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miércoles, 28 de marzo de 2012

La Conquista.


El esfuerzo y energía que le demandó la simple operación de abrir los ojos aunque más no fuera unos milímetros le planteó una idea del estado de deterioro en que se encontraba. Las difusas, borrosas e incomprensibles imágenes que se presentaban ante su vista, también. Sentía un inmenso y profundo frío, a pesar de que tenía la sensación de estar tendido de espaldas sobre algo tibio y viscoso. Le invadía una parálisis generalizada que abarcaba todo su cuerpo, realizar el movimiento más trivial constituía un imposible absoluto…
No sentía nada…
Toda su conciencia respecto a lo que sucedía en su entorno se reducía a los indescifrables bultos que parecían pasar por sobre él… caóticos, frenéticos, vertiginosos. Lo demás, imposible, no recordaba absolutamente nada de lo que lo había llevado a ese estado, como si su memoria a corto plazo se hubiera desconectado. A su mente solo venían retazos de un pasado algo más remoto…
Pero no sentía nada…

                                        ………………………..

 Khala se ponía tras la cordillera de Ataharya, la de los altos picos de los hielos eternos. Sus últimos rayos se reflejaban en las nieves lindantes a los montes más altos formando abanicos multicolores, pintando tonalidades en el Valle Este. Del otro lado del imponente macizo montañoso, el Valle Oeste prolongaba su día a resguardo de las sombras de las montañas.
La figura al borde de la saliente del precipicio era ajena a la belleza del paisaje. Sus pensamientos deambulaban por caminos más tortuosos y mundanos. Había nacido en una tribu de labradores, de gente simple de manos ásperas y hábitos sencillos, que olía a tierra y sudor, que pasaba hambre en época de sequía y se alimentaba de granos y pan cuando el gran dios Sila les sonreía pero sin dejar de guardar para cuando no lo hacía. El Valle Del Este era así, vivía de su trabajo, ajeno a lo que pasaba del otro lado de Ataharya.  Shuala no.  Maldecía haber nacido de este lado, deseaba tanto estar del otro, el lugar de las grandes aventuras, cuna de conquistadores y ejércitos sanguinarios. Donde el junk, divino metal precioso, adornaba los cuellos de bellas hembras junto a las gemas de Daseral y Morbia. Allí los niños crecían junto a los soldados, y la guerra, la conquista, eran temas de trato diario y habitual. Allí nadie sembraba ni trabajaba el campo, para eso estaban los esclavos, las decenas de miles de esclavos recolectados en las numerosas y heroicas campañas militares, que morían de a cientos cada día de fatiga y hambre dando la excusa perfecta para otra incursión, otra aventura, otra matanza. Una vez, siendo un muchacho, había cruzado la cordillera en una tortuosa y terrible travesía con el fin de formar parte, de incorporarse a aquellos que tanto admiraba. Se habían reído de él y lo habían echado a golpes.  Nunca sería aceptado porque él era un error. No era ni una cosa ni la otra. Era un guerrero nacido entre campesinos. Pero no se había resignado a su suerte, de alguna manera había corregido en parte ese error. Había viajado mucho, trajinando los más peligrosos caminos, allí donde la vida poco valía y solo moraban marginados y renegados. En ese sub-mundo se encontró en su elemento y tentó a la muerte en todas sus facetas.
Pero además tuvo suerte. Un legendario soldado renegado le enseñó las artes de la guerra y la lucha y  Shuala demostró gran interés y talento, hasta convertirse en imbatible. Se batió en todos los terrenos en interminables correrías sangrientas junto a su mentor y su horda de innombrables. La enorme colección de cicatrices que recorrían su cuerpo de punta a punta daba mudo testimonio de su ferocidad y valentía. Su desfigurado rostro, partido al medio en diagonal por un fallido golpe de hacha, solo inspiraba horror y no pasó mucho tiempo hasta que su propio mentor comenzó a temerle. Fadish, así se llamaba, era un guerrero cabal pero Shuala  era un asesino y para cuando terminó de tomar conciencia  lo había matado y quedado con su pequeño pero atroz ato de marginales. Fue así que se embarcó en las más atroces y sangrientas matanzas contra tribus indefensas que apenas si podían ofrecer una débil resistencia.
Y fueron pasando los meses y los años y su nombre se comenzó a pronunciar en todo el valle, susurrado, como evitando una demoníaca invocación. El número de sus adeptos fue creciendo en número y calidad, lo que antes era una horda desorganizada y brutal poco a poco fue tomando cariz militar y pronto se convirtió en un ejército numeroso, disciplinado y letal. Pero, claro, Shuala ya se aburría de masacrar pobres indefensos, quería probar su potencial frente a una milicia verdadera. A veces su mirada a traspasaba la cordillera, hacia el oeste, y pensaba en aquellos que lo rechazaron, que lo despreciaron…pero sabía que estaba lejos aún de hacer siquiera frente al más pequeño de los pelotones del otro lado…Y eso lo deprimía. Y cuando se deprimía solo una cosa lo levantaba: Matar.

                                               ……………………..

Su visión iba ganando claridad lentamente, ahora veía unos mástiles de madera muy cercanos a él, apenas a unos veinte o treinta centímetros, unos muy perpendiculares, otros más inclinados, unos más cerca, otros algo más alejados. En total creyó contabilizar seis. Poco a poco el bullicio y agitación inicial se iba acallando dando paso a sosegados gritos emitidos en forma de órdenes, aislados, cansinos. Vio figuras de pie caminando lentamente, espadas y lanzas en mano. Eran soldados…tintos en sangre…heridos quizás pero con la postura de la victoria. Entonces recordó…
 
 
                                         …………………………

Los años habían ido pasando y Shuala ya era todo un general, con la diferencia de que no poseía la ética militar imperante en la época. Para él un derrotado y un muerto eran asuntos coincidentes. Sus efectivos ascendían a varios miles y como todo el Valle Este le pertenecía, se veía obligado a vivir una paz forzada ya que no podía pelear contra si mismo. De todas maneras cada tanto organizaba alguna carnicería para romper la monotonía sacrificando unos cuantos cientos de inocentes en masacres tan sangrientas como innecesarias pero recibiendo, con una frecuencia cada vez más alta, reproches y rechazo por parte de su plana mayor quienes no compartían su gusto por la diversión. De todas maneras dichas actividades cada vez lo distraían menos y, en realidad, ya todo lo aburría. Todos sabían lo peligroso que era Shuala aburrido. Con el tiempo tomo el hábito de salir a dar prolongados paseos por los pequeños valles interiores de la cordillera a lomo de su cabalgadura, labor que lo ausentaba semanas enteras, para alivio de todos. Cuando volvía generalmente organizaba alguna incursión menor contra alguna tribu recóndita escondida entre las montañas y volvía con algunas decenas de esclavos para engrosar su ya abultada colección. Claro, por cada diez individuos esclavizados otros cien eran asesinados, ese era su método. Pero fue en uno de esos paseos que la fortuna le sonrió y de muy buena manera.
Había oído hablar de ellos pero nunca los había visto. Sabía que existían, en todo el mundo se comentaba de su existencia y muchos decían haberlos avistado pero Shuala no. Afortunadamente estaba bien lejos cuando los divisó dado que sabía de su legendaria peligrosidad. Lo primero que vio fue el pájaro plateado, en rigor los destellos reflejados de Khala que trascendían las copas de los árboles. Inmediatamente se echó al suelo y recorrió los próximos trescientos metros arrastrándose. Cuando se encontró a casi doscientos metros se congeló, se paralizó y solo se dedicó a escuchar y espiar. Suponía que a esa distancia no lo detectarían pero una decena de metros más y probablemente sería fatal. El pájaro plateado estaba a no más de quinientos metros pero la espesura no le permitía ver más que la parte superior negándole la visión de lo que ocurría más abajo. Así estuvo un par de horas, moviéndose apenas para no ser detectado. Otro hubiera huido al primer avistamiento pero Shuala no. Pero lo que ocurrió a continuación le congeló la sangre.
No supo nunca como no lo había visto pero el hecho era que estaba allí, a veinte metros de su posición. El Dios plateado se movía lentamente con “la vara de fuego”, esa letal arma que carbonizaba a cien al mismo tiempo, en su mano derecha. Caminó unos pasos y se sentó en un tronco caído dejando la vara apoyada en el mismo. Shuala no entendía como no había sido detectado pero sus ojos solo se enfocaban en el arma del Dios, si lograba poseerla conquistaría el mundo entero. Su intelecto asesino le dictó que si no había sido detectado tenía entonces la ventaja de la sorpresa y la posibilidad de atacar con buenas probabilidades de éxito. Tanteó su espada corta y se fue acercando lentamente, centímetro a centímetro, mientras el Dios realizaba, aún sentado en el tronco, algunas incomprensibles tareas. Solo cuando estuvo a unos tres metros Shuala se puso de pie y alzó su espada contra la espalda del Dios, que se ofrecía generosa. Toda su brutal musculatura se tensó y todas sus artes de ataque afloraron al momento que, estando a dos metros, dio un salto y descargó su brazo armado contra la mitad exacta de la espalda del Dios… Pero nada pasó, o mejor dicho, nada de lo que Shuala esperaba que pasara. No hubo sangre ni la deliciosa sensación del metal entrando en la carne ni la del cuerpo que cae esperando ser rematado, no, no, nada de eso. En lugar de todo ello la hoja de la espada se partió como si de madera fuese y el Dios, alertado, se puso de pie ante él. Shuala era un individuo alto, muy alto, pero su contrincante le sacaba al menos dos cabezas. Se quedó viendo como el ente plateado miraba como asombrado cierto objeto que pendía de su cinturón, con la inofensiva empuñadura de
su espada en la mano. Pero la pausa fue breve. El Dios reaccionó y le descargo un tremendo golpe de puño en su rostro con una velocidad y celeridad tal que ni los reflejos felinos de Shuala pudieron evitar. Literalmente voló por los aires y, totalmente aturdido, vio como el Dios se le acercaba nuevamente para rematar la faena pero dejando la vara atrás, sobre el tronco. Sacando fuerzas quien sabe de donde Shuala se impulsó hacia atrás y, en un acrobático movimiento, se colgó de una rama cercana y de un salto terminó detrás del Dios, a menos de un metro de la vara. La tomó entre sus manos y la apuntó al Dios, un torrente de fuego brotó del arma y lo calcinó junto con todo lo que había en cincuenta metros a la redonda. Sin aliento el bárbaro miraba el resultado de sus acciones y no daba crédito a sus ojos. ¿Cómo había salido el fuego del arma?. Murmullos agitados venían del lado donde se hallaba posado el pájaro plateado. Seguramente al ver el humo del incendio algunos compañeros del asesinado vendrían hacia el lugar. Debía correr y rápido y para eso Shuala era muy bueno. Su atlético cuerpo rápidamente puso metros entre él y el lugar del incidente y de un salto se encaramó a su cabalgadura y se alejó a toda velocidad. A medida que cabalgaba, cuando aún su aliento estaba agitado, su mente se negaba a creer la proeza realizada: “Había matado a un Dios y le había robado su vara de fuego”. Su euforia le hacía lanzar risotadas histéricas, estaba en el clímax, imágenes de conquista, masacre y destrucción desfilaban por su mente como diapositivas diabólicas y apocalípticas. Muy pronto el mundo entero se postraría desesperado a sus pies.
 
                                       …………………………….

Vio su mano aún sosteniendo la espada pero su brazo no estaba ya ligado a su cuerpo. Los mástiles que veía eran lanzas clavadas en su pecho y abdomen. Su respiración se hacía burbujeante y pesada, imposible. De su boca manaba sangre con abundancia creciente. Sabía que estaba teniendo una agonía atroz pero no era eso lo que le amargaba lo poco de vida que le quedaba sino el hecho de no poder ponerse de pie y seguir matando a aquellos que lo habían derrotado definitivamente. Iban y venían pasando a su lado, incluso encima de su cuerpo, hasta a veces lo pisaban o pateaban restándole toda importancia. A veces algunos soldados rasos le dedicaban socarronas sonrisas y despectivos comentarios. Volvían a despreciarlo, moría en el fracaso, no pudo hacerles tragar su orgullo, su soberbia junto a su sangre. Pero lo que realmente lo volvía loco era ignorar que había pasado, que había fallado. Lo tenía todo perfectamente planificado, ajustado, ensayado. Ese pensamiento lo acompañaba lenta y dolorosamente hacia la muerte.

                                                …………………………………
 
Si bien Shuala era un enfermo asesino lo que no le faltaba era inteligencia, y la poseía en buenas cantidades. No le costó demasiado entender como funcionaba la vara de fuego. Tanto si quería incinerar un monte como una hormiga solo tenía que desearlo, pensarlo… y la vara lo incineraba. Claro que la práctica de este instrumento costó la vida de centenares de individuos pero Shuala no se detuvo hasta que estuvo absolutamente seguro de que era un cabal operador de la vara y, de paso, se divirtió como nunca en su vida. Se pasó días, semanas, quemando todo lo que se cruzaba en su camino e hizo un uso intensivo, abusivo, de la vara. Solo cuando se aburrió de matar individuos inofensivos se detuvo a planear los próximos pasos y estos estaban orientados al otro lado de la cordillera. Sabía que con unos miles de soldados y la vara podía derrotar a decenas de miles y con una pequeña planificación en unos días estaría saboreando el licor real del Valle Oeste. La ansiedad le torturaba y en una semana reunió a unos dos mil hombres y junto a su plana mayor se lanzó hacia la cordillera. Sabía que la travesía sería larga y penosa y que perdería a la mayoría de sus legionarios pero eso no le importaba, con setecientos le sobraba. Y la vara, claro. Y así, inclinado sobre un peñasco, al borde de un precipicio, con la noche en ciernes, llegó junto a quinientos hombres a enfrentarse a los diez mil legionarios del Valle Oeste que, alertados de su arribo inminente, esperaban perfectamente formados cien metros abajo, en los inicios del valle. Shuala dibujó una felina sonrisa en su rostro deforme y horrible, se puso de pie, tomó la vara y la apuntó hacia abajo…
 
                                  ……………………………

La vara…La vara. ¿Por qué no había funcionado?. Los legionarios enemigos escalaron el precipicio y los alcanzaron. Inútil fue que Shuala ordenara la fuga, un segundo ejército, oculto entre la espesura, les salió al paso y les cortó la retirada. Shuala se batió como un demonio y mató a decenas de soldados pero eran demasiados. Sus propios efectivos murieron cobardemente en plena fuga…No quedó nadie. La vara…En un último pantallazo de sus ojos que se apagaban la vio tirada a la altura de sus rodillas. ¿Por qué no había funcionado?. ¿Moriría en la ignorancia?.
Ya solo lo acompañaban los cadáveres de sus hombres dado que los enemigos se habían llevado los propios, que eran bien pocos. Solo entonces la figura plateada apareció ante su ya acotado campo visual. Le sonreía contemplativamente, quizás con alguna indulgencia. Levantó la vara de fuego y la puso ante su rostro, una débil luz roja titilaba lánguidamente. El Dios plateado la señaló con el dedo índice. Shuala pudo ver una serie de incomprensibles grabados bajo la pequeña luz roja. Fue entonces que murió, ignorando que quería decirle el Dios. Pero por más que el dios se lo hubiera explicado, Shuala no hubiera podido comprender que significaba la frase “BATERÍA AGOTADA”.

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domingo, 19 de febrero de 2012

Noveno Relato






                                     
                                                          Cuando la inercia traiciona.



Podría pensarse que una persona estaría cuanto menos curiosa, incómoda, desorientada y quien sabe cuantos adjetivos más se anexarían a la lista, si le tocara trasladarse a una época doscientos años en el futuro. Pero este hombre enjuto, de baja estatura, calvo, de nariz ganchuda y, huidiza e inquieta, mirada de ratón no se encontraba en ninguna de esas situaciones. Ni siquiera se alteraba ante los adelantos tecnológicos que desfilaban incesantes ante su vista. No es que el inspector Madi fuera un tipo indolente pero el panorama que tenía ante él más bien lo deprimía.

 Había tenido la ocasión, en su época, de desenmascarar a un astuto timador de casinos que se desplazaba en distintos planos temporales robando pequeñas fortunas a estas casas de juegos y ahora, desde el futuro, lo convocaban a resolver un dilema que sus colegas, que en su época aún no habían nacido, no atinaban siquiera a enunciar una hipótesis.

 “Pepe” se había presentado en su casa sin previo aviso mientras Madi cenaba y casi se liga una bala en la frente. Casi le suplicó que lo acompañara y el inspector, aún con la pistola en la mano, le planteó una larga serie de requisitos por escrito a los que Pepe tuvo que acceder inmediatamente. De esta manera, Madi se aseguraba el retorno, dado que no confiaba para nada en esta gente. Ahora, doscientos años en el futuro, viajaba en un auto movido a energía nuclear a cuatrocientos kilómetros por hora por una autopista subterránea confortablemente acomodado en el asiento de atrás, climatizado y escuchando música de su preferencia. Lo acompañaba el agente Trend dado que Pepe había quedado en caución en el pasado como garantía de retorno de Madi.
-          ¿Poseen muchas cosas que funcionan con energía atómica?. – Quiso saber Madi. Trend era un tipo callado. Desde que se había encontrado con Madi apenas si había pronunciado palabra. No era muy alto, de cabeza rapada y verdes ojos helados.
-          Casi todo lo que se mueve. – Contestó el agente. Se notaba que la presencia del inspector no le agradaba en absoluto.
-          Vaya. Mejor no pensar en accidentes de tránsito. – Trend le dedicó una inexpresiva mirada lateral y luego, desviando la mirada hacia la ventanilla, se sumergió nuevamente en su hermético silencio.
Inútil había sido también preguntar hacia donde iban, Trend le había dicho que no podía suministrarle dicha información, de modo que cegó las ventanillas con una pequeña botonera que obraba en su poder y comenzó un aburrido viaje de cuatro horas, mas o menos.
De modo que este sería el futuro de la humanidad en doscientos años: Poco cerebro y mucha tecnología mal aplicada debido al poco cerebro. Evidentemente el mal gusto seguía haciendo de las suyas y, por lo visto, había para mil años.
Por fin el viaje terminó y al abrirse la puerta del coche Madi pudo observar que se encontraba en los inmensos jardines que precedían a una enorme y fastuosa mansión. Trend tomó a Madi por el brazo suavemente y rápidamente lo introdujo en la edificación. A medida que recorrían los corredores lujosamente adornados casi a la carrera, Trend le iba proporcionando alguna escueta información:
-          Se trata de un asesinato. La víctima es un prominente industrial a la vez que senador de la nación… -
-          ¿Donde estamos?. – Interrumpió Madi.
-          No puedo decirle… - Contestó Trend. Al llegar al final de un corredor (Madi calculó que habían recorrido al menos trescientos metros) el agente abrió una puerta y una nutrida concurrencia los enfocó con la mirada. El inspector puso un pie en el interior y calculó que al menos veinte personas se hallaban en la enorme estancia. Paradójicamente esta se hallaba modestamente amueblada a pesar de que, al menos, poseía veinte metros de ancho, por treinta de largo y diez de alto. Los hombres y mujeres que había en su interior iban y venían incesantemente de un lugar a otro, al parecer, sin sentido alguno.
      
  • -          Están desesperados… - Murmuró Trend y casi al instante se arrepintió del comentario. Madi comenzó a caminar por la enorme sala observando el sin sentido de la ubicación del mobiliario, enormes escritorios vacíos, sillas bellamente adornadas aquí y allá junto a muebles de baja elaboración y, finalmente, el muerto. Madi lo observó desde su metro sesenta y cinco con la más abúlica de sus miradas. Poseía un enorme tajo en la cabeza y seguramente tendría el cráneo letalmente fracturado pero lo que más le llamó la atención, lo que casi lo fascinó, fue una enorme e imponente figura metálica dorada, plateada y gris plomo, de más de dos metros de altura, que permanecía de espaldas a una muy próxima pared, absolutamente inmóvil y con un recorte de hierro ensangrentado en su mano derecha. Trend se acercó al inspector:
-          Los primeros en llegar tuvieron que derribar una puerta. Encontraron la habitación absolutamente cerrada por dentro y solo estos dos en su interior. –
-          ¿Qué es eso?. – Preguntó Madi refiriéndose a la extraña y amenazante figura.
-  Un robot. – Contestó Trend. – El guardaespaldas de la víctima que, por cierto, se llamaba Checken.
Madi se acercó lentamente al robot y se quedó mirando guardando una prudencial distancia.
-          No tema. – Dijo una voz a sus espaldas. – Aún si no estuviera bloqueado, no podría hacerle daño.
-          Mete miedo. – Murmuró Madi dándose la vuelta e inspeccionando al recién llegado.
-          Esa es su función. – Respondió el Doctor en física aplicada Rubén Ardi, un simpático hombrecillo gordo con aspecto de Santa Claus.
-          Es un robot guarda espaldas. – Prosiguió Ardi. – Pero la función de protección debe desarrollarla desde el principio básico de no dañar a ninguna persona, fundamento básico para su funcionamiento. –
-          Pero me imagino que en este caso piensan que ha asesinado. – Ardi agitó furiosamente sus manos.
-          ¡Imposible, imposible!. La mera aparición de esa idea en su cerebro lo bloquearía inmovilizándolo antes de que pudiera siquiera dar un paso. Su cerebro es un millón de veces más rápido que sus sistemas de movilidad. –
-          ¿Cómo es que está tan seguro?. – Madi miraba al hombrecillo con interés.
-          Los cerebros de los robots se fabrican por separado del resto del cuerpo. Hay una sola fábrica y allí se les implanta el estamento de seguridad: “No se debe ni puede dañar a un ser Humano”. Luego se chequea dicho estamento en otro lugar y por si fuera poco el implemento se corrobora satelitalmente. Si se largase a la calle un robot adulterado los sistemas de seguridad gubernamentales sabrían su locación en un instante y, automáticamente, un batallón de seguridad acudiría al lugar a destruirlo sin más. –
-          Vaya… - Comentó pensativo Madi. – Pero este robot está bloqueado, ¿no es posible…?. –
-          No, imposible. Sé lo que está pensando, reconozco a un hombre inteligente cuando lo veo. No pudo tomar el hierro y golpear a Checken, no hubiera podido siquiera llegar a cerrar su mano. Es más, si hubiera querido matarlo, ¿para qué el hierro?, su brazo debe pesar el triple. Un simple golpe con la mano y listo. –
-          ¿Y por qué está bloqueado?. – Ardi mostró signos confusos en su rostro.
-          Eso es lo que no se…No lo entiendo. Quizás cuando podamos ponerlo en funciones los videos impresos en su cerebro nos den la respuesta. –
-          Pero, si pueden acceder a lo que vio antes de bloquearse, ¿para que estoy yo aquí?. –
-          A pedido mío, no se si voy a poder reactivar al robot y, si así fuera, me va a tomar mucho tiempo. La prensa amenaza con un escándalo y la política necesita acortar desesperadamente los tiempos. Quizás usted, no se…en su época resolvió un imposible, ¿por qué no le puede ir bien aquí también?. Puede que hasta se llegue a prohibir la fabricación de robots si se llega a la conclusión de que este asesinó a Checken. Eso sería un cataclismo económico y social. –
-          ¿Por qué social?. – Preguntó Madi.
-          Cientos de millones de puestos de trabajo perdidos junto con una sociedad mundial que tendría que acostumbrarse a la ausencia de robots. Realizan desde hace cien años trabajos que el humano ya ni recuerda como hacer…¿me entiende?. –
-          Ligeramente. ¿Qué le hace pensar que yo no concluiré que fue el robot el asesino?. –
-          Usted no concluirá eso porque no es cierto. Es un hombre muy peculiar, combina lógica con imaginación, razona libremente y piensa sin estructuras. Todo esto, que parece antagónico, lo hace poseedor de una mente muy poco común. – Madi miraba al hombre encantado.
-          Gracias por los elogios, Doctor. Espero no decepcionarlo. –
Sin más Ardi le dio la espalda y se marchó. Saltaba a la vista el agobio que le infringía la presión a la que estaba sometido. Trend se le acercó por la espalda. Madi se dio la vuelta y lo enfrentó sonriente.
-          ¡Que hombrecillo más simpático!. –
-          ¿Le parece?. Su padre fue también el de la robótica. Es un hombre clave a nivel mundial. –
-          Vaya…- Susurró Madi.

Luego el inspector se dedicó a dar vueltas por la extensa sala.
El estado de las paredes dejaba bastante que desear, mostrando incluso los ladrillos al desnudo en ciertas partes. Calculó que la construcción tendría al menos trescientos años. Le intrigaba la presencia de algo tan viejo y derruido en medio de tanta pompa lujosa. Menos aún podía imaginarse que hacían Checken y su robot allí. Los techos eran de vigas de hierro y estaban en peor estado que las paredes. El mobiliario era viejo, quizás no tanto, pero tan destartalado como la mampostería. Madi no entendía la razón de porque su mente se enfocaba más fácilmente, fluía más cuesta abajo, en el análisis de la sala que en el escenario en torno al crimen, apenas si le había dedicado una fugaz mirada al cadáver. Decidió revertir esto y se dirigió hacia donde reposaba el caído. El mismo se encontraba boca arriba, con un tremendo abollón en la frente y su rostro enmascarado en sangre seca. Estaba con los brazos caídos a los costados y la pierna derecha levemente flexionada. No sabía porque pero lo que estaba observando no le llamaba la atención para nada. Levantó la mirada al techo y pudo ver lo derruida que estaba la viga de hierro que pasaba exactamente por encima de donde reposaba el hombre muerto, incluso en algunas secciones…
-          ¡Santo Dios!. – Exclamó Madi y salió a la carrera hacia el exterior. Muchos lo miraron curiosos.
Volvió una hora después con un aparato elevador, de esos que permiten a los hombres trabajar en la altura y un operario que la manejaba. Buscó con prisa a Trend y le preguntó.
-          ¿Puede recuperar el trozo de hierro que tiene el robot?. –
-          Supongo que si. Aún bloqueado debe obedecer ciertas órdenes. –
-          ¿Puede intentarlo?. – Trend se encaminó al robot. Una vez frente a él le dijo secamente.
-          ¡Robot!. ¡Abre tu mano derecha!. –
Al instante el trozo de hierro se precipitó al piso. Madi lo tomó presuroso, provistas sus manos de guantes de látex. Se subió al cubículo de la grúa y le indicó al operario que lo elevase. Lo fue guiando hasta que estuvo exactamente arriba del cuerpo de la víctima pero a ras del techo. Su mirada se enfocó en un hueco donde faltaba un trozo de la viga. El trozo que el tenía entre manos encajaba perfectamente, luego de darle un par de vueltas. Indicó al operario que lo bajara. Una vez en el suelo buscó a Ardi pero como no estaba en la sala lo fueron a buscar. El anciano apareció unos pocos minutos después. Madi lo encaró inmediatamente.
-          Dígame. – Le dijo. - ¿Qué pasaría si un robot matara por accidente a un ser Humano?. –
-          Pues… Se bloquearía. –
-          ¿Y como lo pone en funciones de nuevo?. –
-          En ese caso sería muy sencillo. Le enunciaría que es inocente, si reacciona es que es conciente de la situación y, si no, es que es culpable. Si es inocente solo necesita el perdón para estar operativo nuevamente. Claro, esto todo en teoría… –
-          Bueno. Hágalo. –
-          No crea que no lo había pensado pero si algo falla es el fin. –
-          Nada fallará, es inocente, hágalo. –
-          Bueno… - farfulló Ardi.
-          ¿No dijo que confiaba en mí?. No dude. –
Caminando lentamente Ardi se fue acercando al robot. Una vez a menos de treinta centímetros le dijo:
-          ¡Robot!. ¡Eres inocente!. ¡Estás perdonado!. -
Inmediatamente una tenue luz azulina brotó de las antes oscuras grietas que oficiaban de ojos y una voz absolutamente humana brotó de su cabeza sin boca:
-          Gracias, señor, a sus órdenes. –
-          Ahora puede saber por boca de uno de los testigos presenciales que sucedió. – Le dijo Madi a Ardi.
-          ¡Oh, no, no, no!. Va a ser usted el que me lo diga. – Le contestó Ardi. - ¿Cómo lo supo?. – Madi hizo una pausa con una pícara sonrisa en su boca. Luego comenzó.
-          No se que oscuras razones lo llevó a Checken a acudir a esta sala en companía del robot ni cuales serán las más oscuras razones de la existencia de este lugar pero lo cierto es que el hombre estaba muy tenso y muy nervioso. La verdad es que el robot, en lugar de quitarle la vida, en realidad, lo que intentó fue salvársela. El pedazo de hierro que tenía el robot en la mano corresponde exactamente con un faltante de la viga del área del techo que estaba justo encima de la víctima. En realidad es cierto que Checken murió a causa de un golpe de ese pedazo de hierro pero caben analizar tres hipótesis:
1)     El hierro cayó y golpeó la cabeza del hombre. Justo estaba mirando hacia arriba y le dio en la frente.
Falso: El golpe es mucho más furioso que el que le hubiera ocasionado desde una caída libre desde lo más alto del techo. Esa masa no tiene más de seis o siete Kilos.
2)     El robot tomó el trozo de viga y se lo asestó en la cabeza, de frente y ante la absoluta inmovilidad de Checken.
Falso: El robot es un ser lógico, ¿para qué molestarse en agacharse a tomar un trozo de hierro si puede matarlo con su propia mano sin hacer movimientos que delaten sus intenciones?
De todo lo dicho solo es cierto una cosa: El hierro cayó del techo, se desprendió de la viga por su propia decadencia, la gravedad actuó e iba a impactar en la cabeza del muerto sin duda. Claro, si Checken hubiera estado mirando al techo mientras el trozo caía seguramente se hubiera corrido a un lado y lo hubiera evitado, era un hombre joven y en buen estado, lo que también descarta la posibilidad del golpe por mera caída libre  y no justifica que la herida haya sido en la frente.
-          ¿Entonces?... – Murmuró Ardi.
-          Para dilucidar esto vamos a hacer una experiencia. –
Madi se dirigió a Trend e intercambió unas palabras. Este asintió y salió presuroso de la habitación, al cabo de un rato volvió con un casco y un trozo de algo negro, liviano y del tamaño aproximado del trozo de viga. Madi estableció a Trend agachado, con el casco puesto y a sus espaldas al robot. Luego se subió al elevador con el objeto que trajo Trend y se hizo situar exactamente encima de la pareja. Una vez allí soltó el objeto exactamente sobre la cabeza de Trend. Madi esperó un par de fracciones de segundos y le soltó un “¡Ahora!” a Trend que bruscamente se puso de pie y, girando sobre sus talones, quedó de frente al robot. Este último había tomado el objeto que caía sobre la cabeza del hombre pero su poderoso brazo aún en viaje no pudo evitar chocar contra la super protegida frente de Trend. Este último voló por el aire al igual que el casco hecho pedazos pero entre tres o cuatro de sus colegas lo abarajaron evitando que sufra daño alguno. En sí, salvo la enorme conmoción, había resultado ileso de la experiencia. Madi descendía del elevador cuando Ardi lo abordaba lleno de admiración.
-          ¿Cómo pudo…?. –
-          Fue muy fácil, resultado de la observación directa, nada más. Lo que si me resulta mucho más difícil de entender es que hacía este hombre y su robot en este lugar y la razón del mismo. – Trend se acercaba rápidamente.
-          Inspector, debemos irnos. – Le dijo a Madi.
-          Piénselo. – Le decía Madi a Ardi mientras era empujado suavemente hacia el exterior. - Aquí hay algo más oscuro que un simple asesinato. –
Ardi quedó rápidamente solo en la enorme estancia. El y todas las dudas planteadas por Madi.

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lunes, 30 de enero de 2012

Octavo Relato.

                                                             Inhumano

Trabajaban en la sección de investigaciones de la empresa desde hacía cinco años, habían entrado al mismo tiempo, amaban su trabajo y habían desarrollado una labor sobresaliente. En los cuarenta minutos que otorgaban de descanso se sentaban siempre en el mismo banco de madera, al frente de la enorme mole de cemento, a conversar, a intercambiar información. Pero ese día algo abrumaba a ambos, aunque más a uno que al otro.
-    Te felicito… – Dijo con voz apagada. Su acompañante volvió la mirada hacia él.
-    Vaya…Me tomó de sorpresa. – Respondió a su amigo.


-    Te lo mereces, has desarrollado una labor brillante. Captaste la atención del directorio, los deslumbraste. –
-    Si, es verdad, pero solo aspiraba a la jefatura, nunca pensé… -
-    ¿Lo dices por Latuff?. –
-    Si. Tiene sesenta y dos…Le quedaban tres años y se hubiera jubilado con un escalafón mucho más alto…Un sueldo de casi el triple. –
-    No creo que sus pensamientos pasen por allí. - 

-    Lo se. Nuestro jefe soñaba con ese puesto, se lo merecía. Siempre fue un buen superior y de no ser por su impecable gestión mi labor no hubiera brillado tanto. Es generoso y lleva cuarenta años en la empresa. Se debe sentir traicionado, olvidado. Ayer era mi jefe y mañana yo lo seré de él. Es injusto. –
-    Pero tú eres más capaz, podrás llevar el departamento a niveles insospechados. ¿Crees que el directorio no lo sabe?. –
-    Claro que lo se pero podría igualmente haberlo hecho desde la jefatura con Latuff como gerente. Luego de tres años, con el felizmente retirado, podría asumir yo su cargo y todos felices. –
-    Si, lo que pasa que los tiempos del corporativismo no son los tiempos de la gente. –
-    Si, es inhumano. ¿Qué crees que pasaría si planteo esto a Recursos Humanos?. –
-    Y… Que pueden pasar dos cosas: Que el interés en ti sea tan grande que toleren tu propuesta o que directamente te reemplacen por otro. Es una jugada de riesgo. –
-    Pues, creo que jugaré. Para mi es más importante mi ética que los ascensos. Iré ahora mismo. –
-    ¡Bien por ti! . No esperaba otra cosa de mi compañero. –
Ambos se levantaron del banco de madera. Uno se dirigió a las oficinas de Recursos humanos. El otro robot a reanudar sus tareas.



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lunes, 23 de enero de 2012

Séptimo Relato.

                                                           Jugar el Juego

Los videos de seguridad del Casino Royal eran de muy buena calidad y excelentemente detallados.


Incluso la empresa de seguridad contratada por la prestigiosa casa de juegos poseía todo el software existente para procesar imágenes a niveles realmente finos, aunque en este caso estaba todo tan claro que, además de la mera observación visual, no hacía falta ningún otro artilugio para concluir acerca de lo sucedido:
“Un hombre había ingresado al baño de caballeros y no salía. Advertido esto por las cámaras de seguridad, un grupo de agentes se acerca al lugar, ingresan al recinto y no encuentran absolutamente a nadie, ni en el baño, ni en todo el edificio, ni en los alrededores. Unos quince minutos después ingresa otro hombre y se repite lo anterior, desaparece en el aire, ni rastros de ninguno de los dos hombres.”

El primer hombre había ingresado exactamente a las diecisiete horas, nueve minutos, treinta y dos segundos. Era alto, de intensa y corta cabellera negra, bronceado e iba muy bien vestido, casi a niveles de opulencia. Se dirigió directamente a la mesa trece de ruleta y apostó veinte mil al veintidós. Ganó. Se llevó una pequeña fortuna. Luego se encaminó a las cajas y cambió las fichas por el efectivo. Acto seguido se introdujo en al baño y se esfumó en el aire. El segundo hombre ingresó al casino a las diecisiete horas, veinticinco minutos, dos segundos. Sacó de su bolsillo lo que parecía un teléfono móvil pero, al examinar con zoom la imagen, se determinó que no era lo que parecía. En realidad el aparato no se parecía a nada conocido. Caminó apresuradamente y recto hacia el mismo baño y también desapareció. El jefe de la brigada de detectives de la localidad miró el video una y otra vez tratando de captar detalles y grabarlos en su mente pero solo advertía trivialidades que no lo llevaban a ningún lado. Lo que no se podía dejar de advertir era la enorme diferencia de estilo y apariencia que había entre los dos hombres. El primero era un tipo atildado, sereno, calculador. Sus movimientos eran suaves y perfectos, de felino, y mantenía una eterna semi sonrisa en el rostro. Era una persona agraciada y se podía considerar un hombre altamente atractivo. El otro mantenía los rasgos serenos y calculadores del primero pero era de rasgos duros, toscos. El cabello cortado a cepillo, con expresión reconcentrada y actitud de mastín. Era corpulento hasta la tosquedad pero ágil y elástico. Incluso mientras uno, el primero, vestía finamente, con atuendos de evidente calidad, el otro parecía vestido para fajina, con prendas color pardo y botines cuasi militares pero sin el sesgo de uniforme, ropa de buena calidad también, pero más ordinaria en el gusto.
 
- No cabe duda, el primero huye del segundo. – El inspector Madi era un sujeto pequeño, de mirada firme y ojos penetrantes, calvo y de pequeños bigotes bajo una nariz ganchuda. Madi era feo y de figura insignificante pero un profesional impresionante reconocido en todo el país y en aquellos países donde le tocó actuar. Su foja era inmaculada y jamás dejó un caso sin resolver. En sus manos todo parecía fácil y fluido.
Pero este caso…
-    ¿Por qué lo dice?. – Preguntó el agente que manipulaba los videos.
-    Por su actitud. Nunca reposa la vista, siempre alerta, tenso, aunque sepa disimularlo muy bien, esos detalles no escapan a un ojo experto. –
En ese momento entraba a la sala de vigilancia el jefe de la custodia.
-    ¿Puede adelantar algo?. – Le pregunto a Madi.
-    ¿Acerca de qué?. – Repreguntó Madi mordaz. Una mueca de impaciente fastidio se pintó en su interlocutor.

-    Pues…Acerca de la razón de su presencia aquí…Sabe muy bien que el Casino lo contrató en forma privada y la paga una fortuna por su intervención. –
-    ¡Claro que lo se muy bien, pero no hace una hora que estoy aquí!. Después de todo el suceso tiene una semana y, por lo que se ve, a ustedes no les fue muy bien que digamos. – La cara del otro se enrojeció. Sabía que Madi era un tipo imposible de intimidar y duro de tratar pero no se hacía una idea de cuanto.
-    Mire, inspector… - Madi lo cortó en seco.
-    ¿Sabe, señor… - Miró la placa de identificación del otro. - ¿…Olmos?. No necesito dinero, poseo poco pero el suficiente. Si intervengo en este caso no es por otra razón que la intriga misma y mi incurable curiosidad, por lo tanto, no me presione. Haré las cosas a mi manera y cuando tenga los resultados se los expondré. Le ruego que hasta ese momento se abstenga de dirigirme la palabra y menos aún en ese tono tan maleducado y prepotente. Si no le gusta, se aguanta y solo me iré en el mismo momento que las “auténticas” autoridades del Casino, esas que me pagan, me lo soliciten. –
Decir que a Olmos no le gustó nada lo dicho era mera pequeñez, en realidad estaba tan furioso e impotente que se marchó sin decir una palabra y cerrando la puerta con estrépito ensordecedor.
-    Lo hizo enojar… - Dijo el operador con sorna.
-    Doble trabajo… - Remató Madi.
El inspector se fue con copias de los videos hasta su casa y se dispuso a observarlos con mayor atención. “El hombre fino y el hombre hosco: Sam y Pepe”, así los bautizó para simplificar. Observó que Sam ingresaba al Casino con paso seguro pero quería aparentar una inexistente relajación, distracción, pero a Madi no lo engañaba. Cuarenta años de servicios no eran sandeces. No obstante, Sam era un verdadero artista en el tema de ser invisible o llamar la atención, según fuera el caso. No se molestó siquiera en tomarse un minuto para elegir una mesa de ruleta y, a pesar de que la trece le quedaba bien a trasmano, fue directamente hacia esa mesa dando pequeños rodeos aquí y allá. Una vez allí se paró directamente en línea con el número que deseaba coronar, a pesar de sus poses distendidas y su repartija de sonrisas a un par de mujeres bonitas e insinuantes. El crupier lanzaba bola tras bola y Sam solamente miraba su reloj sin amagar a hacer apuesta alguna, pero, a unos dieciocho minutos de su llegada, hizo la apuesta al veintidós y esa única jugada le llenó los bolsillos de fichas de cien. No se retiró inmediatamente pero no volvió a apostar a pesar de los ánimos que le daban, especialmente un par de mujeres seductoramente hermosas. Una vez cambió las fichas se sumergió en el baño de caballeros. Unos diez minutos después entraba Pepe en el Casino y, tras consultar su extraño aparatito, se dirigió presurosamente al baño tras Sam. Una hora después, evidentemente alertados por los de la sala de monitoreo, cuatro agentes entraron presurosos al baño para descubrir que no había ni rastros de ninguno de los dos hombres. Por más que miró los videos una y otra vez durante toda la noche Madi no pudo encontrar algo lógico de que aferrarse. Por la mañana, fastidiado y sin dormir, Madi desayunaba sin ideas que fundamentaran una estrategia, aunque más no fuera a corto plazo, que trazar.
“Si algo no tiene lógica, pues vayamos por las ideas más descabelladas” pensó. “Repetitividad” y salió presuroso.

 Horacio Gualas, “Cable” para los amigos, era su delincuente informático de cabecera y contar con sus ilegales servicios le había valido la resolución de varios delitos graves y a Cable unos cuantos miles que no le habían venido nada mal, a más de pertenecer a la plantilla estable de proveedores del departamento policial al que pertenecía Madi que era el mentor de su acomodada situación.
-    ¿Me lo puedes repetir?. – Le decía en ese momento Cable.
-    ¿Eres tonto?. Te he traído un video que muestra una situación. Quiero que explores en los servidores de Casinos de la zona circundante al Royal, unos ochocientos kilómetros a la redonda, a ver si se produjo algún hecho similar en las últimas dos semanas. -
-    ¿Te das cuenta de lo que me pides?. Debo forzar una entrada a un servidor privado, bajar los videos de vigilancia, catorce videos de veinticuatro horas, mirarlos todos y aislar la parte que te interesa. Todo eso repetido por la cantidad de Casinos que queden encerrados en el área que definiste. ¡Demoraré treinta años!. –
-    Tienes veinticuatro horas. Si lo logras te forrarás. – Una expresión de interés se pintó súbitamente en el demacrado rostro de Cable.
-    ¿De cuanto estamos hablando?. –
-    Trabajo para el Royal, no les cobraré una bagatela precisamente. –
Cable sabía que Madi no lo decepcionaba cuando le hablaba de dinero y siempre salía reconfortado de un trato con el policía.
-    Necesitaré ayuda. – Concluyó Cable.
-    Haz lo que quieras. – Respondió el Inspector y sin más se marchó.

 

A cable le llevó cuarenta y ocho horas el trabajo lo que le valió una gran bronca por parte de Madi pero el policía estaba igualmente satisfecho dado que el retraso estaba dentro de sus cálculos. De todas maneras bien había valido la espera dado que el trabajo de Cable era impecable. En un Casino, El Queen, se había producido un hecho similar una semana antes y los protagonistas eran los mismos. Se imaginaba que la empresa no daría a publicidad absolutamente nada y que estaría investigando en el más absoluto hermetismo. Pero, a pesar de la absoluta competencia de Cable en la obtención de lo deseado, Madi no encontraba pistas que seguir. Decidió dar otro tiro al aire y pidió a cable que hiciera lo mismo pero a partir del Casino Queen. Otras cuarenta y ocho horas y otra bronca arrojó otro resultado, esta vez en el Casino Palace. Dos semanas antes del Queen y manteniendo una distancia similar. Parecía un tenue, muy tenue patrón, pero algo a partir de lo cual empezar a trabajar. Madi escribió los nombres de los Casinos en una hoja de papel y los miró por largo rato. Horas mirando la maldita hoja y…
Con los ojos desmesuradamente abiertos se abalanzó sobre el teléfono y llamó a Cable.

El atildado y atractivo hombre ingresó al baño de caballeros del Casino Savage e inmediatamente llevó su mano al interior de su chaqueta. Sin embargo detuvo su movimiento al advertir que la puerta de uno de los cubículos se abría y un pequeño hombrecito calvo y de intensos ojos de ratón salía del mismo.
-    No se detenga… - Le dijo Madi. – Es mejor que se apure antes que llegue el gorila. - Sam lo miró sonriente y sorprendido.
-    ¿Quién es usted?. – Madi terminaba de lavarse las manos y se encaminó hacia el alto y misterioso hombre.
-    Quien ha descubierto su juego. Y el de su amigo, el gorila que lo persigue. – Sam sonrió con desprecio.
-    Eso es imposible. Usted no puede entender nada. –
-    Eso es una verdad a medias. No entiendo como lo hace pero si lo que hace y es realmente lo que me importa para poder acabar con usted. – Sam seguía sonriendo con suficiencia.
-    Usted no puede detener a nadie… - Y llevó su mano derecha a la parte izquierda de su saco. Pero Madi no era de andarse con chiquitas. En una fracción de segundo el enorme revolver del policía apuntaba con mano firme al entrecejo de Sam.

 
-    Pero…¿Qué demonios?... – Sam se sentía verdaderamente sorprendido. Rápidamente Madi lo esposó al caño del lavatorio. Su eterna sonrisa había volado de su rostro.
-    ¡En unos segundos esa puerta se abrirá y conocerá el infierno!. –
-    Si lo dice por mí le observo que no soy yo quien está amarrado al caño. Puedo largarme cuando quiera. –
-    ¡El tipo que me persigue solo busca matarme!. –
-    Puede…Aunque no lo creo. Pero si tiene ganas de conversar podría empezar por contarme donde deposita sus ganancias ilegales. – Sam intentaba frenéticamente mirar su reloj pulsera pero esposado como estaba, a la espalda, resultaba imposible.
-    Son las diecisiete doce… - Le informó Madi. Sam entornó los ojos y el desconcierto le barrió la cara.
-    No puede ser… - Susurró.
-    Claro. Usted se pregunta como es que su amigo no entró en escena aún. – Sam lo miraba presa de la furia y el desconcierto pero en absoluto silencio. Madi extrajo una radio de su bolsillo.

 
-    Traigan a nuestro amigo. – Dijo presionando un botón del intercomunicador.
Treinta segundos después cuatro agentes del Casino entraban con Pepe firmemente amarrado, incluso de los pies. El gigante apenas si podía caminar y había sido inmovilizado como si se tratara de un peligroso y hambriento tigre. Una vez lo situaron Madi se le acercó sonriente.
-    Parece que hemos hecho su trabajo. – Le dijo a Pepe acercando algo el rostro pero manteniendo una prudencial distancia.
-    Considérense todos muertos. – Amenazó Pepe entre dientes.
-    No, mi amigo, justamente ustedes dos y sus juguetitos serán la garantía de nuestra seguridad. - En ese momento Olmos entraba en escena acompañado por el gerente del Casino Royal y Savage.
-    Buenas tardes. – Dijo el gerente del Savage. - ¿Podría explicarnos que pasa aquí?. – Madi sonrió condescendiente.
-    Sucede que el viejo Madi ha solucionado el caso, que por cierto… - Le dijo al gerente del Savage. - …le costará a usted lo mismo que a la gente del Royal dado que he actuado en su establecimiento. –
-    El dinero no es problema. Explíquese, por favor. –
-    Bien. – Comenzó Madi. – En este caso he tenido que usar la imaginación más que la lógica la cual apliqué en los últimos tramos. El atildado caballero, al que bauticé Sam, se pasea por diferentes casinos ganado pequeñas fortunas que luego nos dirá donde tiene depositadas para así reponer el dinero. –
-    Es lo que menos interesa. – Dijo el gerente del Royal.
-    Si, lo se. Pero el dinero tiene que volver a donde corresponde para no producir paradojas fatales. –

 
-    ¿Qué dice?. – Preguntó Olmos confundido. Madi tomó su radio.
-    Hagan pasar al profesor. – Ordenó. Un hombre entrado en años apareció por la puerta del baño.
-    Les presento al Doctor en física cuántica Javier Pret. Ilústrenos, doctor. – El aludido carraspeó un par de veces.
-    Buenas tardes. – Balbuceó. – La teoría del Inspector se aplica a algo aún no probado por la física tradicional, no al menos en la práctica pero… si algo material de un determinado plano del tiempo se traslada a otro plano se amenaza con romper el equilibrio universal provocando una paradoja que alteraría el delicado equilibrio espacio/tiempo. –
Nadie entendía absolutamente nada. Madi tomó la palabra.
-    Estos dos tiernos angelitos vienen del futuro. ¿Cuánto tiempo adelante?. – preguntó a los hombres esposados.
-    Doscientos años. – Contestó Pepe.

 -    Como pueden viajar al pasado pueden ver el futuro. Entonces, Sam viaja al pasado, ve que número va a salir en determinado Casino, que mesa y a que hora, hace la apuesta y gana. Luego se marcha presuroso porque sabe que Pepe le pisa los talones. Es muy posible que Sam esté depositando este dinero en otro plano temporal por lo que está amenazando nuestro propio espacio/tiempo. ¿No es así, Sam?. – El aludido sonrió levemente.
-    Mi nombre no es Sam y, sí, así es. – Madi sonrió satisfecho.
-    Como debe estar actuando de manera que peligra también el equilibrio del plano temporal de donde vive Pepe, este lo persigue para lograr detenerlo y posiblemente tenga orden de suprimirlo. ¿Es así?. – Preguntó dirigiéndose a Pepe.
-    Si a medias, mi nombre es Rack y mi misión es detenerlo y trasladarlo vivo a mi época donde lo enjuiciaremos, para nada asesinarlo. Soy guardián del orden como usted y no un asesino a sueldo. –
-    ¿Pertenecen a la misma época?. – Preguntó Madi.
-    Si. Este hijo de puta robó el emisor temporal de un laboratorio y comenzó con sus inconciencias. No sabe en absoluto el daño que puede provocar. –
-    Sí lo sabe, amigo Rack. Es por eso que para evitar paradojas que lo perjudiquen personalmente, como encontrarse con él mismo en un determinado momento, estableció un orden determinado, como elegir los casinos  a una determinada distancia uno del otro, ordenarlos por orden alfabético, Palace, Queen, Royal, Savage y tomando los números a una misma hora apostando siempre la misma cantidad de dinero. Por lo tanto era absolutamente conciente del daño que ocasionaba. -
-    Bien – Dijo Rack. – Ya saben que es un delincuente. ¿Puedo llevármelo?. – Madi sonrió meneando la cabeza.
-    No tan deprisa. Dígame una cosa: ¿Pueden ambos viajar con el mismo aparatito?. – Rack lo miró inquieto.
-    Pues… Si, podemos. – Madi sonrió como aliviado.
-    Bien, entonces uno de los chismes quedará aquí. – El rostro de Rack se llenó de alarma.

 -    ¿Esta usted loco?. ¿No se da cuenta del desastre que puede provocar en manos irresponsables?. ¿O acaso no lo ve?. – Terminó de decir en obvia alusión a Sam.
-    Por supuesto pero deberá confiar en mí dado que el artilugio quedará bajo mi custodia. Si por alguna razón se les ocurre amenazarnos, y hablo de aquellos que vivimos bajo este plano  temporal, les enviaré algo que produzca una paradoja en vuestro propio plano. De esta manera tendremos las cosas equilibradas. Hemos descubierto sus secretos y esto puede que fastidie los planes de algún energúmeno de entre su gente. –
-    Su vida no valdrá nada en cuanto se difunda que posee semejante tecnología. –
-    ¡Oh!, eso déjemelo por mi cuenta, he salido de peores. –
Rack luchaba consigo mismo pero sabía de hombres y reconocía en Madi a un tipo inclaudicable. La captura de Haigh, o sea Sam, bien la valdría una disculpa por el transportador perdido, o no, ya inventaría algo.
-    Bien. – Farfulló Rack entre dientes. – Les doy el de él. – Dijo señalando a Haigh. Madi lo enfocó con ojos risueños negando con el dedo índice.
-    No, no, no. El que quiero es el suyo. -
-    Pero, ¿por qué?. – Reaccionó airado Rack.

-    Porque se que a usted le han dado un aparato que funciona perfectamente. El de Sam, ¿Cómo puedo saberlo?. –
Rack pensaba furiosamente. Sabía que el transportador de Haigh se inutilizaría en pocos minutos y se enfrentaba al peligro de quedar atrapado en esta época para siempre. Era por eso que sabía que la captura de su perseguido sería cuestión de tiempo.
-    ¡Está bien, está bien!...Acepto. - Exclamó desesperado.
Ambos fueron amarrados juntos y se le proveyó a Rack el aparato de Haigh. La maniobra fue llevada a cabo por varios hombres y con mucha cautela en función de la potencial peligrosidad de Rack. Este último, luego que todo estuvo dispuesto, operó el aparato y ambos simplemente se esfumaron en el aire.
Con los ojos desmesuradamente abiertos todos habían acudido a algo fuera de la comprensión colectiva y Olmos buscó con la mirada a Madi pero no lo encontró. Lo alcanzó a divisar por el vano de la puerta del baño saliendo del edificio. Inmediatamente salió del recinto con un  trote corto. Ya en el exterior, lo encontró sentado en un banco del precioso jardín del Casino mostrando una actitud apesadumbrada. Al llegar junto a él sus facciones estaban llenas de admiración e intriga.

 -    ¡Es usted increíble!. ¿Cómo pudo imaginar algo así?. – Madi lo miró con una triste sonrisa instalada en su rostro.
-    He leído muchas novelas baratas, no fue gran cosa. – Olmos no lo podía creer.
-    ¡Es usted increíble!. – Repitió. – Será acaudalado después de hoy, pero…No se lo ve feliz. ¿Qué le pasa?. –
-    ¿No se da cuenta?. – Le preguntó Madi. Olmos lo miró muy confundido.
-    No…No me doy cuenta… ¿De que?. –
-    Pues que en doscientos años la gente habrá cambiado muy poco. He perdido la fe en el futuro.
A Olmos se le borró la sonrisa de la boca.