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sábado, 29 de septiembre de 2012

Mundo Maravilloso...



El planeta resistió cuatro guerras mundiales…pero no cinco. La última, en donde se probó toda la gama de armas nucleares y bacteriológicas, se llevó las palmas, un Oscar de oro y el noventa y cinco por ciento de todos los seres vivos.
A quienes les tocó la dura prueba de sobrevivir tenían tres opciones.
Ante un clima absolutamente desprovisto de condiciones de vida solo podían:

   1)     Morir dolorosamente.
  2)     Mutar dolorosamente en un ser horrible.
   3)     Embutirse en un 
  traje “Eternical”, 
  fabricado por 
la multinacional 
“Sistemas y Androides Eternical” 
que, curiosamente, había 
manufacturado todos los ingenios 
que devastaron la vida en el planeta.
La primera opción no necesita 
muchas aclaraciones. La segunda se trataba de una mutación genética generada por las nuevas y antinaturales condiciones climáticas presentes en el mundo. Es decir, si no tenías la fortuna de morir luego de haber sufrido horriblemente durante semanas, te convertías en alguna de las variedades de monstruos espantosos comedores de carroña que pululaban por las ruinas de las ciudades.
Era quizás la tercera opción la más atractiva.
Si poseías la suficiente y sideral cantidad de dinero podías comprarle a Eternical un traje con autonomía de ochenta años donde encerrarte de por vida y, si morías joven, legarlo a tu descendencia.   Claro que para ello debías tomar conciencia de que jamás saldrías vivo del traje.
Esto se debía al mismo sustento de vida autónomo del sistema. El traje era en realidad un sofisticado androide bio-cibernético cuya función consistía en mantener vivo al ser que lo habitaba y obedecer ciegamente sus órdenes. De esta manera, una vez que alguien se instalaba dentro, el robot tomaba posesión del cuerpo y en una compleja e irreversible intervención quirúrgica lo poseía, interviniendo todas las funciones físicas y satisfaciendo y monitoreando todas las fisiológicas. Así, quien habitaba el traje se convertía en una nueva super criatura pero muy lejos de parecer humana. Por fuera solo se veía un portentoso ser metálico, oscuro, brillante y amenazante, de tres metros de altura, casi indestructible y dotado de todo tipo de dispositivos de ataque y defensa. Los “Lobos”, así eran vulgarmente llamados, eran depredadores en lo más alto de la escala evolutiva y se dedicaban simplemente a matar a todo lo que se moviera por el suelo. No eran muchos, apenas unos cientos, pero lo suficientemente poderosos para autoproclamarse los dueños del mundo y todo se movía de acuerdo a las leyes por ellos mismos dictadas. Para ellos los mutantes eran animales solo movidos por sus instintos más elementales y por eso no tenían lugar en el planeta. Un solo Lobo mataba decenas de mutantes por día.
Los mutantes no eran todos iguales, todos los días se descubría una nueva mutación, un nuevo horror.
Con el paso de los siglos, los Lobos comenzaron a olvidar la figura humana original y para no incurrir en errores programaron sus sistemas para reconocerla en caso de cruzarse con alguna. Claro, nunca ocurrió y quizás nunca ocurriría, era una raza extinta, pero los Lobos eran organizados y odiaban la mera idea de matar por error a uno de sus ancestros.
Van Temer había ingresado en el traje treinta años atrás y su edad cronológica era de cincuenta pero, claro, quien viera a ese ser amorfo, gelatinoso e inerte nunca se le ocurriría asociarle edad alguna.
Había permanecido cien años en hibernación en las instalaciones de Eternical a la espera del traje previamente abonado y era uno de los últimos seres humanos existentes en el planeta.
Pero por fin el día llegó y se convirtió en un Lobo.
Ese día recorría el desierto en busca de alimento y presa, que eran cosas absolutamente diferentes, y ambas cosas se le presentaban esquivas. Poseía reservas alimentarias para tres días más pero no podía terminar la jornada con el magro número de asesinatos en su haber, eso lo haría bajar en la tabla de puntuación. Las condiciones exteriores no podían ser peores. La presencia de monóxido era extrema y la radiación peor aún. Para colmo la temperatura alcanzaba los setenta grados y encima persistía una copiosa lluvia ácida. Claro que todas estas cosas no preocupaban a Van Temer, él siempre estaría a salvo dentro de su ciber-útero pero hacía que sus presas, los mutantes, permanecieran a resguardo, bien lejos del exterior. Harto de la nada conseguida puso al traje a máxima velocidad y, a doscientos kilómetros por hora, atravesó rápidamente el desierto y se zambulló en las sombras proyectadas por las áridas montañas del sur. Van Temer sabía que nunca vería un mundo distinto, por más que los de Eternical trabajaran duro nunca recrearían un mundo habitable en menos de doscientos años.
Eso lo deprimía.
Pensaba en ello mientras el traje se desplazaba, ahora lentamente, cerca de las faldas de los elevados picos del sur… cuando la vio. Al principio pensó que lo mostrado por el monitor de su estrecho cubículo de mando era una imagen de archivo pero al constatar el origen confirmó que se trataba de visiones del exterior en directo. Detuvo el traje y con expresión (si se le podía llamar así) perpleja observó al ser diminuto que se cruzaba en el camino del ominoso robot. Miraba directamente a la cámara, de manera que era como si le mirara a los ojos. 

Van Temer examinó a la figura de arriba abajo. Vestía una túnica color pardo como única prenda y se guarecía de la nociva lluvia apenas con una palma seca de alguna planta ya extinta. Sus pequeños pies apenas si estaban provistos con unas precarias sandalias de algún indescifrable material. Sus ojos, de un azul imposible, no se apartaban de los suyos y parecían cantarle una dulce melodía. Le ordenó al procesador central que analizara la presencia:
“Humano, femenino, infante entre ocho y once años”.
La perplejidad se transformó en conmoción. ¿Cómo podía respirar?. ¿Cómo resistía su piel la lluvia ácida?. ¿Cómo es que la radiación no la reducía a cenizas?. Estos y mil interrogantes se plasmaban en su mente confusa cuando de su consola surgió la voz infantil que le decía:
“¿Qué haces allí dentro encerrado?. ¡Ven a respirar aire puro!.”
La niña le hablaba, su voz le sonó angelical e infinitamente dulce. Ya no los gruñidos y alaridos mutantes, durante décadas monopolizando sus oídos. Su mente se relajó y por una vez la matanza pasó a segundo plano. Sones suaves, sinfonías celestiales.
“¿Cómo te llamas?” se le ocurrió preguntar.
“Tania…” fue la angelical respuesta. La lluvia cesó y el Sol…(¡¿El Sol?!...) arrojó tímidos rayos sobre el suelo. Van Temer redireccionó la cámara para poder observar el hallazgo, las cenizas radiactivas nunca dejaron pasar la luz del Sol. La niña comenzó a saltar y a corretear en círculo, alegre, feliz.
“¡Ven a jugar conmigo!. ¡Ya sale el Sol!.”
Van Temer se desesperó. Ordenó al robot abrir la escotilla exterior, quería estar con la niña aunque sabía que sus atrofiados miembros móviles jamás le permitirían desplazamiento alguno, pero el robot le negó la operatoria, la escotilla exterior solo se abría ante la muerte de su ocupante. La frustración le nubló la mente, de pronto una creciente claustrofobia le atrofió los sentidos.
“¡Introduce el código “AZUL”!” le gritó la niña desde el exterior.
¿Cómo no se le había ocurrido?, pero, ¿cómo sabía ella de los códigos de excepción?. ¿Qué estaba cambiando en el exterior?, ¿qué se estaba perdiendo?. No importaba. Quería estar junto a la niña con toda su alma, había estado equivocado, engañado por Eternical durante toda su vida. Sin dudar un segundo ordenó la codificación y el robot no tuvo más opción que obedecer. Cuando la escotilla se abrió los gases tóxicos lo aniquilaron en un segundo. No sintió, por ende, las manos mutantes que lo arrancaron del cubículo de mando y lo arrojaron a un costado como la masa de carne inerte que era. Uno de los mutantes desactivó el dispositivo que interfería la cámara exterior y el monitor mostró entonces la realidad. Otro mutante pasó a ocupar el lugar que dejaba libre Van Temer  y el robot limpió el espacio de la innumerable cantidad de sondas y sensores ya inútiles y se aprestó a acondicionar el lugar para su nuevo ocupante, cirugía de por medio. La escotilla exterior se cerró y el robot  puso en marcha la labor. Pronto se enfrentaría a sus hermanos, infiltrado entre las filas enemigas. No eran muchos pero ya varios Lobos eran comandados por mutantes y el imperio de los androides tocaría a su fin.
   
Los mutantes pensaban, creaban y construían pero los Lobos no se habían percatado.
De la más cruel de las masacres, de la devastación más pura, nacía el nuevo Homo Sapiens.

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martes, 4 de septiembre de 2012

360 Grados



Se encontró sentado en la cama, con los pitidos del reloj atronándole los oídos. Ese día cumplía veintinueve años.
De un manotazo silenció el reloj.
Había emergido del sueño violentamente, angustiado, profusamente transpirado, a pesar de que la temperatura ambiente del dormitorio apenas si llegaba a los dieciocho grados, pero lo que más lo torturaba era esa sensación de aterradora opresión que le atenazaba el pecho como una garra, esa tremenda angustia. Nunca le había ocurrido, era una experiencia tremenda, demoledora.
Y lo peor era no saber a que atribuirle semejante vivencia.
Una pesadilla, claro, una terrible pesadilla, pero no recordaba absolutamente nada.
A su lado Paola roncaba suavemente, por fortuna nunca escuchaba el reloj, no hubiera sabido que decirle, ni siquiera sabía si era capaz de hablar.
Puso los pies en el piso y se dirigió al baño, parecía que el piso se hundía a su paso. La imagen de su rostro que reflejó el espejo lo dejó sin aire, era la de un hombre absolutamente agotado, arrasado, desvastado. Sus ojos, intensamente irritados, hablaban inconfundiblemente de largas horas de llanto incontenible.
La confusión se anexo a su cóctel de sensaciones.
Comenzó a vestirse, era hora de ir hacia el trabajo. De pasada hacia la puerta de salida pasó por el dormitorio de Lara, su pequeña hija de dos años. La imagen de ella, con sus rojos bucles y su piel de nácar, durmiendo tranquilamente, le trajo algo de sosiego y recordó la tremenda lucha entablada hasta lograr que Paola quedara embarazada. Cinco largos años de penosos tratamientos y esperas angustiosas hasta que llegó el día esperado. Y allí empezó una ansiosa espera de nueve meses hasta que, luego de un breve parto, llegó el premio mayor.
Ser padres es de gigantes, idiotas abstenerse.  
No obstante, conforme se alejaba de la habitación todas esas horribles sensaciones volvían a agobiarle.
Pasaron varias semanas hasta que pudo comenzar a olvidar mínimamente lo ocurrido aquella noche y varios años hasta que lo olvidó totalmente.
Durante esos años Lara comenzó sus primeros de escuela y toda la atención, como desde su nacimiento, se centró en ella.
Es que era un ángel.

Una vez ella en escena todo lo demás se opacaba y se llevaba la exclusividad y las babas de sus padres, tíos, abuelos, y quien fuera que tuviera ante sí. Su paso por la escuela primaria, secundaria, hasta su ingreso a la universidad, fue solo un trámite. Siempre en destacado, siempre sobresaliendo. Era parte integrante en todas las decisiones que se tomaban en familia y para Diego, su padre, era un permanente órgano de consulta, un faro que iluminaba su vida y la de su esposa.
Por eso, cuando esa noche sonó el teléfono, mientras la pareja miraba tranquilamente televisión después de la cena, nadie se hubiera imaginado la tragedia que se desataría al minuto siguiente.
Diego escuchaba estupefacto lo que alguien le decía mientras Paola lo veía palidecer intensamente.

“Un accidente…”
“¿Donde está…?”
“…En el Hospital Municipal…”
“¿Cómo está?...”
“…No sabemos, señor, allí le informarán…”


Como en una mala película de género dramático y sin saber cuando ni como se encontraron en una morgue reconociendo el cadáver, aún sin saber si era un mal sueño, sin poder reaccionar. Presas de tal angustia que aún no habían derramado una sola lágrima, no habían tenido tiempo, tenían que asimilar que Lara estaba muerta. Los allegados comenzaron a llegar y encontraban a la pareja en una pequeña y agobiante salita con una expresión perdida en el rostro, como si no supieran siquiera donde estaban. Pero cuando Paola tuvo noción de que su madre estaba ante ella la conmoción la desbordó. De su boca emergió un grito ronco y monocorde, constante, atronador.
“No” decía pero la “o” jamás se cortaba.
Diego asistía a todo esto más como un espectador que como un obligado protagonista. Sentía un vacío en el alma imposible de describir o ponderar pero aún no caía en la cuenta del trance al que estaba sometido.
Finalmente Paola se desmayó y tuvo que ser atendida por la guardia del hospital.
“Lara esta muerta” sonaba en la mente de Diego. “Un hijo de puta la mató para robarle el bolso”.
A su alrededor todo era llanto y desesperación inconsolable. Todo era drama, tragedia, estupor. Una mano se posó en el hombro de Diego.
Se giró, era su padre, Diego también se desmayó.

La sala velatoria era como cualquier otra, lujosa, confortable, pero a nadie le importaba. Paola permanecía de pie ante el féretro con la mirada perdida en algún universo distante y Lara estaba increíblemente hermosa, tan hermosa como muerta. Si ser padre es de gigantes, perder un hijo te hace un enano, insignificante, sin ganas de seguir.
El momento tan temido llegó y fue tan aterrador como Diego lo imaginó, quizás más.
Había que cerrar el féretro.
Inútil describir el dolor, el espanto, el desgarro.
Pero Diego no calculó la escena del cementerio. 
Fue mucho peor.
Junto a Paola ante la tumba abierta, ver descender el féretro hacia la fosa fue como descender con ella hacia el vacío más absoluto. La tierra cayendo y estrellándose en la madera con ruido sordo, tapando la felicidad, el futuro, los proyectos, todo enterrado para siempre…
Le pareció que sus oídos fallaban pues comenzó a escuchar unos pitidos. Desconcertado vio como sus manos iban perdiendo consistencia. De pronto se vio a s{i mismo desde lo alto junto a Paola, como si estuviera volando y ganando altura rápidamente. Y los pitidos cada vez más fuertes, más potentes, ensordecedores…

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Se encontró sentado en la cama con los pitidos del reloj atronándole los oídos. Ese día cumplía veintinueve años.
De un manotazo silenció el reloj…

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martes, 28 de agosto de 2012

La Solución Encubierta


La sala de interrogatorios estaba diseñada para que quienes la habitaran se sintieran absolutamente solos y aislados.
Paredes, techo y piso blancos, sin fisuras ni juntas, sin ventanas, la puerta, una vez cerrada, se confundía plenamente con la pared que la contenía, cámaras de video, micrófonos y respiradores artísticamente disimulados, una engañosa sensación de ahogo y soledad, dado que desde el exterior se podía cómoda y detalladamente seguir lo que sucedía en su interior. Esta sala era única y solo era usada en casos extremos, dado que las otras no poseían particularidades tan rigurosas. Quien era obligado a permanecer un tiempo prolongado en su interior, a la larga o a la corta era invadido por una profunda sensación de ansiedad tal que potenciaba intensamente la necesidad de comunicarse, “de hablar”, que era el efecto científicamente buscado.
Pero nada de esto la pasaba a Adrián Bogues, cuarenta años, de estatura media, cabeza rapada e intensos y serenos ojos marrones, que estaba en la sala desde hacía cuatro horas. Se mantenía en la misma posición desde que había ingresado y no había movido un solo músculo ni proferido sonido alguno.
No era esto una sorpresa para el agente Rey Carras, en el cual su aspecto de niño angelical desmentía al de un profesional avezado, tenaz, inteligente, experto y sumamente cruel y frío. De cuarenta y ocho años, Rey poseía un rostro de facciones suaves y dulces, un cabello rubio levemente rizado y unos ojos azules bonachones. No era ni muy corpulento ni muy alto y su aspecto general era el de una persona vulnerable, pero era un efecto sumamente falso. Rey era un agente nacional, fina e intensamente entrenado en todo lo necesario como para evadir o enfrentarse a cualquier situación y lo había demostrado cabalmente en el campo de trabajo. Adicionalmente, había cursado estudios universitarios sobre psicología y se había especializado en interrogatorios extremos. Esto último no era un mero galardón en su frondoso currículum, si había alguien que podía sacarle algo a un tipo duro, ese era Rey.
Pero este caso era todo un desafío. Bogues pertenecía a una facción fundamentalista sumamente anárquica y la estructura de entrenamiento era de las más difíciles. Quizás se enfrentara al caso más virulento de su vida, quizás el fracaso sería el fin de su carrera, pero lo más importante era que le qero lo mmiento era de las men todo lo necesario como para evadirro era un efecto sumamente falso.uedaban tres horas para evitar que doscientas mil personas murieran. Entró en la sala y cerró la puerta tras de sí.
-          Buenos días, Adrián. –
El hasta el momento único habitante de la sala levantó lentamente la vista. No se hallaba esposado ni amarrado de ninguna manera, se encontraba sentado en una parca silla blanca con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada clavada en el piso.
-          Buenos días, agente Carras. –
Rey sonrío levemente y, acercando una silla a la posición de Bogues, se sentó frente a él cruzándose de piernas. De esta manera se lo veía cómodo y distendido.
-          Veo que me conoces. –
Adrián sonrió con cierta amargura.
-          Ha matado a muchos de mis hermanos. –
Nada se traslucía de los fríos ojos de Bogues.
-          ¿Te gustaría matarme?. –
Adrián curvó sus labios sin alegría.
-          Todo a su tiempo, agente Carras. –
Rey sonrío desviando su mirada hacia el piso.
-          Terminemos con esto, Adrián. ¿Dónde está?. –
Bogues sonrió ahora con más intensidad desnudando sus dientes.
-          Vamos, agente. ¿Así de fácil la quiere?. –
Carras hablaba en un tono discursivo que para nada delataba lo desesperante de la situación, más bien parecía hablar de la última temporada de fútbol.
-          Se que para ti la vida no vale nada pero tengo doscientas mil personas encerradas en la torre “Camelot” por alarma bacteriológica y mil quinientos agentes buscando una bomba desde hace dos días. ¿Qué es lo que buscas, Adrián?. –
Bogues sonrió socarronamente.
-          Salvar al universo. -
Fue muy fugaz pero una luz de inquietud cruzó los ojos de Carras.
-          Bien. – Dijo Carras. – Eso es muy bueno pero debe de haber algo que quieras a cambio de que yo pueda salvar a esas personas. Dímelo y prometo gestionarlo de inmediato. –
-          Mi propósito no es la muerte de gente inocente, agente, sino la aparición de ciertos sucesos que asegurarán la estabilidad y permanencia de este universo. –
-          ¡Perfecto!, nos estamos entendiendo. Dime que hago para que esos sucesos ocurran y todos contentos. –
Los ojos de Bogues se tornaron opacos.
-          No puedes hacer nada. –
Carras se revolvió en la silla y cambió de posición las piernas.
-          Bien, bien. ¿Por qué no me explicas atrás de que andas?. Porque la hermandad te ha dejado absolutamente solo. –
-          Actúo por mi cuenta y riesgo en este caso. Ponerlo al tanto de mis descubrimientos tomará más de tres horas, se lo advierto. –
Carras sabía que ni la sesión de la tortura más cruel haría que este hombre, para el cual la muerte era un suceso más, variara su actitud. Solo cabía especular con que cometiera un error y delatara algún detalle. No quedaba más que seguir hablando y si la bomba estallaba, él mismo le metería un plomo en el cerebro. Por otro lado Bogues conocía a Carras y sabía cabalmente cual era su futuro, nadie tan sanguinario como el hombre que tenía enfrente.
-          Pues, no perdamos tiempo y empecemos, entonces. –
Bogues suspiró profundamente y comenzó.
-          Entre la gente de la torre Camelot existe un grupo de invasores de otro universo paralelo al nuestro. El objetivo primordial de este grupo no es  dañar nuestro universo pero los daños colaterales en busca de su premisa fundamental no solo dañaran este universo sino todos los colindantes. Eso a ellos parece no importarles en absoluto. –
-          Eres doctor en física, ¿no? . – Preguntó Carras.
-          Tengo tres doctorados en física cuántica. –
-          ¿Y como es que te crees todo esto tan alejado de la física ortodoxa?. –
-          No voy a contestar a eso. –
Carras no insistió, sabía que era lapidario.
-          Háblame un poco más de esto de los universos paralelos y esas cosas. –
Bogues cambió por primera vez de posición apoyando los codos en sus muslos.
-          Como quieras. Existen dos planos básicos de existencia: “El Temporal” y “El Alternativo”. En los alternativos existen las mismas instancias y cosas que, por ejemplo, en este universo pero en versiones diferentes… o no. Las personas pueden o no tener vidas y aspectos leve o diametralmente diferentes pero son las mismas personas, duplicados. No obstante, y perpendicularmente a este plano, cada fracción infinitesimal de tiempo ocurrida en cada plano alternativo genera un plano temporal. De esta manera existen infinitos planos temporales perpendiculares a cada plano alternativo. Pero en cada plano temporal existen también infinitos planos alternativos que perpendicularizan a cada plano temporal. De esta manera la estructura de planos se expande en “n” dimensiones hacia el infinito o define el mismo infinito, da igual. –
Carras miraba a Bogues con una expresión que mostraba una aparente perplejidad pintada en el rostro.
-          ¡Vaya!. ¡Asombroso!. Pero… volvamos a la torre, a nuestros invasores, ¿cómo es que esta gente ha llegado desde su universo al nuestro?. –
Bogues miraba a Carras con recelo. Mostraba un injustificado interés por el tema pero decidió seguirle la corriente.
-          Manejan matemáticas cuánticas tan avanzadas que nos deja a nosotros al borde de la edad de piedra. Se trata de dos ecuaciones unidas por una igualdad. Cada ecuación posee tres términos de cuatro miembros. Cada miembro debe ser cuantificado con una precisión tal que requiere números de “n” decimales. En la práctica con setenta decimales es suficiente. –
-          Pero eso no es problema, hoy día los ordenadores… -
-          Si, si, pero ese es el problema de ellos. Así como nosotros estamos matemáticamente cien años atrasados respecto a ellos, ellos están tecnológicamente cien años atrasados respecto a nosotros. Son teóricos formidables pero no son buenos constructores de máquinas y se manejan con cálculos a bajo nivel. De esta manera, al no haber precisión en los cálculos, generan errores que distorsionan cada plano donde se mueven, ocasionando perturbaciones del orden natural. –
-          Pero, ¿sabes cual es su objetivo final?. –
-          No. Solo he detectado que se vienen moviendo secuencialmente plano por plano alternativo y cada tanto viran hacia un plano temporal, a intervalos regulares. Eso si, tienen un camino trazado y lo siguen a rajatabla, o al menos eso parece, sin importarles cuanto daño dejan detrás. Aunque creo que si quisieran moverse calculando con precisión, con la tecnología que poseen, les costaría cien años trazar un camino entre no más de cinco planos. Obviamente eso es inadmisible. Realizan un salto cada veintitrés días, no pueden ir más rápido. Con nuestras máquinas lo podríamos hacer un una hora y sin daños colaterales. –
-          Pero, ¿por qué no se unen con nosotros?. Ellos las matemáticas, nosotros las máquinas. –
-          No se, pero no les interesa, eso es evidente. –
-          ¿Cómo te diste cuenta de su presencia?. –
-          Por las paradojas. Son cambios en el orden natural de las cosas, situaciones imposibles desde el punto de vista estrictamente lógico. –
-          ¿Por ejemplo…? –
-          Por citar una: En un hospital de una enorme ciudad cercana, un hombre dado por muerto ingresó a la guardia. Su corazón no latía y su pecho no respiraba, sin embargo mantenía la temperatura corporal, su sangre no coagulaba y tras cinco días no mostraba ningún signo de corrupción carnal. –
-          Ni vivo ni muerto. –
-          ¡Exacto!. Una anomalía biológica pero puedes encontrarla de cualquier índole. Una mujer se encontró a si misma en la puerta de su casa. Afirmaba que se encontró ante su imagen cuando iba a entrar a su domicilio. El encuentro duró tres segundos pero ocurrió. Esta sería una anomalía temporal. Si este tipo de anomalías se repiten aumentando su intensidad es posible que la estructura espacio-tiempo de nuestro universo se altere con consecuencias imposibles de prever. –
Carras observaba a Bogues con absoluta atención.
-          Y dime, ¿cuántos invasores ingresaron a nuestro universo?. –
-          No muchos, no creo que sean más de una docena. Sería sorprendente que hayan logrado la manera de viajar masivamente pero lo dudo seriamente. –
Lanzando una sonora carcajada Rey acercó rápidamente su rostro al de Adrián.
-          ¿Y por una docena de tipos vas a sacrificar decenas de miles de inocentes?. –
-          Si no lo hago seré responsable del crimen más horroroso en la historia universal. Tan solo en este planeta hay miles de millones. Además no son ellos solos, cuentan con la cipaya colaboración de gente de este lado. Son bastante numerosos. –
-          ¿Y estás absolutamente seguro que todos se reunirían hoy en la torre Camelot?. ¿Cómo estás tan convencido?. –
-          Desde allí saltarán a otro plano hoy a las diecisiete horas. Para que funcione deben estar todos agrupados en un círculo de no más de dos metros. Es el vórtice desde donde la ecuación indica que deben saltar, es decir, con la chapucera precisión con que ellos calculan. Yo calculé unos ochenta centímetros a la izquierda con la precisión adecuada pero a ellos igual les funcionará ya que están dentro del margen de error matemático pero dejarán alteraciones en este plano que reducirá su vida útil a la tercera parte. ¿Cómo se todo esto?. No te lo puedo decir. –
-          Yo si. –
Carras desenfundó su pistola y destruyó la cámara de video. Luego trabó la puerta desde dentro y apuntó a Bogues a la cabeza.
-          Sabes que no temo a la muerte. – Recitó tranquilamente Adrián. La nueva situación no lo alteraba en lo más mínimo.
-          Si, lo se. Lo que también se es que no eres quien dices ser. Sabes demasiado... –
Adrián miró a Carras inexpresivamente. Había sido descubierto pero poco importaba a estas alturas.
-          Los vengo siguiendo desde hace meses. No me refiero a ti, por supuesto. Solo eres un miserable cipayo. Es por eso que no estás con ellos esperando el momento del viaje. ¿Qué te prometieron?. –
Carras enrojeció y por un momento estuvo a punto de volarle la cabeza pero mantuvo la serenidad y bajó el arma. Desde afuera de la sala se escuchaban gritos de alarma.
-          Me llenaron de dinero y me juraron que lo que hacen solo busca el bien para la humanidad. –
-          Claro, pero, ¿cuál humanidad?. La de este universo seguramente no. –
Rey no había reparado en ello. ¿A quien se referían?. Había notado las anormalidades citadas por Bogues en los últimos meses, estaban, incluso, por crear una división especial para tratar estos fenómenos. Pero los invasores no le habían dicho una sola palabra acerca de ello. Debía tomar partido. Sacó su teléfono móvil y llamó. Adrián dibujó una sonrisa de triunfo en sus labios.
-          Avísales, anda. Deberán anticipar el salto aún con el riesgo que ello entraña. Si se anticipan dos minutos la posibilidad de que una paradoja los disuelva en una celda temporal es del setenta por ciento. Es alto, ¿no?. Pero sería eso o nada, son soldados, están acostumbrados a arriesgar la vida. Claro que ese setenta por ciento calculado con las máquinas de ellos. Con nn inas de ellos.or ciento calculado con las mtemporal es del stenta por cientoanidad..uestras máquinas sería… ¿más alto… o más bajo?. ¿Quien sabe?, ya no hay tiempo de averiguarlo, solo quedan veinte minutos. ¿No se les ocurrió meter las cifras en una máquina de aquí?. Se ve que no, solo son militares, no viajó ningún científico, son muy valiosos, lamentable, pero… bueno. –
Ya Carras perdía la serenidad. Hablaba por su móvil y escuchaba a Bogues a la vez. Un gesto de desesperación se pintaba en su rostro a medida que transcurría el tiempo. No había podido cumplir con su misión. Adrián seguía hablando.
-          ¿Cuántos son?. ¿Cómo fueron reclutados?. ¿Cómo los convencieron?. ¿Sabes?, de donde vengo cuidamos la integridad espacio-temporal como si de ecología se tratara. Aunque debo objetar la forma en que cuidan vuestra ecología… -
-          ¡Cállate, idiota!. ¿Sabes cuantos problemas nos has causado?. –
Carras había perdido totalmente la compostura.
-          No te abrumes. Puedo jurarte que la eliminación de esta gente será para el bienestar universal. –
Con la piel del rostro lívida, Carras cortaba la comunicación y guardaba el móvil en su bolsillo, la mirada perdida en algún lugar. Mientras tanto, desde afuera estaban a punto de derribar la puerta.
-          Han saltado… - Dijo en un hilo de voz.
Adrián lo miraba compasivamente.
-          Pues ya deben de pertenecer a planos inmateriales dado que con una buena máquina el cálculo de la posibilidad de éxito arroja cifras de apenas el tres por ciento. Así de precisos eran sus cálculos. –
-          ¿Dónde estaba la bomba?. – Preguntó Carras.
-          No existe tal bomba. Si bien ustedes son tecnológicamente avanzados nosotros lo somos más. Engañé a los sistemas de seguridad de la torre y simulé el alerta con mis propios sistemas. Fue una jugada y salió bien. –
La puerta era derribada al tiempo que Carras se suicidaba de un disparo en la sien y Bogues desaparecía de ese espacio- tiempo.

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