que el largo período de ocio había llegado a su fin, al menos por ahora.
La lentitud de la ingesta les llevó horas pero al fin estuvieron plenos. Luego el metió en una bolsa hallada en el lugar toda la comida y bebida que pudo y salieron del sótano. Caminaban lentamente, aún en el interior de la vivienda, cuando ella súbitamente se lanzó a la carrera y se desapareció en el vano de una puerta. Él la siguió igualando el paso. Terminó en un baño que, milagrosamente, aún tenía agua. Ella se sacó toda la ropa, abrió la ducha y se metió debajo con una indescriptible sonrisa de satisfacción, él se retiró prudente pero ansiando que la niña terminara cuanto antes para imitarla. El exterior los encontró aseados y con ropa limpia, él con las del padre de la niña, ella con un primoroso vestido rosa que estaba en el closet de su antigua habitación. Tenues y limpias sonrisas complacidas comenzaban a asomar en los rostros de ambos. ¿Felicidad?. Se sentaron contra una pared, previamente apartar los cuerpos presentes, y se relajaron, rodeados de escombros y corrupción. El hedor reinante parecía no afectarles. A veces el acostumbramiento a algo obra milagros. El tomó la muñeca de manos de la niña, en ningún momento la soltó salvo al bañarse, y la examinó. A pesar del calamitoso estado general solo la cabeza estaba rota, o más bien, amenazaba con justa causa desprenderse de un momento a otro. Buscó un pedazo de género por el piso y lo desarmó hebra a hebra. Luego realizó un estupendo trabajo trabando con esas hebras la cabeza de la muñeca a su cuello. El resultado final era tosco pero efectivo y fascinó a la niña que mostró una limpia sonrisa de alegría. Luego apretó la muñeca contra su estómago y apoyó la cabeza en el fornido pecho del soldado. Este suspiró, a su pesar. Unos breves segundos después le pareció que se había dormido.
 
Entonces escuchó el “BEEP”. Una vez, dos, tres…
Provenía del cinto que pertenecía a su uniforme, lo había conservado para que no se le cayera el pantalón del padre de la niña, algo más grueso que él. También había conservado el extraño aparato del que no recordaba su utilidad. De allí provenían los molestos “BEEP”. Lo desenganchó del cinto y lo puso ante sus ojos. Una pequeña luz roja titilaba al ritmo de los “BEEP’s”. Instintivamente puso su dedo sobre la luz y presionó. Los sonidos cesaron pero unas imágenes atropellaron su mente en descontrolado tropel.    
Se vio manejando un todo terreno militar a toda velocidad y mirando con frecuencia el aparato que ahora tenía ante él.
Vio como la distracción en el manejo hacía que el vehículo embistiera lateralmente contra un trozo de mampostería y volcara.
Se vio saliendo del vehículo apenas a tiempo antes que estallara en llamas. Vio como corría como loco una cantidad indeterminada de metros hasta que cayó desvanecido en el pozo donde se despertó.
Nuevamente en la realidad volvió a enfocar la mirada en el aparato. Solo poseía un número de tres cifras en rápida carrera descendente y una barra luminosa que lenta pero sin pausa aumentaba su extensión. Aparte de ello, no recordaba en absoluto. Incomprensiblemente cesó en sus intentos de comprensión y se dedicó a mirar a la niña. Una extraña dejadez comenzaba a invadir todo su cuerpo y le parecía flotar levemente. El cansancio, al igual que toda molestia, despareció súbitamente. Se sintió espectacular, pleno, lleno de vida. Le pareció que la niña se había puesto algo fría y pálida. Alargó el brazo y alcanzó unos sucios trapos con los que arropó a la niña, su niña….

Cuando la nube tóxica radiactiva llegó el contador del extraño aparato marcaba cero y la barra luminosa había llegado a su máxima extensión. Para ese entonces ambos habían muerto hacía ya un largo rato y se habían evitado una larga y dolorosa agonía.
Pero en los últimos minutos de su vida realmente habían vivido una vida.   

 

domingo, 1 de abril de 2012

La Hora Diecisiete

La falla se produjo en una de las maniobras de redireccionamiento. Tres de los cuatro impulsores nucleares fallaron haciendo que la nave se desviara sensiblemente del curso trazado. Eso no hubiera supuesto ningún problema, había energía suficiente para corregir el rumbo. La verdadera calamidad fue que luego de dar la máxima aceleración los tres impulsores salieron de servicio… y no volvieron a encender

. Por más que la tripulación de la “Transpar”, la mayor nave de exploración espacial jamás construida por el hombre, se desvivió tratando de buscar soluciones estas no aparecieron… y no era para menos. El fallo produjo un verdadero cataclismo eléctrico que literalmente aniquiló los sistemas inteligentes electrónicos y fotónicos dejando a la nave a la deriva. Pero esto, inclusive, tampoco hubiera constituido un problema insoluble. En una semana la nave sería alcanzada por una flotilla liviana de rescate y toda la tripulación hubiera regresado a casa sin novedad, salvo claro la multimillonaria pérdida material. Pero el caso es que no había una semana de tiempo. La fatalidad quiso que el impulsor restante generara azarosamente un curso en línea recta al Sol antes que el plantel técnico de la nave pudiera apagarlo. Cuando quisieron volverlo a encender para desviar la trayectoria este tampoco respondió y la nave siguió su trayecto mortal. Teniendo en cuenta el movimiento de aceleración constante calculaban que en menos de veinte horas se evaporaría en el espacio debido a la cercanía con la estrella pero llegar a ese punto no sería nada sencillo. 

Una a una las corazas protectoras de la nave se irían fundiendo elevando brutalmente la temperatura interna y sometiendo a los cien tripulantes a un agonía lenta y dolorosa, posterior a la inevitable radiación que literalmente les borraría la piel del cuerpo. Desde tierra vieron como la señal de la Transpar se perdía y, llenos de tristeza y depresión, cerraron los sistemas y se prepararon para informar al mundo de la penosa noticia. Solo les quedaba la grabación de la transmisión del capitán de la nave, que traslucían largas horas de dramatismo y desesperación. Una vez que el mundo fue informado y las cosas se calmaron el plantel técnico de tierra se abocó a las pericias pertinentes, conducentes a echar luz sobre el fallo producido. Se siguieron secuencial y ordenadamente todas las normas protocolares sin saltar el más mínimo paso hasta que llegó el momento por todos indeseado, el de analizar la grabación del capitán de la nave. Para la gran mayoría constituía revivir un momento penoso y de dolor aunque algunos, con la cabeza bastante más fría, esperaban encontrar respuestas en dicha grabación que los llevara a desentrañar los motivos del siniestro. Dichas respuestas agregarían seguridad y previsibilidad a futuras incursiones dado que para nada la carrera de exploración espacial se detenía allí. Fue así que media docena de científicos se sentaron alrededor de una consola a escuchar la grabación de varias horas de duración. Comenzaba con los infructuosos y desesperados intentos del capitán por contactar con La Tierra pero los sistemas de recepción de la nave también habían sido incinerados, cosa que el oficial de máximo rango de la nave reparó al cabo de veinte o treinta minutos. Luego, conciente de su situación, se pasó más de dos horas detallando todas las lecturas de los instrumentos entre las cuales  se encontraba la del termómetro interno de la nave que ya marcaba cuarenta y nueve grados Celsius. La radiación comenzaba a ascender dramáticamente y la nave seguía acelerando. Debido a los tremendos daños el audio se escuchaba con un gran aporte de estática lo que hacía que en algunos tramos los técnicos tuvieran que aplicar filtros codificadores para clarificar la escucha.

 Lo que seguía a continuación era una dramática descripción de la tortuosa cadena de dolores y padecimientos que sufrían a medida que el tiempo pasaba lo que atenazó las gargantas de los que escuchaban. Por detrás de la voz del capitán se escuchaban gritos de alarma y horror, terribles descripciones de cómo estaba uno y otro tripulante, demandas de órdenes y súplicas de ayuda hacia el superior al mando de la nave pero este solo podía hacer una cosa: Nada. El horrible final estaba firmado y decretado para cada uno de los que habitaban esa nave. Luego seguía un detalle de cada fallecido, como una lista macabra, detallando la forma de la muerte y la hora exacta. El capitán estuvo en su puesto hasta el último segundo, lo que hablaba de su gallardía y profesionalidad, hasta que las terribles lesiones lo llevaron al delirio y la irracionalidad, aunque por un fugaz momento tuvo la lucidez necesaria para despedirse sentidamente de cada integrante de su familia, su mujer y sus cuatro hijos. Luego, la estática ganó los altavoces.

“Ya está” dijo alguien “¿Para qué seguir escuchando?” pero lo que se sintió a continuación dejó a todos paralizados en sus sitios. La estática cesó súbitamente dando lugar a un sonido indefinible, relajante, indescriptible. Si bien solo duró un par de minutos lo desconocido de la naturaleza del son dejó a todos inmersos en una paz sorprendente. Para sobresalto de todos, reapareció en primer plano la voz del capitán pasando el sonido anterior

 a obrar como un agradable fondo. Ninguna de las palabras del oficial eran comprendidas por el asombrado grupo de científicos, nadie sabía de que hablaba, pero la claridad y calidad de la voz contrastaban notablemente con lo que se escuchaba momentos atrás. También se escucharon breves e incomprensibles frases de otros tripulantes que, como telón de fondo, eran pronunciadas por detrás de las que decía el capitán. Nadie entendía que pasaba o que era lo que querían comunicar estos hombres pero lo que sí se traslucía era el notable grado de tranquilidad y placidez que transmitía este tramo de la grabación. 

Finalmente reapareció la estática y finalizó la grabación. Nadie era conciente del prolongado espacio de tiempo que estuvieron a la escucha, salvo por el prolongado cansancio y la terrible necesidad de comer, beber y visitar los sanitarios que tenían todos. Una vez que satisficieron sus urgentes necesidades volvieron a la sala y se miraron confusos.
“Deliraban” aventuró uno.
“No lo creo…” contestó el operador que manipulaba la grabación “El último tramo de la grabación se produjo en la hora diecinueve posterior al incidente”
“¿Y que hay con eso…?” contestó el primero.
“La nave se volatilizó en la diecisiete”.


                                   











                                                   ………………………………….            

miércoles, 28 de marzo de 2012

La Conquista.


El esfuerzo y energía que le demandó la simple operación de abrir los ojos aunque más no fuera unos milímetros le planteó una idea del estado de deterioro en que se encontraba. Las difusas, borrosas e incomprensibles imágenes que se presentaban ante su vista, también. Sentía un inmenso y profundo frío, a pesar de que tenía la sensación de estar tendido de espaldas sobre algo tibio y viscoso. Le invadía una parálisis generalizada que abarcaba todo su cuerpo, realizar el movimiento más trivial constituía un imposible absoluto…
No sentía nada…
Toda su conciencia respecto a lo que sucedía en su entorno se reducía a los indescifrables bultos que parecían pasar por sobre él… caóticos, frenéticos, vertiginosos. Lo demás, imposible, no recordaba absolutamente nada de lo que lo había llevado a ese estado, como si su memoria a corto plazo se hubiera desconectado. A su mente solo venían retazos de un pasado algo más remoto…
Pero no sentía nada…

                                        ………………………..

 Khala se ponía tras la cordillera de Ataharya, la de los altos picos de los hielos eternos. Sus últimos rayos se reflejaban en las nieves lindantes a los montes más altos formando abanicos multicolores, pintando tonalidades en el Valle Este. Del otro lado del imponente macizo montañoso, el Valle Oeste prolongaba su día a resguardo de las sombras de las montañas.
La figura al borde de la saliente del precipicio era ajena a la belleza del paisaje. Sus pensamientos deambulaban por caminos más tortuosos y mundanos. Había nacido en una tribu de labradores, de gente simple de manos ásperas y hábitos sencillos, que olía a tierra y sudor, que pasaba hambre en época de sequía y se alimentaba de granos y pan cuando el gran dios Sila les sonreía pero sin dejar de guardar para cuando no lo hacía. El Valle Del Este era así, vivía de su trabajo, ajeno a lo que pasaba del otro lado de Ataharya.  Shuala no.  Maldecía haber nacido de este lado, deseaba tanto estar del otro, el lugar de las grandes aventuras, cuna de conquistadores y ejércitos sanguinarios. Donde el junk, divino metal precioso, adornaba los cuellos de bellas hembras junto a las gemas de Daseral y Morbia. Allí los niños crecían junto a los soldados, y la guerra, la conquista, eran temas de trato diario y habitual. Allí nadie sembraba ni trabajaba el campo, para eso estaban los esclavos, las decenas de miles de esclavos recolectados en las numerosas y heroicas campañas militares, que morían de a cientos cada día de fatiga y hambre dando la excusa perfecta para otra incursión, otra aventura, otra matanza. Una vez, siendo un muchacho, había cruzado la cordillera en una tortuosa y terrible travesía con el fin de formar parte, de incorporarse a aquellos que tanto admiraba. Se habían reído de él y lo habían echado a golpes.  Nunca sería aceptado porque él era un error. No era ni una cosa ni la otra. Era un guerrero nacido entre campesinos. Pero no se había resignado a su suerte, de alguna manera había corregido en parte ese error. Había viajado mucho, trajinando los más peligrosos caminos, allí donde la vida poco valía y solo moraban marginados y renegados. En ese sub-mundo se encontró en su elemento y tentó a la muerte en todas sus facetas.
Pero además tuvo suerte. Un legendario soldado renegado le enseñó las artes de la guerra y la lucha y  Shuala demostró gran interés y talento, hasta convertirse en imbatible. Se batió en todos los terrenos en interminables correrías sangrientas junto a su mentor y su horda de innombrables. La enorme colección de cicatrices que recorrían su cuerpo de punta a punta daba mudo testimonio de su ferocidad y valentía. Su desfigurado rostro, partido al medio en diagonal por un fallido golpe de hacha, solo inspiraba horror y no pasó mucho tiempo hasta que su propio mentor comenzó a temerle. Fadish, así se llamaba, era un guerrero cabal pero Shuala  era un asesino y para cuando terminó de tomar conciencia  lo había matado y quedado con su pequeño pero atroz ato de marginales. Fue así que se embarcó en las más atroces y sangrientas matanzas contra tribus indefensas que apenas si podían ofrecer una débil resistencia.
Y fueron pasando los meses y los años y su nombre se comenzó a pronunciar en todo el valle, susurrado, como evitando una demoníaca invocación. El número de sus adeptos fue creciendo en número y calidad, lo que antes era una horda desorganizada y brutal poco a poco fue tomando cariz militar y pronto se convirtió en un ejército numeroso, disciplinado y letal. Pero, claro, Shuala ya se aburría de masacrar pobres indefensos, quería probar su potencial frente a una milicia verdadera. A veces su mirada a traspasaba la cordillera, hacia el oeste, y pensaba en aquellos que lo rechazaron, que lo despreciaron…pero sabía que estaba lejos aún de hacer siquiera frente al más pequeño de los pelotones del otro lado…Y eso lo deprimía. Y cuando se deprimía solo una cosa lo levantaba: Matar.

                                               ……………………..

Su visión iba ganando claridad lentamente, ahora veía unos mástiles de madera muy cercanos a él, apenas a unos veinte o treinta centímetros, unos muy perpendiculares, otros más inclinados, unos más cerca, otros algo más alejados. En total creyó contabilizar seis. Poco a poco el bullicio y agitación inicial se iba acallando dando paso a sosegados gritos emitidos en forma de órdenes, aislados, cansinos. Vio figuras de pie caminando lentamente, espadas y lanzas en mano. Eran soldados…tintos en sangre…heridos quizás pero con la postura de la victoria. Entonces recordó…
 
 
                                         …………………………

Los años habían ido pasando y Shuala ya era todo un general, con la diferencia de que no poseía la ética militar imperante en la época. Para él un derrotado y un muerto eran asuntos coincidentes. Sus efectivos ascendían a varios miles y como todo el Valle Este le pertenecía, se veía obligado a vivir una paz forzada ya que no podía pelear contra si mismo. De todas maneras cada tanto organizaba alguna carnicería para romper la monotonía sacrificando unos cuantos cientos de inocentes en masacres tan sangrientas como innecesarias pero recibiendo, con una frecuencia cada vez más alta, reproches y rechazo por parte de su plana mayor quienes no compartían su gusto por la diversión. De todas maneras dichas actividades cada vez lo distraían menos y, en realidad, ya todo lo aburría. Todos sabían lo peligroso que era Shuala aburrido. Con el tiempo tomo el hábito de salir a dar prolongados paseos por los pequeños valles interiores de la cordillera a lomo de su cabalgadura, labor que lo ausentaba semanas enteras, para alivio de todos. Cuando volvía generalmente organizaba alguna incursión menor contra alguna tribu recóndita escondida entre las montañas y volvía con algunas decenas de esclavos para engrosar su ya abultada colección. Claro, por cada diez individuos esclavizados otros cien eran asesinados, ese era su método. Pero fue en uno de esos paseos que la fortuna le sonrió y de muy buena manera.
Había oído hablar de ellos pero nunca los había visto. Sabía que existían, en todo el mundo se comentaba de su existencia y muchos decían haberlos avistado pero Shuala no. Afortunadamente estaba bien lejos cuando los divisó dado que sabía de su legendaria peligrosidad. Lo primero que vio fue el pájaro plateado, en rigor los destellos reflejados de Khala que trascendían las copas de los árboles. Inmediatamente se echó al suelo y recorrió los próximos trescientos metros arrastrándose. Cuando se encontró a casi doscientos metros se congeló, se paralizó y solo se dedicó a escuchar y espiar. Suponía que a esa distancia no lo detectarían pero una decena de metros más y probablemente sería fatal. El pájaro plateado estaba a no más de quinientos metros pero la espesura no le permitía ver más que la parte superior negándole la visión de lo que ocurría más abajo. Así estuvo un par de horas, moviéndose apenas para no ser detectado. Otro hubiera huido al primer avistamiento pero Shuala no. Pero lo que ocurrió a continuación le congeló la sangre.
No supo nunca como no lo había visto pero el hecho era que estaba allí, a veinte metros de su posición. El Dios plateado se movía lentamente con “la vara de fuego”, esa letal arma que carbonizaba a cien al mismo tiempo, en su mano derecha. Caminó unos pasos y se sentó en un tronco caído dejando la vara apoyada en el mismo. Shuala no entendía como no había sido detectado pero sus ojos solo se enfocaban en el arma del Dios, si lograba poseerla conquistaría el mundo entero. Su intelecto asesino le dictó que si no había sido detectado tenía entonces la ventaja de la sorpresa y la posibilidad de atacar con buenas probabilidades de éxito. Tanteó su espada corta y se fue acercando lentamente, centímetro a centímetro, mientras el Dios realizaba, aún sentado en el tronco, algunas incomprensibles tareas. Solo cuando estuvo a unos tres metros Shuala se puso de pie y alzó su espada contra la espalda del Dios, que se ofrecía generosa. Toda su brutal musculatura se tensó y todas sus artes de ataque afloraron al momento que, estando a dos metros, dio un salto y descargó su brazo armado contra la mitad exacta de la espalda del Dios… Pero nada pasó, o mejor dicho, nada de lo que Shuala esperaba que pasara. No hubo sangre ni la deliciosa sensación del metal entrando en la carne ni la del cuerpo que cae esperando ser rematado, no, no, nada de eso. En lugar de todo ello la hoja de la espada se partió como si de madera fuese y el Dios, alertado, se puso de pie ante él. Shuala era un individuo alto, muy alto, pero su contrincante le sacaba al menos dos cabezas. Se quedó viendo como el ente plateado miraba como asombrado cierto objeto que pendía de su cinturón, con la inofensiva empuñadura de
su espada en la mano. Pero la pausa fue breve. El Dios reaccionó y le descargo un tremendo golpe de puño en su rostro con una velocidad y celeridad tal que ni los reflejos felinos de Shuala pudieron evitar. Literalmente voló por los aires y, totalmente aturdido, vio como el Dios se le acercaba nuevamente para rematar la faena pero dejando la vara atrás, sobre el tronco. Sacando fuerzas quien sabe de donde Shuala se impulsó hacia atrás y, en un acrobático movimiento, se colgó de una rama cercana y de un salto terminó detrás del Dios, a menos de un metro de la vara. La tomó entre sus manos y la apuntó al Dios, un torrente de fuego brotó del arma y lo calcinó junto con todo lo que había en cincuenta metros a la redonda. Sin aliento el bárbaro miraba el resultado de sus acciones y no daba crédito a sus ojos. ¿Cómo había salido el fuego del arma?. Murmullos agitados venían del lado donde se hallaba posado el pájaro plateado. Seguramente al ver el humo del incendio algunos compañeros del asesinado vendrían hacia el lugar. Debía correr y rápido y para eso Shuala era muy bueno. Su atlético cuerpo rápidamente puso metros entre él y el lugar del incidente y de un salto se encaramó a su cabalgadura y se alejó a toda velocidad. A medida que cabalgaba, cuando aún su aliento estaba agitado, su mente se negaba a creer la proeza realizada: “Había matado a un Dios y le había robado su vara de fuego”. Su euforia le hacía lanzar risotadas histéricas, estaba en el clímax, imágenes de conquista, masacre y destrucción desfilaban por su mente como diapositivas diabólicas y apocalípticas. Muy pronto el mundo entero se postraría desesperado a sus pies.
 
                                       …………………………….

Vio su mano aún sosteniendo la espada pero su brazo no estaba ya ligado a su cuerpo. Los mástiles que veía eran lanzas clavadas en su pecho y abdomen. Su respiración se hacía burbujeante y pesada, imposible. De su boca manaba sangre con abundancia creciente. Sabía que estaba teniendo una agonía atroz pero no era eso lo que le amargaba lo poco de vida que le quedaba sino el hecho de no poder ponerse de pie y seguir matando a aquellos que lo habían derrotado definitivamente. Iban y venían pasando a su lado, incluso encima de su cuerpo, hasta a veces lo pisaban o pateaban restándole toda importancia. A veces algunos soldados rasos le dedicaban socarronas sonrisas y despectivos comentarios. Volvían a despreciarlo, moría en el fracaso, no pudo hacerles tragar su orgullo, su soberbia junto a su sangre. Pero lo que realmente lo volvía loco era ignorar que había pasado, que había fallado. Lo tenía todo perfectamente planificado, ajustado, ensayado. Ese pensamiento lo acompañaba lenta y dolorosamente hacia la muerte.

                                                …………………………………
 
Si bien Shuala era un enfermo asesino lo que no le faltaba era inteligencia, y la poseía en buenas cantidades. No le costó demasiado entender como funcionaba la vara de fuego. Tanto si quería incinerar un monte como una hormiga solo tenía que desearlo, pensarlo… y la vara lo incineraba. Claro que la práctica de este instrumento costó la vida de centenares de individuos pero Shuala no se detuvo hasta que estuvo absolutamente seguro de que era un cabal operador de la vara y, de paso, se divirtió como nunca en su vida. Se pasó días, semanas, quemando todo lo que se cruzaba en su camino e hizo un uso intensivo, abusivo, de la vara. Solo cuando se aburrió de matar individuos inofensivos se detuvo a planear los próximos pasos y estos estaban orientados al otro lado de la cordillera. Sabía que con unos miles de soldados y la vara podía derrotar a decenas de miles y con una pequeña planificación en unos días estaría saboreando el licor real del Valle Oeste. La ansiedad le torturaba y en una semana reunió a unos dos mil hombres y junto a su plana mayor se lanzó hacia la cordillera. Sabía que la travesía sería larga y penosa y que perdería a la mayoría de sus legionarios pero eso no le importaba, con setecientos le sobraba. Y la vara, claro. Y así, inclinado sobre un peñasco, al borde de un precipicio, con la noche en ciernes, llegó junto a quinientos hombres a enfrentarse a los diez mil legionarios del Valle Oeste que, alertados de su arribo inminente, esperaban perfectamente formados cien metros abajo, en los inicios del valle. Shuala dibujó una felina sonrisa en su rostro deforme y horrible, se puso de pie, tomó la vara y la apuntó hacia abajo…
 
                                  ……………………………

La vara…La vara. ¿Por qué no había funcionado?. Los legionarios enemigos escalaron el precipicio y los alcanzaron. Inútil fue que Shuala ordenara la fuga, un segundo ejército, oculto entre la espesura, les salió al paso y les cortó la retirada. Shuala se batió como un demonio y mató a decenas de soldados pero eran demasiados. Sus propios efectivos murieron cobardemente en plena fuga…No quedó nadie. La vara…En un último pantallazo de sus ojos que se apagaban la vio tirada a la altura de sus rodillas. ¿Por qué no había funcionado?. ¿Moriría en la ignorancia?.
Ya solo lo acompañaban los cadáveres de sus hombres dado que los enemigos se habían llevado los propios, que eran bien pocos. Solo entonces la figura plateada apareció ante su ya acotado campo visual. Le sonreía contemplativamente, quizás con alguna indulgencia. Levantó la vara de fuego y la puso ante su rostro, una débil luz roja titilaba lánguidamente. El Dios plateado la señaló con el dedo índice. Shuala pudo ver una serie de incomprensibles grabados bajo la pequeña luz roja. Fue entonces que murió, ignorando que quería decirle el Dios. Pero por más que el dios se lo hubiera explicado, Shuala no hubiera podido comprender que significaba la frase “BATERÍA AGOTADA”.

                                                            ……………………………